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Había una vez, en un valle escondido entre montañas altísimas, una ciudad llamada Luminia. Luminia no era famosa por sus edificios dorados ni por sus calles resplandecientes, sino por la alegría y armonía que reinaba entre sus habitantes. Esta armonía se debía a algo muy especial: ¡la Cívica! La Cívica, en Luminia, era como un tesoro invisible que todos cuidaban.
Vivía allí una niña llamada Cívica (¡qué coincidencia!), muy curiosa y preguntona. Cívica amaba Luminia, pero un día se dio cuenta de que algunos niños dejaban caer papeles en la plaza, otros rayaban las paredes con tiza y algunos no respetaban las filas en la heladería. Preocupada, Cívica fue a ver al anciano Sabio de la ciudad, un hombre de barba larga y ojos brillantes que conocía todos los secretos de Luminia.
"Anciano Sabio," dijo Cívica con voz temblorosa, "¿qué está pasando? Veo que algunos olvidan el tesoro de la Cívica. ¿Qué es exactamente la Cívica?"
El Sabio sonrió y le explicó: "Cívica, la Cívica es como la base de un pastel delicioso. Es la ciencia política en acción, la forma en que nos organizamos para vivir juntos en armonía. En la antigua Roma, la Cívica era muy importante. Los ciudadanos romanos aprendían desde pequeños a respetar las leyes y a participar en la vida de la ciudad. Es como el civismo, el amor y el respeto por nuestra comunidad. Significa cuidar de nuestro entorno, respetar a los demás, cumplir con nuestras responsabilidades y participar activamente en la vida de Luminia."
Cívica asintió con la cabeza, comprendiendo cada palabra. "Pero, ¿qué puedo hacer yo?", preguntó.
"Puedes empezar por dar el ejemplo", respondió el Sabio. "Recoge los papeles que veas en la calle, sé amable con los demás, respeta las reglas y anima a tus amigos a hacer lo mismo. Recuerda que cada pequeña acción cuenta."
Cívica, llena de entusiasmo, decidió poner en práctica las palabras del Sabio. Al día siguiente, mientras caminaba por la plaza, vio a un niño tirando un envoltorio de caramelo al suelo. En lugar de regañarlo, Cívica se acercó con una sonrisa y le dijo: "¡Hola! ¿Sabías que si tiramos la basura al cesto, Luminia se verá aún más hermosa?"
El niño, un poco avergonzado, recogió el envoltorio y lo tiró al cesto. Cívica le sonrió y siguió su camino. Luego, vio a dos niños peleándose por un columpio. Se acercó y les propuso turnarse para usarlo. Los niños aceptaron y pronto estaban jugando juntos alegremente.
Cívica continuó su labor durante los días siguientes. Con paciencia y amabilidad, recordaba a sus amigos la importancia de cuidar Luminia y de respetarse mutuamente. Poco a poco, la ciudad comenzó a brillar aún más. Los niños recogían la basura, respetaban las filas y jugaban juntos en armonía. Los adultos, al ver el ejemplo de Cívica y sus amigos, se unieron a la causa.
Un día, el Sabio convocó a todos los habitantes de Luminia a la plaza principal. "He visto el esfuerzo de Cívica y sus amigos", dijo con voz fuerte y clara. "Gracias a ellos, Luminia está recuperando su brillo. Han demostrado que la Cívica no es solo una palabra, sino una forma de vida."
El Sabio sacó una pequeña caja de madera y la abrió. Dentro había una semilla brillante. "Esta es la Semilla de la Cívica", dijo. "Plantémosla juntos para que la Cívica crezca fuerte y sana en Luminia."
Todos los habitantes de Luminia, niños y adultos, plantaron la Semilla de la Cívica en el centro de la plaza. Con el tiempo, de la semilla brotó un árbol frondoso que daba frutos dulces y jugosos. Los frutos representaban los valores de la Cívica: el respeto, la responsabilidad, la participación y el amor por la comunidad.
Desde entonces, Luminia se convirtió en un ejemplo para todas las ciudades del valle. Los habitantes de Luminia comprendieron que la Cívica no era solo un tesoro, sino también una responsabilidad que debían cuidar y proteger. Y Cívica, la niña curiosa y preguntona, se convirtió en la heroína de Luminia, la guardiana del secreto de la Ciudad Brillante.
Y así, Luminia, brilló con más fuerza que nunca, no por el oro o las luces, sino por la Cívica que vivía en cada corazón.
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