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En la cima de la Montaña de Ámbar, donde las nubes huelen a canela y el sol siempre brilla con un tono dorado, vivía Dante. Dante era un dragón pequeño, de apenas siete años, con escamas de un verde esmeralda tan brillante que relucían bajo el sol. Tenía unos ojos dorados llenos de curiosidad y unas alas de color naranja vibrante que, lamentablemente, parecían no querer obedecerle. Alrededor de su cuello, Dante siempre llevaba una bufanda de lana azul tejida por su abuela, la cual ondeaba suavemente con la brisa de la montaña.
Mientras sus hermanos y amigos despegaban hacia el cielo con solo un par de aletazos potentes, Dante se quedaba en tierra. Sus patas eran fuertes y sus saltos eran impresionantes, pero en cuanto intentaba batir sus alas, terminaba dando volteretas cómicas sobre la hierba. —¡Mira, Dante es un dragón saltamontes! —se burlaban a veces los dragones más jóvenes, aunque no con malicia. Dante sonreía, pero por dentro sentía una pequeña punzada de tristeza. Él quería ver el mundo desde arriba, quería sentir el frío de las nubes y la libertad de la altura.
Un día, decidido a cambiar su suerte, Dante subió hasta la Colina de los Suspiros, el punto más alto del valle. Se puso en posición, ajustó su bufanda azul y respiró hondo. Corrió con todas sus fuerzas, sus patas golpeando el suelo con ritmo, y saltó al vacío. Batió sus alas naranjas con desesperación, pero en lugar de subir, comenzó a caer como una piedra verde. Justo antes de chocar contra un arbusto de bayas, una ráfaga de aire cálido lo empujó de vuelta a la seguridad de la orilla.
—No se trata de cuánta fuerza uses, pequeño Dante, sino de cuánto escuches —dijo una voz suave y profunda desde las sombras de un roble milenario.

Dante se sacudió las hojas de sus escamas y vio a Luna, una lechuza de plumas plateadas que llevaba unas pequeñas gafas de color púrpura sobre su pico ganchudo. Luna era conocida por ser la criatura más sabia del bosque, alguien que entendía los secretos que el viento susurraba entre las hojas.
—¿Escuchar? —preguntó Dante, confundido—. Mis alas no escuchan, simplemente no funcionan. Son demasiado pequeñas o mis escamas son demasiado pesadas.
Luna voló hacia una rama baja y lo miró fijamente con sus ojos inteligentes. —Tus alas son perfectas. El problema es que intentas luchar contra el cielo en lugar de bailar con él. Los demás dragones usan la fuerza bruta, pero tú, Dante, tienes el don de la ligereza. Ven conmigo al atardecer, cuando el viento canta su melodía más dulce.
Esa tarde, bajo un cielo teñido de violeta y oro, Luna llevó a Dante a un risco estrecho. No le pidió que saltara. En cambio, le pidió que cerrara sus ojos dorados. —Siente el aire en tus orejas, Dante. Siente cómo fluye entre tus garras y cómo acaricia tu bufanda azul. El viento no es un muro que debes romper, es un río en el que debes flotar.

Dante cerró los ojos. Por primera vez, dejó de pensar en el esfuerzo y empezó a sentir el movimiento del aire. Sintió una corriente cálida que subía desde el valle, una caricia invisible que parecía invitarlo a elevarse. Sin abrir los ojos, extendió sus alas naranjas al máximo, no para batirlas, sino para atrapar ese aliento del mundo.
De repente, sus pies dejaron de tocar la roca. No hubo caídas, ni golpes, ni polvo. Dante sintió que el peso de su cuerpo desaparecía. Cuando abrió los ojos, estaba suspendido en el aire, a diez metros del suelo. No estaba volando como un pájaro, estaba planeando como una hoja de otoño impulsada por un torbellino de alegría.
—¡Lo estoy haciendo, Luna! ¡Estoy flotando! —gritó con entusiasmo.
—¡No solo flotas, Dante! ¡Estás surfeando el viento! —respondió la lechuza desde el árbol.
Dante descubrió que, al inclinar ligeramente sus alas naranjas, podía girar. Al mover su cola verde esmeralda, podía subir o bajar. No necesitaba el aleteo ruidoso de los demás; él se movía con el silencio y la elegancia de un sueño. Voló sobre el río turquesa que serpenteaba por el cañón, viendo cómo los peces saltaban para saludarlo. Pasó junto a sus amigos, que lo miraban con las mandíbulas abiertas de asombro.
Desde aquel día, Dante ya no fue conocido como el dragón que no sabía volar. Se convirtió en el Maestro de las Corrientes. Enseñó a otros que no todos los caminos al cielo requieren fuerza, y que a veces, para llegar a lo más alto, solo hace falta cerrar los ojos y aprender a escuchar el canto del viento. Y así, con su bufanda azul ondeando como una bandera de victoria, Dante demostró que ser diferente no era una debilidad, sino su mayor superpoder.
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