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Gratis · elegí una vozDavid vivía en Hualpín, un pueblito rodeado de bosques y colinas verdes. Tenía seis años y un corazón lleno de alegría, especialmente cuando escuchaba los sonidos de los animales. Le encantaba imitar el mugido de las vacas, el cacareo de las gallinas y el canto de los pájaros. David creía que cada animal tenía su propia melodía, y él soñaba con crear una gran sinfonía con todas ellas.
Cada mañana, David salía de su casa con su cuaderno y un lápiz. Se sentaba en el pasto, cerca del corral de las ovejas, y escuchaba atentamente. "¡Beeee! ¡Beeee!", balaban las ovejas, y David dibujaba pequeñas ondas en su cuaderno, intentando representar el sonido. Luego, corría hasta el gallinero. "¡Kikirikí!", cantaba el gallo, y David dibujaba picos puntiagudos. Así pasaba sus días, coleccionando sonidos y transformándolos en garabatos en su cuaderno.
Un día, mientras David exploraba un sendero nuevo en el bosque, escuchó un sonido diferente. Era un sonido suave, como un susurro, que venía de entre los árboles. Con cuidado, se acercó y descubrió un pequeño zorrito atrapado en una rama caída. El zorrito gimoteaba suavemente.
"¡Pobrecito!", exclamó David. Con mucho cuidado, levantó la rama pesada y liberó al zorrito. El zorrito, asustado pero agradecido, lo miró con sus grandes ojos brillantes. David, sin pensarlo dos veces, le ofreció la mitad de su manzana.
El zorrito comió la manzana con pequeños mordiscos y luego, frotó su cabeza contra la mano de David. David sintió una conexión especial con el animal. Era diferente a los sonidos fuertes y alegres de la granja. Era un sonido de vulnerabilidad y agradecimiento.
David llevó al zorrito a su casa. Su mamá, preocupada al principio, se enterneció al ver la conexión entre David y el pequeño animal. Le ayudaron a curar un pequeño rasguño que tenía en la pata. Esa noche, el zorrito durmió en una cesta al lado de la cama de David.
Al día siguiente, David llevó al zorrito de vuelta al bosque. Lo dejó cerca de donde lo había encontrado, esperando que su familia lo encontrara. El zorrito lo miró por un momento y luego, corrió hacia la espesura del bosque. David sintió una mezcla de tristeza y alegría. Sabía que había hecho lo correcto.
De vuelta en casa, David abrió su cuaderno. Buscó la página donde había estado dibujando las ondas de las ovejas y los picos del gallo. Ahora, necesitaba encontrar una forma de representar el sonido del zorrito. No era un balido, ni un cacareo. Era algo más suave, más delicado.
Después de mucho pensar, David dibujó una línea ondulada, pero en lugar de hacerla puntiaguda, la hizo suave y redondeada. Luego, dibujó un pequeño corazón al lado. Ese era el sonido del zorrito: un sonido de amistad y gratitud.
David se dio cuenta de que la sinfonía animal no solo se trataba de los sonidos fuertes y alegres. También se trataba de los sonidos suaves y silenciosos, los sonidos del amor y la compasión. Y cada sonido, grande o pequeño, tenía su lugar en la gran orquesta de la naturaleza.
Esa noche, David soñó con el bosque lleno de animales cantando en armonía. Soñó con las ovejas balando, el gallo cantando, los pájaros piando y el zorrito susurrando su canción de gratitud. Y David, con su lápiz y su cuaderno, dirigiendo la orquesta, creando la sinfonía más hermosa que jamás había escuchado.
A partir de ese día, David continuó explorando el mundo, escuchando los sonidos de los animales y transformándolos en su arte. Aprendió que cada criatura, por pequeña que fuera, tenía algo importante que decir. Y él, David, el niño de Hualpín, estaba ahí para escucharlos y compartir sus melodías con el mundo.
Y así, David siguió viviendo en Hualpín, rodeado de la sinfonía animal que tanto amaba, siempre listo para escuchar un nuevo sonido y añadirlo a su colección. Cada día era una nueva oportunidad para descubrir la magia de la naturaleza y la belleza de la amistad. Y cada noche, soñaba con la gran orquesta animal, donde cada criatura, con su propia voz, contribuía a la melodía del mundo.
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