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Gratis · elegí una vozEn el corazón palpitante de la selva guaraní, donde los árboles parecen tocar el cielo y el aroma de los azahares perfuma el aire, vivía un niño llamado Chogüí. No era un niño como los demás; mientras otros jugaban a las escondidas entre los arbustos, Chogüí prefería pasar sus tardes conversando con el viento y escuchando los secretos que las aves susurraban desde las copas de los lapachos. Su piel era del color de la tierra fértil y sus ojos brillaban con la curiosidad de quien ve magia en cada hoja que cae.
Chogüí amaba a los pájaros por encima de todas las cosas. Los conocía a todos por su nombre: el tucán de pico arcoíris, el pequeño colibrí esmeralda y el majestuoso hornero. Les llevaba semillas, les construía nidos con ramas secas y, sobre todo, compartía con ellos su tesoro más preciado: las naranjas más dulces de la selva. Chogüí solía decir que el color azul era el color de la libertad, porque era el color del cielo infinito donde sus amigos volaban sin cadenas.
Un mediodía caluroso, mientras el sol brillaba con fuerza, Chogüí divisó una naranja especialmente grande y dorada en la cima de un árbol muy alto. Quería compartirla con un grupo de cardenales que acababan de llegar de un largo viaje. Sin dudarlo, comenzó a trepar. Sus manos eran ágiles, pero una rama traicionera, debilitada por las lluvias recientes, se quebró bajo su peso. Chogüí cayó al suelo de la selva con un golpe seco, quedando inmóvil sobre el manto de hojas verdes.
Los pájaros, al ver a Chogüí en el suelo, se asustaron y comenzaron a volar desesperadamente alrededor de él. El silencio habitual de la siesta fue roto por un coro de trinos angustiados. Los zorzales y las calandrias volaron rápidamente hacia el arroyo cercano, recogieron agua fresca en sus pequeños picos y regresaron volando para echársela en la frente, esperando que el frescor lo despertara de aquel sueño profundo. Pero, poco a poco, el batir de alas se hizo más lento. Las aves comprendieron con una tristeza infinita que Chogüí ya no abriría sus ojos. Una inmensa sensación de vacío recorrió la selva; incluso el viento dejó de soplar entre las palmeras. Chogüí, su mejor amigo, ya no volvería.
Sin embargo, el amor de las aves no conocía fronteras. De pronto, como si respondieran a una orden invisible, todas las aves levantaron el vuelo al mismo tiempo. Se dispersaron por los rincones más remotos de la selva y, minutos después, cada una volvió con una flor azul en su pico. Había orquídeas cerúleas, campanillas de color cobalto y delicados pétalos de color turquesa. Eran flores de diversas formas y tamaños, pero todas eran azules, pues sabían que ese era el color preferido de Chogüí.
Con una delicadeza asombrosa, cubrieron el cuerpo del niño con tantas flores que pronto desapareció bajo una montaña azul. Era el homenaje más hermoso que la naturaleza había visto jamás. Sobre la montaña de pétalos, volaban cientos de pájaros que, con sus alas de múltiples colores —rojos, amarillos, verdes y violetas—, formaban un arcoíris de plumas que protegía el lugar del sol.
En medio de su dolor, las aves elevaron un canto conjunto hacia lo alto. Le pidieron al dios Tupá, el creador de todas las cosas, que hiciera un milagro. 'Oh, gran Tupá', gorjeaban con fervor, 'devuélvele la vida a nuestro hermano. Si no puede ser un niño, conviértelo en uno de nosotros, porque su corazón siempre tuvo alas'. Rogaron con tanta fuerza que el cielo comenzó a vibrar.
Cuenta la leyenda que, en ese preciso momento, un destello de luz atravesó la espesura. De la cima de la montaña de flores azules, emergió un ave que nadie había visto antes. Era un pájaro de un azul vibrante, brillante como un zafiro bajo el sol. El ave sacudió sus alas, lanzó un canto claro y melodioso que sonaba como '¡chogüí, chogüí!', y se elevó hacia el firmamento. Miles de pájaros de todas las especies lo siguieron en una danza aérea que llenó el cielo de alegría.
Desde ese día, Chogüí ya no camina por la tierra, pero habita en el aire. Se le puede encontrar en toda la selva, especialmente en los naranjales, donde se posa para picotear las frutas más dulces. Es un pájaro inquieto y alegre que vuela cantando su nombre, recordándonos que el amor de los amigos puede transformar la tristeza en el vuelo más hermoso del mundo.
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