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Gratis · elegí una vozCristal, delgada y morena, con un mar de rizos negros que le caían hasta la cintura, se acurrucaba bajo el árbol de carambola. Su vestido blanco, ya un poco ajado, llegaba hasta sus rodillas cubiertas por medias grises altas que desaparecían dentro de sus botas de cuero. El sol, o más bien, lo que el sol representaba, ardía demasiado. Bajo las hojas frescas, el pasto era su refugio, un lugar para esconderse de las sombras que la perseguían en casa. Su papá... bueno, era mejor no pensar en eso.
Con cuidado, Cristal arrancaba pequeñas flores silvestres, curando imaginarias heridas. Cantaba suavemente una canción que su mejor amiga, Sofía, le había enseñado. Sofía, que había desaparecido hace mucho tiempo, quizás para siempre, en el Cerro Ereo. Nadie la había vuelto a ver. La canción era sobre pájaros libres y cielos azules, un contraste doloroso con su propia realidad.
La tarde se iba diluyendo en tonos anaranjados cuando Cristal supo que tenía que volver. No era noche cerrada aún, pero el silencio ya empezaba a pesar. Al llegar a casa, su mamá, con la frente fruncida, la regañó. “¡Siempre vagando! ¡No tienes remedio! Ve a la iglesia, tal vez el padre te ayude a enderezar tu camino.”
Cristal, con el corazón encogido, obedeció. Llevaba una pequeña ofrenda, envuelta cuidadosamente por su mamá: unas manzanas rojas y brillantes. En la capilla, el pastor William la recibió con una sonrisa que a Cristal le pareció extraña. Después de recibir la ofrenda, la tomó del brazo con fuerza. “Cristal, niña, veo una maldición sobre ti. Necesitas tomar la sangre de Cristo para purificarte.”
Cristal no entendía. El pastor, con voz grave, le dijo que después de “tomar la sangre de Cristo”, debía ir al Cerro Ereo. “Camina tres horas, de rodillas, pidiendo perdón. Solo así encontrarás la paz.”
La noche era profunda cuando Cristal comenzó a subir el cerro. Sus piernas temblaban con cada paso. La visión se le nublaba. Recordaba las manos del pastor, supuestamente ayudándola a “entrar en razón”, pero ahora sólo sentía un dolor agudo entre las piernas. Miró su vestido blanco. Una mancha oscura, la supuesta “sangre de Cristo”, lo ensuciaba.
Subía y subía, cada vez más cansada. La leyenda del Cerro Ereo resonaba en su cabeza: quien llegara a la cima podía pedir un deseo, y este se haría realidad al instante. Pero Cristal no sentía deseos de nada. Solo quería que el dolor se detuviera.
De repente, sintió un fastidio en la pierna. Miró hacia abajo y vio una pequeña serpiente, inofensiva, que se alejaba rápidamente. En su huida, la serpiente la tropezó, haciéndola caer. A pesar de la caída, sintió que la cima estaba cerca, pero aún parecía inalcanzable.
El viento comenzó a azotarla, como si pequeñas cuchillas le cortaran la piel. Con un último esfuerzo, se levantó y gritó con todas sus fuerzas. Un grito desgarrador que pedía libertad, que pedía que la dejaran en paz. Un grito que provenía de lo más profundo de su alma herida.
Tanto fue el poder de su grito, que el Cerro Ereo tembló. La tierra se resquebrajó. Las rocas se desprendieron. El cerro, el lugar de la esperanza y la desilusión, comenzaba a derrumbarse.
La última sensación que tuvo Cristal fue la de caer. No había pedido ningún deseo. La serpiente, portadora de mala suerte o quizás de liberación, había huido de ella. Su vestido, manchado y seco, guardaba el secreto de la noche.
Su último pensamiento, antes de que la oscuridad la envolviera por completo, fue para Sofía. ¿Habría logrado Sofía subir al cerro sin que todo se derrumbara? ¿Habría encontrado la libertad que ella tanto anhelaba?
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