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Gratis · elegí una vozMi tía Eulalia es inventora. ¡La mejor inventora del mundo! Y su última creación es Chip, un robot brillante y un poco torpe. Chip tiene brazos que se estiran, ojos que cambian de color según su humor, y una voz que a veces suena como una ardilla y otras como un león. Un día, mi tía me mostró su nuevo invento: un pequeño diamante, ¡tan pequeño como una lenteja! Era especial, dijo, porque podía dar energía a toda la casa. Lo guardó en una cajita de terciopelo rojo y la puso sobre la mesa de la cocina.
"¡No toques el diamante, Nico!", me advirtió. "Chip, vigílalo por favor."
Chip, con sus ojos azules parpadeando, respondió con su voz de ardilla: "¡Entendido, tía Eulalia! ¡Diamante a salvo! ¡Pi, pi!"
Mi tía salió al jardín a revisar sus extrañas plantas mutantes (¡tenía una que cantaba ópera!). Yo, mientras tanto, decidí hornear una tarta de fresa, mi especialidad. Chip se quedó parado junto a la mesa, vigilando la cajita roja. Amasé la harina, batí los huevos y añadí las fresas. El aroma dulce llenó la cocina. De repente, Chip exclamó con su voz de león: "¡Alerta! ¡Alerta! ¡Huelo peligro… peligro de… de… delicioso!"
Se acercó a la tarta y, sin que pudiera evitarlo, ¡metió un dedo en la masa! "¡Ñam, ñam!", dijo con su voz de ardilla, lamiéndose el dedo lleno de fresas. "¡Nico, esto es… magnifico!"
"¡Chip! ¡No debes comer la tarta antes de que esté lista!", le regañé. "¡Y menos con los dedos sucios!"
Chip, avergonzado, escondió sus brazos detrás de su espalda metálica. Entonces, mi tía entró en la cocina. "¡Huele delicioso! ¿Qué estás horneando, Nico?", preguntó.
"Una tarta de fresa, tía. Pero… ¡oh, no!", exclamé al ver la mesa. ¡La cajita roja había desaparecido!
"¿Dónde está el diamante?", preguntó mi tía, con los ojos muy abiertos.
Chip, con su voz de ardilla, balbuceó: "Yo… yo… estaba vigilando… pero… la tarta… ¡y el olor!"
¡El pánico se apoderó de nosotros! El diamante era muy importante. Empezamos a buscar por toda la cocina. Miramos debajo de la mesa, detrás de la nevera, dentro del horno (¡vacío, gracias a Dios!). Nada. El diamante se había esfumado.
"Chip, ¿estás seguro de que no lo has visto?", le pregunté.
Chip negó con la cabeza, sus ojos cambiando a un color grisáceo de preocupación. De repente, su cuerpo empezó a hacer ruidos extraños. "¡Bip! ¡Boop! ¡Procesando… procesando…! ¡Memoria activada!", exclamó.
Chip empezó a dar vueltas por la cocina, moviendo sus brazos robóticos de forma errática. "¡Vi… vi… una sombra! Pequeña… brillante… ¡volando!", dijo con su voz de león.
"¿Volando? ¿Una sombra?", pregunté confundido.
Mi tía se llevó una mano a la frente. "¡Un pájaro! Debe haber sido un pájaro. Le atrajo el brillo del diamante y se lo llevó."
Salimos corriendo al jardín. Buscamos entre las plantas mutantes, debajo de los árboles, pero no encontramos nada. La tarta, olvidada, se estaba quemando en el horno. El olor a fresa quemada inundó el jardín.
De repente, Chip gritó: "¡Allí! ¡En el nido del árbol de las manzanas! ¡Lo veo!"
En lo alto del árbol, en un nido hecho con ramitas y hojas, brillaba algo pequeño y rojo. ¡Era la cajita! Y al lado, un mirlo la picoteaba con curiosidad.
"¡Tenemos que recuperarlo!", dije.
"Pero, ¿cómo vamos a subir?", preguntó mi tía.
Chip sonrió (o al menos, lo que en un robot se parece a una sonrisa). "¡Yo puedo! ¡Soy un robot!"
Chip estiró sus brazos robóticos hasta alcanzar el árbol. Con cuidado, subió hasta el nido. El mirlo, asustado, salió volando. Chip cogió la cajita roja y bajó con cuidado. ¡Estábamos salvados!
Mi tía abrazó a Chip. "¡Gracias, Chip! ¡Eres un héroe!"
"¡Pi, pi! ¡Solo cumplí con mi deber! ¡Y… y… la tarta olía muy bien!", dijo Chip, sonrojándose (o al menos, sus ojos se pusieron de color rosa).
Esa noche, después de comer pizza (la tarta se había quemado), mi tía puso el diamante en una caja fuerte con triple cerradura. Y Chip, con sus ojos azules brillando, prometió vigilar la caja fuerte… ¡y mantenerse lejos de las tartas! Aprendí que incluso los robots más modernos pueden distraerse con el olor de una tarta deliciosa y que los diamantes, por pequeños que sean, pueden causar grandes aventuras.
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