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Gratis · elegí una vozHabía una vez una abuelita llamada Paula que vivía en un pueblito llamado Cidra, en Puerto Rico. Le encantaba el sol, el olor a café recién colado, y sobre todo, el canto del coquí. Cada noche, antes de dormir, cerraba los ojos y escuchaba atentamente: “¡Coquí, coquí, coquí!” Era la melodía de su hogar, el sonido que le llenaba el alma de alegría.
Un día, su hija Ada decidió llevarse a la abuela Paula y al abuelo Gelo a un lugar muy, muy lejos, llamado California. A la abuela Paula le costó mucho dejar su casita, su jardín lleno de flores, y por supuesto, a sus queridos coquíes. Sabía que en California podría estar más cerca de su hija, pero sentía un vacío en su corazón.
Cada viernes, la nieta de la abuela, Jessica, la llamaba por teléfono. Era su manera de sentirse cerquita de su abuela, aunque el mar las separara. Hablaban de todo: de la escuela, de los amigos, de las aventuras del día a día. Pero lo que más esperaba la abuela Paula era el momento en que Jessica acercaba el teléfono a la ventana.
A la abuela Paula le encantaba escuchar el canto del coquí por el teléfono. Escuchaba atentamente y luego decía feliz: “¡Coquí, coquí, coquí!”
“Me da nostalgia ese sonido”, decía la abuela. “Quisiera estar en mi isla otra vez.” La voz de la abuela sonaba un poquito triste, y a Jessica le dolía escucharla así.
Jessica le prometió que cuando viajara a verla, le llevaría un coquí para que lo escuchara todas las noches. La abuela Paula se emocionó muchísimo con la idea. Imaginaba tener un coquí en su habitación, cantándole canciones de cuna antes de dormir.
Pasaron los años, y llegó la Navidad del 2023. Jessica ya estaba terminando la universidad. La abuela Paula estaba enfermita, y la familia decidió viajar a cuidarla y acompañarla en esos días especiales. Todos querían estar cerca de ella, llenarla de cariño y hacerla sentir feliz.
Jessica ya era una adulta, pero seguía siendo la misma nieta cariñosa. Estaba muy emocionada de volver a ver a su abuela. Empacó ropa abrigada, sus libros favoritos y algunos regalitos para la familia. Pero, ¡ay, no! En medio de la emoción, olvidó el coquí que había prometido.
Ella hizo sus maletas y viajó hasta California… pero olvidó el coquí que había prometido. Se sintió muy apenada y preocupada. ¿Qué le diría a su abuela? ¿Cómo compensaría su olvido?
Cuando la abuela la vio llegar, se puso muy feliz. Sus ojos brillaron de alegría y la abrazó con todas sus fuerzas. La abuela Paula era delgadita, pero sus abrazos eran fuertes y llenos de amor.
Hablaron, rieron, prepararon té de jengibre, y recordaron el coquí. La abuela Paula preguntó con dulzura: “¿Y mi coquí, mi amor?”
Jessica se puso roja de vergüenza y le explicó: “Abuela, aprendí que el coquí no puede vivir fuera de Puerto Rico. Necesita un clima especial y un ambiente muy particular para sobrevivir. Lo siento mucho, abuela. No pude traerte uno.”
La abuela sonrió y dijo: “Está bien, mi amor. No te preocupes. El coquí vive aquí —en mi corazón.” Se tocó el pecho con la mano y sonrió con ternura. “Siempre que cierre los ojos, puedo escucharlo cantar.”
Esa Navidad fue muy especial. A pesar de la enfermedad de la abuela Paula, la casa se llenó de alegría y amor. La familia cantó villancicos, preparó comida puertorriqueña deliciosa: arroz con gandules, pasteles y lechón asado. Fueron juntos a la iglesia y rezaron por la salud de la abuela.
Por las noches, Jessica y su abuela imitaban el canto del coquí. Se sentaban juntas en el sillón y cantaban: “¡Coquí… coquí… coquí!” Reían y se abrazaban, sintiendo la conexión especial que las unía.
Cuando llegó el momento de regresar a Puerto Rico, Jessica no quería irse. Sabía que la abuela Paula estaba delicada de salud y temía no volver a verla.
La abuela la abrazó y le susurró al oído: “No llores, mija. Todo estará bien. Llámame cuando llegues… quiero escuchar el coquí.”
Jessica sonrió entre lágrimas y dijo: “Te amo, abuela.” Le dio un beso en la frente y prometió llamarla en cuanto llegara a casa.
Y así, el canto del coquí siguió viajando por el teléfono, uniendo a abuela y nieta cada viernes. Aunque la distancia las separara, el amor y los recuerdos las mantenían cerca, muy cerca, en el corazón. Jessica sabía que el verdadero coquí no estaba en Puerto Rico, ni en California, sino en el amor que compartía con su abuela Paula, un amor que cantaba más fuerte que cualquier coquí.
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