Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozCristal estaba sentada bajo el árbol de carambola, su vestido blanco contrastando con el verde oscuro de las hojas. El sol ardía, pero allí, a la sombra, se sentía un poco mejor. El sol era como... como los gritos de Papá, siempre fuertes, siempre dolorosos. Por eso se escondía. Prefería la compañía silenciosa del pasto y las hojas. Era delgada, con la piel morena y el pelo ondulado y largo que le llegaba hasta la cintura. Llevaba un vestido blanco hasta las rodillas, medias grises altas y botas de cuero desgastadas.
Tenía flores en las manos, margaritas silvestres y pequeñas campanillas azules. Las usaba para "curar" sus heridas, aunque no fueran heridas que se vieran. Cantaba suavemente una canción que solía cantar su mejor amiga, Luna. Luna, que había desaparecido en el Cerro del Ereo hacía tanto tiempo que Cristal casi había olvidado su rostro. A veces, Cristal pensaba que Luna se había convertido en una estrella, o tal vez en una mariposa monarca que volaba libremente por el cielo.
Cuando el cielo empezó a teñirse de naranja y morado, Cristal supo que era hora de volver a casa. No quería, pero sabía que Mamá estaría preocupada. Su mamá siempre estaba preocupada. Al llegar, la encontró esperándola en la puerta, con el ceño fruncido. "¡Cristal! ¡¿Dónde estabas?! ¡Ya es casi de noche! ¡Siempre igual!" La voz de Mamá era suave, pero el regaño era evidente.
"Estaba... estaba en el árbol de carambola," murmuró Cristal, mirando al suelo.
"¡Siempre en ese árbol! ¡No haces nada útil! Ve a la iglesia, niña. El pastor William necesita ayuda con la ofrenda de mañana." Mamá le entregó un pequeño paquete envuelto en tela blanca.
Cristal odiaba ir a la iglesia. Siempre se sentía observada, juzgada. Pero no podía desobedecer a Mamá. Caminó lentamente hasta la capilla, el paquete en sus manos temblorosas. El pastor William la recibió con una sonrisa que no le llegó a los ojos. "Cristal, qué bueno verte. Tu madre siempre es tan considerada." La invitó a entrar en la capilla, donde la luz de las velas parpadeaba, creando sombras danzantes en las paredes.
Cristal le entregó la ofrenda. El pastor William la tomó, pero no la soltó. Su mano se cerró alrededor de la muñeca de Cristal, apretando con fuerza. "Cristal," dijo con una voz extraña, "tengo que hablar contigo. He visto una maldición sobre ti. Necesitas tomar la sangre de Cristo para purificarte." Cristal sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Tenía miedo.
Lo que sucedió después fue borroso, confuso, aterrador. Cristal recordaba la voz del pastor, sus manos, el olor a incienso mezclado con algo agrio y desagradable. Luego, el pastor William le dijo que debía ir al Cerro del Ereo, caminar durante tres horas y pedir perdón de rodillas hasta que le dolieran. "Solo así," dijo, "podrás liberarte de la maldición."
Cristal, aturdida y asustada, hizo lo que le dijo. Comenzó a subir el cerro en la oscuridad. Sus piernas le dolían, su respiración era agitada. La visión del pastor William agarrando sus manos para "ayudarla" le daba vueltas en la cabeza. Podía ver su vestido blanco manchado con un líquido oscuro que el pastor había llamado "la sangre de Cristo".
Subía y subía, y cada vez le costaba más respirar. Un dolor punzante le invadía la entrepierna. De repente, sintió algo resbalar por su pierna. Miró hacia abajo y vio una pequeña serpiente inofensiva que se alejaba rápidamente. La serpiente la rozó y Cristal cayó al suelo. Estaba cerca de la cima, pero aún la veía muy alta.
El viento comenzó a soplar con fuerza, azotando su piel como si fueran pequeñas cuchillas. Recordó la leyenda del Cerro del Ereo: quien llegara a la cima podía pedir cualquier deseo, y se haría realidad al instante. Se levantó, tambaleándose, y continuó subiendo. Pero en lugar de pedir un deseo, comenzó a gritar con todas sus fuerzas. "¡Déjenme en paz! ¡Quiero ser libre!"
Su grito fue tan fuerte, tan lleno de dolor y desesperación, que el Cerro del Ereo comenzó a temblar. La tierra se agrietó y las rocas se desprendieron. Sintió que el suelo se movía bajo sus pies. La última sensación que tuvo fue la de caer, caer sin haber pedido un deseo. La serpiente había huido de ella. Su vestido, ahora casi seco, estaba manchado con la oscura "sangre". Su último pensamiento fue: ¿Luna habrá logrado subir sin que todo se derrumbara?
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