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Gratis · elegí una vozÉrase una vez, en un reino lejano cubierto de campos de lavanda y riachuelos cristalinos, una joven llamada Cenicienta. No vivía en un castillo de piedra, sino en una cabaña acogedora con techo de paja y ventanas adornadas con flores silvestres. Sin embargo, su vida no era tan idílica como el paisaje. Tras la muerte de su madre, su padre se había casado con una mujer vanidosa y amargada, que llegó a la cabaña con sus dos hijas, Brunilda y Griselda.
Las tres mujeres trataban a Cenicienta como a una sirvienta. La obligaban a limpiar la cabaña, cocinar, lavar la ropa y cuidar del jardín. Cenicienta, a pesar de su arduo trabajo, siempre mantenía una sonrisa en su rostro y una canción en sus labios. Amaba la naturaleza y encontraba consuelo en la compañía de los animales del bosque: los pájaros, las ardillas y hasta un pequeño erizo llamado Púas.
Un día, llegó al reino la noticia de un gran baile en el castillo real. El Príncipe Amadeo, un joven apuesto y bondadoso, buscaba esposa y había invitado a todas las jóvenes solteras del reino. Brunilda y Griselda estaban emocionadísimas. Se pasaron días eligiendo sus vestidos, probándose joyas y practicando sus mejores sonrisas. Cenicienta, por supuesto, no tenía esperanzas de asistir al baile. Su madrastra le dijo, con una sonrisa maliciosa: "Si terminas de limpiar la chimenea, coses todos mis vestidos y pintas la cerca del jardín antes de que anochezca, ¡tal vez te lo permita!".
Cenicienta suspiró, sabiendo que era una tarea imposible. Se puso manos a la obra, limpiando la chimenea con el rostro tiznado de hollín, cosiendo vestidos con puntadas finas y pintando la cerca con diligencia. A medida que el sol comenzaba a ponerse, Cenicienta se sintió desfallecer. Las tareas eran demasiadas y el tiempo demasiado corto. Llorando, se sentó en un tronco junto al arroyo.
De repente, una luz brillante iluminó el bosque. Una anciana con un rostro arrugado y una sonrisa amable apareció frente a ella. "¿Por qué lloras, querida?", preguntó la anciana con una voz suave como la seda. Cenicienta le contó su historia. La anciana sonrió. "No te preocupes, Cenicienta. Yo te ayudaré. Soy tu hada madrina", dijo, agitando su varita mágica.
¡Puf! Un calabacín gordo se convirtió en una carroza dorada. ¡Puf! Unos ratones juguetones se transformaron en caballos blancos. ¡Puf! Púas, el erizo, se convirtió en un cochero corpulento. Y, ¡puf! La ropa de Cenicienta se transformó en un vestido deslumbrante, bordado con hilo de plata y adornado con perlas brillantes. En sus pies, no llevaba zapatillas de cristal, sino unas delicadas zapatillas de baile de color rosa pálido, hechas de seda y adornadas con pequeñas campanitas que tintineaban suavemente con cada movimiento.
"Ahora, Cenicienta", dijo el hada madrina, "debes regresar antes de la medianoche. A esa hora, el hechizo se romperá y todo volverá a ser como antes". Cenicienta prometió recordar y subió a la carroza.
Al llegar al castillo, Cenicienta deslumbró a todos. Su belleza era incomparable y su gracia, inigualable. El Príncipe Amadeo quedó prendado de ella al instante. La invitó a bailar y pasaron toda la noche juntos, charlando, riendo y danzando al son de la música. Cenicienta se olvidó por completo del tiempo.
De repente, sonaron las doce campanadas. Cenicienta se sobresaltó. "¡Debo irme!", exclamó, y salió corriendo del salón de baile. En su prisa, una de sus zapatillas de baile se le cayó. El Príncipe Amadeo la recogió, desesperado por encontrarla.
A la mañana siguiente, el Príncipe Amadeo anunció que se casaría con la joven a quien le perteneciera la zapatilla de baile. Recorrió todo el reino, probando la zapatilla a todas las jóvenes. Brunilda y Griselda hicieron todo lo posible por meter sus pies en la zapatilla, pero era demasiado pequeña.
Finalmente, el Príncipe Amadeo llegó a la cabaña de Cenicienta. La madrastra, al ver al príncipe, encerró a Cenicienta en el ático. Brunilda y Griselda se turnaron para probarse la zapatilla, pero sin éxito. De repente, Púas, el erizo convertido en cochero, que había seguido al príncipe, escuchó el llanto de Cenicienta. Corrió a contárselo al Príncipe Amadeo.
El Príncipe Amadeo ordenó que buscaran a Cenicienta. La encontraron en el ático, con el rostro cubierto de polvo. Al verla, el Príncipe Amadeo supo al instante que era ella la joven del baile. Le pidió que se probara la zapatilla. La zapatilla encajó a la perfección. Para confirmar su identidad, Cenicienta sacó la otra zapatilla de baile de su bolsillo.
El Príncipe Amadeo y Cenicienta se casaron y vivieron felices para siempre. Cenicienta nunca olvidó su bondad y su humildad. Y, por supuesto, nunca olvidó a sus amigos del bosque, especialmente a Púas, a quien nombró jardinero real.
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