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Gratis · elegí una vozÉrase una vez, en un reino lejano y lleno de flores de colores, vivía una joven llamada Cenicienta. No era una princesa, ni una duquesa, sino una muchacha bondadosa y trabajadora. Tras la muerte de su madre, su padre se había casado con una mujer cruel y egoísta, que tenía dos hijas igual de antipáticas. Desde entonces, la vida de Cenicienta se había convertido en un constante torbellino de tareas y humillaciones.
"¡Cenicienta, limpia el polvo! ¡Cenicienta, lava la ropa! ¡Cenicienta, prepara la cena!" resonaban las voces de sus hermanastras por toda la casa. Ella, con paciencia y una sonrisa, cumplía con todas las órdenes, aunque su corazón anhelaba un poco de alegría y descanso.
Un día, llegaron noticias emocionantes al reino: el príncipe daría un gran baile en el palacio. Todas las jóvenes solteras del reino estaban invitadas, con la esperanza de capturar el corazón del apuesto príncipe. Las hermanastras de Cenicienta se volvieron locas de alegría. Pasaban horas probándose vestidos, maquillándose y peinándose, imaginándose como la futura princesa.
"¡Cenicienta, ayúdanos con nuestros vestidos! ¡Cenicienta, plánchanos los volantes! ¡Cenicienta, asegúrate de que nuestro cabello esté perfecto!" exigían sin cesar.
Cenicienta, con tristeza, las ayudó en todo lo que pudo. En secreto, soñaba con poder asistir al baile también. Mientras las veía partir hacia el palacio, con sus vestidos relucientes y sus sonrisas pretenciosas, una lágrima resbaló por su mejilla.
De repente, una luz brillante llenó la habitación. Ante Cenicienta apareció un hada madrina, con un vestido de estrellas y una varita mágica que brillaba como el sol.
"¿Por qué lloras, Cenicienta?" preguntó el hada con voz suave.
Cenicienta, sorprendida, le contó su tristeza y su deseo de ir al baile.
"¡No te preocupes, querida!" exclamó el hada madrina. "¡Yo te ayudaré!"
Con un movimiento de su varita mágica, una calabaza se transformó en un carruaje dorado, seis ratones en caballos blancos como la nieve, un perro fiel en un cochero elegante y dos lagartos en lacayos uniformados.
"¡Ahora necesitamos un vestido!" dijo el hada madrina. Con otro movimiento de su varita, los harapos de Cenicienta se convirtieron en un vestido deslumbrante, hecho de seda brillante y adornado con miles de estrellas de cristal. En sus pies aparecieron unos zapatitos de cristal tan delicados que parecían hechos de rocío.
"¡Estás hermosa, Cenicienta!" exclamó el hada madrina. "Pero recuerda, el hechizo se romperá a medianoche. A las doce en punto, todo volverá a ser como antes. ¡No lo olvides!"
Cenicienta, llena de alegría y gratitud, subió al carruaje y partió hacia el palacio. Al llegar, todos quedaron maravillados con su belleza. El príncipe, al verla, quedó instantáneamente prendado. La invitó a bailar y pasaron toda la noche juntos, riendo y conversando. Cenicienta se sentía feliz como nunca antes.
Pero, de repente, sonaron las campanadas de medianoche. ¡Doce! Cenicienta recordó la advertencia del hada madrina. Con el corazón apesadumbrado, se despidió del príncipe y corrió hacia el carruaje.
En su prisa, perdió uno de sus zapatitos de cristal en las escaleras del palacio. El príncipe, desesperado por encontrarla, recogió el zapatito y juró que se casaría con la joven a quien le perteneciera.
Al día siguiente, el príncipe recorrió todo el reino con el zapatito de cristal. Llegó a la casa de Cenicienta y todas las jóvenes intentaron calzarse el zapatito, pero era demasiado pequeño. Las hermanastras de Cenicienta hicieron todo lo posible por meter sus pies enormes, pero fue en vano.
El príncipe, desanimado, estaba a punto de marcharse cuando Cenicienta apareció. Las hermanastras y la madrastra intentaron esconderla, pero el príncipe la vio y le pidió que se probara el zapatito.
Con timidez, Cenicienta se sentó y se calzó el zapatito. ¡Encajaba a la perfección! El príncipe, lleno de alegría, la reconoció al instante.
Pero eso no es todo! Cenicienta sacó el otro zapatito de cristal de su bolsillo y se lo mostró al príncipe. El principe no lo podia creer.
El príncipe y Cenicienta se casaron y vivieron felices para siempre. Cenicienta, con su bondad y su corazón generoso, transformó el reino en un lugar aún más hermoso y justo. Y aunque fue una princesa, nunca olvidó sus orígenes y siempre ayudó a los más necesitados. Las hermanastras y la madrastra aprendieron su lección y se convirtieron en personas más amables y consideradas. Y así, Cenicienta demostró que la verdadera belleza reside en el interior del corazón.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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