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Gratis · elegí una vozCocolota era una pelota muy especial. No era una pelota cualquiera, hecha de plástico duro y aburrido. Cocolota estaba hecha de un material suave y esponjoso, con colores vibrantes como el arcoíris. Vivía en una canasta grande, junto a otras pelotas de tenis, balones de fútbol y pelotas de baloncesto, pero ella se sentía diferente. Ansiaba la libertad del jardín.
Cada mañana, los niños, Sofía y Mateo, corrían al jardín para jugar. Sofía, con sus coletas rubias y ojos brillantes, amaba saltar la cuerda. Mateo, con su pelo castaño alborotado y una sonrisa traviesa, prefería construir castillos de arena. Pero ambos, sin excepción, adoraban jugar con Cocolota.
Un día, el cielo se cubrió de nubes grises y pesadas. El sol se escondió y un viento frío comenzó a soplar. Sofía y Mateo miraron con tristeza el jardín. "¡Va a llover!", exclamó Sofía, desanimada. "¡No podremos jugar con Cocolota!", añadió Mateo, con un puchero.
Efectivamente, al poco tiempo, la lluvia comenzó a caer. Primero tímidamente, con pequeñas gotas que salpicaban el suelo, y luego con más fuerza, convirtiéndose en un aguacero torrencial. Los niños se refugiaron en casa, mirando por la ventana el jardín empapado.
Cocolota, dentro de la canasta, se sentía triste y sola. Las otras pelotas se burlaban de ella. "¡Mira, Cocolota, tienes miedo de la lluvia!", decían las pelotas de tenis, con su voz aguda. "¡Qué pelota tan blandita! Seguro que te deshaces con el agua!", se reían los balones de fútbol, con su voz grave.
Pero Cocolota no tenía miedo. Ella sentía curiosidad. Quería saber cómo se sentía la lluvia en su superficie suave y esponjosa. Quería ver cómo las gotas de agua hacían brillar las hojas de las flores. Quería experimentar la aventura del jardín bajo la lluvia.
De repente, un golpe de viento abrió la puerta del cobertizo donde guardaban las pelotas. La canasta se tambaleó y Cocolota rodó fuera, cayendo directamente al jardín. ¡Estaba libre!
La lluvia la recibió con alegría. Las gotas la golpeaban suavemente, haciéndola sentir viva y refrescada. Cocolota rebotó en el césped mojado, explorando cada rincón del jardín. Descubrió charcos brillantes donde se reflejaban las nubes. Vio a las lombrices salir de la tierra para disfrutar de la humedad. Observó a las flores inclinar sus cabezas bajo el peso de las gotas.
Sofía y Mateo, que seguían mirando por la ventana, vieron a Cocolota rebotando en el jardín. Al principio, no podían creer lo que veían. "¡Es Cocolota!", gritó Sofía, emocionada. "¡Está jugando bajo la lluvia!", exclamó Mateo, sorprendido.
Los niños se pusieron sus impermeables y botas de goma y salieron corriendo al jardín. Cocolota, al verlos, rebotó hacia ellos, feliz de tener compañía. Juntos, los tres, se divirtieron como nunca antes. Lanzaron a Cocolota al aire, dejando que la lluvia la empapara. La hicieron rodar por el césped, creando surcos en el barro. Chapotearon en los charcos, salpicándose de agua y risas.
La lluvia no era un obstáculo para la diversión, sino un ingrediente extra. El jardín se había transformado en un parque de atracciones acuático. Cocolota, Sofía y Mateo se sintieron más unidos que nunca.
Cuando la lluvia finalmente cesó y el sol volvió a brillar, el jardín resplandecía con colores aún más intensos. Las flores se erguieron, orgullosas de haber resistido la tormenta. El aire olía a tierra mojada y a flores frescas. Cocolota, Sofía y Mateo, cansados pero felices, regresaron a casa.
Cocolota, aunque estaba un poco más sucia y arrugada que antes, se sentía diferente. Había vivido una aventura inolvidable. Había descubierto que la lluvia no era algo para temer, sino algo para disfrutar. Y lo más importante, había aprendido que la amistad y la diversión pueden florecer incluso en los días más grises.
Desde ese día, Cocolota se convirtió en la pelota más valiente y aventurera del jardín. Y Sofía y Mateo aprendieron a apreciar la belleza de la lluvia y a encontrar la alegría en cada momento, sin importar el clima.
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