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Gratis · elegí una vozCuando a los 9 años llegué a la casa de mi abuela después de mucho tiempo, el sol brillaba con una fuerza increíble. El aire olía a jazmines y a tierra mojada, una combinación que siempre me recordaba al verano. Apenas bajamos del coche, sentí la emoción burbujeando dentro de mí. ¡No había visto a la abuela en meses! Pero, aún más importante, ¡la piscina estaba allí, esperándonos!
Mi hermano, Tomás, que era un año mayor que yo, y mi primo, Lucas, que tenía la misma edad, sintieron la misma urgencia. Sin siquiera saludar a la abuela correctamente (aunque le dimos un beso rápido, ¡prometo!), corrimos hacia la piscina. La abuela, parada en la puerta con su delantal floreado, solo sonrió y negó con la cabeza. Sabía lo que venía.
La piscina de la abuela era legendaria. No era enorme, pero tenía la forma perfecta para nadar, jugar y, por supuesto, ¡tirarse piqueros! El agua era de un color azul brillante, tan clara que podías ver el mosaico del fondo. Sin pensarlo dos veces, me quité los zapatos y corrí hacia el borde. Tomás y Lucas ya estaban allí, haciendo estiramientos ridículos como si fueran atletas olímpicos.
"¡El último en entrar es un huevo podrido!" gritó Tomás, y los tres nos lanzamos al agua al mismo tiempo. El agua estaba fría, ¡pero deliciosa! El choque inicial nos hizo gritar y reír a la vez. Pronto, estábamos nadando y salpicándonos, olvidándonos de todo lo demás.
"¡Voy a hacer el mejor piquero del mundo!" anunció Lucas, subiéndose a la escalera con una determinación feroz. Lucas siempre había sido el más competitivo de nosotros tres. Se paró en el borde, respiró hondo y se lanzó al agua con un grito de guerra. Su piquero no fue precisamente elegante, pero sí generó una gran ola.
Después fue el turno de Tomás. Tomás era más calmado y metódico. Se tomó su tiempo para posicionarse, estiró los brazos y se lanzó al agua con un piquero perfecto, casi sin salpicar. Lo hizo parecer tan fácil que me sentí un poco intimidado.
Ahora era mi turno. Nunca he sido muy bueno en piqueros. Siempre termino entrando al agua de forma extraña, con la nariz roja y el estómago adolorido. Pero no me iba a rendir. Me subí a la escalera, sintiendo un poco de nervios. Miré a Tomás y Lucas, que me animaban desde el agua. Respire hondo y me lancé.
¡Fue un desastre! Entré al agua de lado, con un golpe fuerte que me dejó sin aliento. El agua me entró por la nariz y me ardieron los ojos. Subí a la superficie tosiendo y escupiendo agua, sintiéndome un poco avergonzado. Tomás y Lucas se estaban riendo, pero no de forma cruel. Era una risa amistosa, una risa de "te entendemos, a todos nos pasa".
"¡No te preocupes, lo volverás a intentar!" dijo Tomás, dándome una palmada en la espalda.
"¡Sí, la práctica hace al maestro!" añadió Lucas, sonriendo.
Pasamos el resto de la tarde en la piscina, jugando, nadando y riendo. Intenté varios piqueros más, algunos mejores que otros, pero ninguno tan perfecto como el de Tomás. Pero no importaba. Lo importante era que estábamos juntos, disfrutando del sol, del agua y de la compañía del otro.
Cuando el sol comenzó a bajar, la abuela nos llamó para merendar. Salimos de la piscina tiritando, con la piel arrugada y el pelo pegado a la cara. La abuela nos esperaba en la terraza con un plato lleno de galletas de chocolate y vasos de limonada fría. Nos sentamos alrededor de la mesa, comiendo y bebiendo, mientras la abuela nos contaba historias de cuando era niña.
Después de merendar, ayudamos a la abuela a recoger la mesa. Luego, nos vestimos y fuimos a jugar al jardín. Jugamos al escondite, al pilla-pilla y al fútbol hasta que se hizo de noche. Estábamos cansados pero felices. La casa de la abuela era un lugar mágico, lleno de amor, risas y, por supuesto, una piscina increíble.
Antes de acostarnos, la abuela nos leyó un cuento. Nos acurrucamos en la cama, escuchando su voz suave y cálida. Me quedé dormido sintiéndome seguro y amado. Sabía que ese día en la piscina sería un recuerdo que guardaría para siempre. Un recuerdo de risas, amistad y piqueros imperfectos en la piscina de la abuela. Y aunque mis piqueros nunca fueran tan buenos como los de Tomás, siempre recordaría la alegría de ese chapuzón de bienvenida.
Al día siguiente, antes de regresar a casa, le di un fuerte abrazo a la abuela. "Gracias por todo", le dije. "Y gracias por la piscina".
La abuela sonrió y me besó en la frente. "Siempre serás bienvenido aquí, mi niño", dijo. "Y la piscina siempre estará abierta para ti".
Sabía que volvería pronto. La casa de la abuela y su piscina me esperaban, listas para llenarme de alegría y recuerdos inolvidables.
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