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En un rincón olvidado del Reino de Aurelia, donde los castillos tocaban las nubes y los dragones sobrevolaban las montañas como cometas de fuego, vivía una niña llamada Cenicienta. A sus diez años, Cenicienta tenía el cabello rubio siempre recogido en una coleta despeinada, la piel clara manchada de hollín y vestía un sencillo vestido azul remendado con un delantal blanco que alguna vez fue impecable.
La vida en la mansión no era fácil. Mientras el sol apenas asomaba por el horizonte, sus hermanastras ya gritaban desde sus cómodas camas.
—¡Cenicienta! ¿Ya terminaste de limpiar? —chilló la Hermanastra 1, Griselda, mientras se miraba al espejo.
—Todavía me falta un poquito —respondió Cenicienta con voz suave, frotando con fuerza el frío suelo de piedra.
—¿Un poquito? ¡Mira cómo está ese piso! ¡Está lleno de polvo! —exclamó la Hermanastra 2, Anastasia, entrando a la cocina con sus zapatos llenos de lodo solo para ensuciar lo que ya estaba limpio.
—Perdón. Ya voy a terminar —suspiró Cenicienta, sintiendo el cansancio en sus hombros.
De pronto, la imponente figura de la Madrastra apareció en el umbral. Iba vestida con un elegante pero sombrío vestido púrpura y llevaba el cabello negro recogido en un moño tan apretado que parecía que nunca había sonreído en su vida.
—Cenicienta, después de limpiar, quiero que pulas las armaduras del sótano. Y no te detengas, que hoy es un día importante.
Lo que Cenicienta no sabía era que ese día, el Rey de Aurelia había enviado una invitación real. Un gran baile se celebraría en el Castillo de las Torres Flotantes para celebrar el regreso del joven Caballero Valiente, el príncipe del reino. Pero para Cenicienta, el baile parecía un sueño inalcanzable.
Cuando las hermanastras y la madrastra se marcharon al mercado para comprar las sedas más finas, Cenicienta se refugió en el jardín trasero. Allí, detrás de unos rosales marchitos, encontró una pequeña puerta de madera que nunca antes había visto. Al cruzarla, no salió a un callejón, sino a un mundo vibrante: el Bosque de los Susurros.

El bosque estaba lleno de hongos gigantes que brillaban con luz propia y árboles cuyas hojas susurraban canciones antiguas. De repente, un arbusto se movió y apareció Pipo, un pequeño dragón verde esmeralda con alas doradas y ojos curiosos.
—¿Estás perdida, pequeña humana? —preguntó el dragón, lanzando una pequeña chispa de fuego por la nariz que iluminó el rostro de Cenicienta.
—No... bueno, creo que sí —dijo ella, asombrada—. Solo quería escapar un momento de la limpieza.
Pipo, que era un dragón muy sabio a pesar de su tamaño, notó la tristeza en los ojos de la niña.
—Hoy hay una gran fiesta en el castillo. Todos los seres mágicos y los humanos de buen corazón están invitados. Tú deberías ir.
—No puedo —respondió Cenicienta mirando su vestido azul roto—. Mi familia no me deja y no tengo nada que ponerme.
—En el Bosque de los Susurros, la bondad se convierte en magia —dijo Pipo con un guiño.
El dragón guio a Cenicienta hasta el Lago de Cristal, un espejo de agua tan pura que reflejaba el futuro. Allí, una anciana con una túnica hecha de luz estelar apareció. Era el Hada Madrina del bosque. Con un movimiento de su varita, las chispas de Pipo y el agua del lago se mezclaron.
De repente, el vestido azul y el delantal sucio de Cenicienta desaparecieron. En su lugar, llevaba un vestido de seda plateada que parecía tejido con la luz de la luna. Sus pies estaban cubiertos por unos delicados zapatos de cristal que no pesaban nada.
—Recuerda —advirtió el Hada—, la magia del bosque es poderosa, pero debe regresar a la tierra cuando el reloj del castillo marque la medianoche.

Pipo se transformó en un majestuoso corcel con escamas brillantes, y juntos volaron hacia el Castillo de las Torres Flotantes. El castillo era una maravilla de la arquitectura, con torres que levitaban sobre cascadas de agua mágica. Al entrar al gran salón, todos se detuvieron. Los caballeros en sus armaduras plateadas y las damas con sus vestidos de colores quedaron boquiabiertos.
El Príncipe, un niño de doce años con una capa roja y una armadura reluciente, se acercó a ella.
—¿Quieres bailar? —preguntó él con una sonrisa amable.
Cenicienta aceptó. Por unas horas, olvidó el polvo, las escobas y los gritos de sus hermanastras. Habló con el príncipe sobre los dragones que había visto y los secretos del bosque. Se dio cuenta de que el príncipe no buscaba a una princesa rica, sino a alguien que entendiera la magia del mundo.
Pero entonces, el primer campanazo de la medianoche resonó en las paredes de piedra.
—¡Debo irme! —gritó Cenicienta, corriendo hacia la salida. En su prisa, uno de sus zapatos de cristal se deslizó de su pie y quedó olvidado en la gran escalinata de mármol.
Al día siguiente, el reino entero estaba alborotado. El Caballero Valiente buscaba a la dueña del zapato. Cuando llegaron a la casa de la madrastra, Griselda y Anastasia intentaron meter sus pies en el pequeño zapato, pero era imposible.
—¿Hay alguien más en esta casa? —preguntó el mensajero real.
—Solo la sirvienta —dijo la madrastra con desdén.
Cenicienta salió de la cocina. Seguía siendo la misma niña de diez años con su coleta rubia y su vestido azul remendado, pero sus ojos brillaban con la confianza de quien conoce a un dragón. Cuando se probó el zapato, este encajó perfectamente.
En ese momento, Pipo apareció volando por la ventana, asustando a las hermanastras y demostrando que Cenicienta tenía amigos muy especiales. El príncipe, que acompañaba a la guardia, reconoció de inmediato a su amiga del baile.
Cenicienta no pidió castigos para su madrastra ni para sus hermanastras; en cambio, les pidió que aprendieran a ser amables. Se mudó al castillo, no para ser una princesa encerrada, sino para ser la Guardiana del Bosque de Cristal, asegurándose de que la magia y la bondad siempre tuvieran un lugar en el Reino de Aurelia. Y cada tarde, se la podía ver volando sobre el lomo de Pipo, saludando a los niños del reino y recordando a todos que, incluso entre el polvo y el hollín, siempre hay espacio para un milagro.
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