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Gratis · elegí una vozMi hermanita Cordelia es hoy una de las hadas más poderosas, ¡y eso que era una chica que no sabía comer chocolate sin ensuciarse la cara! Siempre terminaba con un bigote marrón y pegajoso, y yo me reía.
Un día, Cordelia salió de la casa. Prometió no alejarse, pero Cordelia y las promesas… bueno, no siempre se llevaban bien. Paseó por un caminito lleno de margaritas blancas, luego se desvió por otro, más estrecho y con piedras brillantes. Siguió caminando, atraída por el brillo de una mariposa azul, hasta que… ¡zas! No supo volver. Estaba perdida.
Pero, en lugar de asustarse por ella misma, pensó en el disgusto que íbamos a tener nosotros. Imaginó la cara de mamá, la preocupación de papá, la tristeza del gato Minino, que siempre la esperaba en la ventana. Y yo, que aunque le tiraba de la trenza, la quería con locura. Yo creo que en eso está el secreto de todo lo que le ocurrió después. Esa preocupación por los demás, ese cariño inmenso, la llenó de una fuerza especial.
Lloró acordándose de toda la familia, sin olvidar al gato ni a mí, que siempre le tiraba de la trenza. Las lágrimas le corrían por las mejillas como ríos pequeños, mojando la tierra. Cuando se secó las lágrimas con el dorso de la mano, se encontró en un camino que antes no existía. Era un camino de polvo de estrellas, brillante y mágico, que la invitaba a seguir adelante.
El camino la llevó, cruzando un bosque que tampoco existía antes. Los árboles eran altísimos y sus hojas brillaban con colores nunca vistos: rosa, dorado, verde esmeralda. Los animales del bosque la miraban con curiosidad, pero no la asustaban. Parecía que la conocían, que sabían que Cordelia tenía un corazón bueno. Finalmente, el camino terminó frente a la puerta de una casa muy peculiar. Era una casa hecha de galletas de jengibre, con ventanas de caramelo y un tejado de chocolate. ¡Daba ganas de comérsela entera!
Pero, desde el interior, una voz de ogro decía, con un tono ronco y amenazante: —¡Ah, que te como! ¡Ah, que te almuerzo! ¡Ñam, ñam!
Cordelia iba a escapar muy asustada, sus piernas temblaban como hojas en el viento. Iba a dar media vuelta y correr lo más rápido que pudiera, lejos, muy lejos de aquella casa de pesadilla. Pero, justo cuando estaba a punto de huir, oyó la vocecita de un niño que gritaba, con un hilo de voz: —¡Socorro! ¡Socorro, que me come crudo! ¡Ayúdenme, por favor!
Aquella vocecita desesperada hizo que Cordelia se detuviera en seco. Pensó en el niño, solo y asustado, a merced de aquel ogro glotón. Y entonces hizo un gran esfuerzo para vencer su miedo. Respiró hondo, cerró los ojos un instante y se llenó de valor. Abrió la puerta de la casa de galletas y entró heroicamente, pues el verdadero heroísmo es el de quien, con miedo y todo, hace lo que corresponde.
Dentro, el ogro era aún más feo y grande de lo que había imaginado. Tenía una barriga enorme, llena de comida, y unos dientes afilados como cuchillos. Estaba a punto de meter en su boca a un niño pequeño, con el pelo rubio y los ojos azules, que temblaba de miedo.
—¡Suéltale, ogro malvado! —gritó Cordelia con toda la fuerza que pudo.
El ogro se giró, sorprendido. —¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí? ¡Una niña para el postre! —dijo con una sonrisa malvada.
Cordelia, a pesar del miedo, no se dejó intimidar. Recordó a su familia, a Minino, a mí… y sacó fuerzas de flaqueza. Se puso delante del niño, protegiéndolo con su pequeño cuerpo. —¡No te tengo miedo! —dijo, aunque por dentro estaba temblando.
Entonces, recordó algo importante: ¡a ella le encantaba comer chocolate! Y aunque siempre se ensuciaba la cara, el chocolate le daba energía. Así que, con una sonrisa traviesa, le dijo al ogro: —Ogro, ¿sabes qué? Creo que te falta un poco de… ¡chocolate!
Y, de repente, ¡puf! Apareció una enorme tableta de chocolate en sus manos. Un chocolate tan rico y brillante que el ogro no pudo resistirse. Se olvidó del niño, se olvidó de Cordelia y se lanzó sobre el chocolate como un loco. Se lo comió entero, sin respirar, hasta que… ¡puf! Se transformó en una enorme bola de chocolate.
Cordelia, con la ayuda del niño, rodó la bola de chocolate fuera de la casa y la dejó en el bosque. Los animales, encantados, empezaron a mordisquearla. El ogro, convertido en chocolate, ya no podía hacer daño a nadie.
Cordelia y el niño, que se llamaba Martín, encontraron el camino de vuelta a casa. Martín fue reunido con sus padres y Cordelia, después de un buen abrazo de mamá y papá, me dio un abrazo fuerte. Incluso Minino ronroneó más fuerte de lo normal.
Esa noche, Cordelia soñó con el bosque mágico, con el ogro de chocolate y con el niño que había salvado. Y al despertar, descubrió que tenía unas pequeñas alas brillantes en la espalda. ¡Se había convertido en un hada! Un hada poderosa, valiente y, por supuesto, un poco olvidadiza. Pero, sobre todo, un hada con un corazón enorme, capaz de hacer cualquier cosa por los demás. Y aunque ahora es un hada muy importante, todavía se mancha la cara de chocolate. Y yo, sigo tirándole de la trenza, aunque ahora, tenga cuidado de no tocar sus alas.
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