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Gratis · elegí una vozHabía una vez una chica llamada Delfina. Tenía 8 años, el pelo como hebras de sol y unos ojos grandes y curiosos que siempre estaban listos para la aventura. Vivía en una casita de campo con su papá, un hombre alto y fuerte con una barba suave como algodón, y su perra Luna, una labrador amarilla con una cola que no paraba de moverse.
Un día, una tarde soleada, el papá de Delfina le dijo: "¡Delfina, hoy vamos a la ciudad! Tenemos que comprar algunas cosas para la casa y quizás, solo quizás, ¡podamos comer un helado!"
Delfina saltó de alegría. Le encantaba ir a la ciudad. Era un lugar lleno de colores, sonidos y gente interesante. Se puso su vestido de flores, sus sandalias favoritas y salió corriendo hacia el coche.
El viaje fue divertido. Cantaron canciones tontas, jugaron a adivinar matrículas de coches y se rieron mucho. En la ciudad, compraron pinturas para la cerca, una regadera nueva para el jardín y, como prometió su papá, ¡dos helados gigantes de fresa!
Cuando terminaron, ya era de noche. Las luces de la ciudad brillaban como estrellas en el cielo oscuro. Delfina se acurrucó en el asiento del coche, cansada pero feliz. El camino a casa fue silencioso, solo interrumpido por el suave ronroneo del motor y los ocasionales ladridos de Luna, que los esperaba ansiosamente en casa.
Al llegar, la casa estaba oscura y silenciosa. El papá de Delfina abrió la puerta y Luna salió corriendo, moviendo la cola con entusiasmo. Pero entonces, algo llamó la atención de Delfina. En el escalón de la entrada, acurrucado y tembloroso, había un pequeño gatito. Era negro como la noche, con unos ojos verdes brillantes que parecían dos esmeraldas.
"¡Papá, mira! ¡Un gatito!" exclamó Delfina, acercándose con cuidado. El gatito maulló suavemente, como si estuviera pidiendo ayuda. Tenía frío y estaba sucio, pero sus ojos brillaban con una luz especial.
"Pobrecito," dijo el papá de Delfina, agachándose también. "Parece perdido." Lo levantó con cuidado y lo acercó a la luz. El gatito era muy pequeño, apenas cabía en la palma de su mano.
"¿Podemos quedárnoslo, papá? ¡Por favor!" suplicó Delfina, abrazando a su papá. "Lo cuidaremos muy bien. Le daremos comida, agua y mucho cariño."
El papá de Delfina miró a Delfina y luego al gatito. Sabía que su hija tenía un corazón enorme y que amaría al gatito con todo su ser. Además, no podía soportar la idea de dejar al pequeño animalito solo en la oscuridad.
"Está bien, Delfina," dijo finalmente. "Podemos quedárnoslo. Pero tendremos que cuidarlo muy bien. ¿Estás lista para eso?"
"¡Sí! ¡Sí! ¡Claro que sí!" gritó Delfina, abrazando a su papá aún más fuerte. Tomó al gatito en sus brazos y lo llevó adentro de la casa.
Luna se acercó a olfatear al gatito, curiosa. Al principio, le ladró suavemente, pero luego, como si entendiera que el gatito era indefenso, comenzó a lamerlo con cariño. El gatito ronroneó suavemente, como si agradeciera la bienvenida.
Delfina le dio al gatito un poco de leche tibia y lo envolvió en una manta suave. El gatito comió con avidez y luego se acurrucó en los brazos de Delfina, durmiéndose profundamente.
"¿Cómo lo llamaremos, papá?" preguntó Delfina, mirando al gatito dormido.
"Mmm... es negro como la noche," dijo su papá, pensativo. "¿Qué tal... Sombra?"
"¡Sombra! Me gusta mucho ese nombre," dijo Delfina, sonriendo. "Bienvenido a casa, Sombra." Lo besó suavemente en la cabeza.
Esa noche, Delfina durmió con Sombra acurrucado a su lado. Soñó con aventuras y juegos con su nuevo amigo. Al día siguiente, le construyeron una camita con una caja de cartón y una manta suave. Sombra se adaptó rápidamente a su nuevo hogar. Jugaba con Luna, exploraba la casa y dormía largas siestas al sol.
Delfina y Sombra se hicieron inseparables. Jugaban en el jardín, se acurrucaban para leer cuentos y compartían secretos al oído. Sombra siempre estaba ahí para consolar a Delfina cuando estaba triste y para celebrar sus alegrías. Se convirtió en un miembro más de la familia, amado por todos.
Un día, mientras jugaban en el jardín, Delfina notó algo extraño en el collar de Sombra. Tenía una pequeña medalla con un nombre y una dirección. Resultó que Sombra se había escapado de una casa cercana. Sus dueños estaban muy tristes por su desaparición.
Delfina se sintió muy triste al tener que despedirse de Sombra, pero sabía que tenía que hacer lo correcto. Llamaron a los dueños de Sombra y ellos vinieron a buscarlo al día siguiente. Estaban muy contentos de encontrarlo sano y salvo.
Aunque Delfina extrañaba mucho a Sombra, se sintió feliz de haberlo ayudado y de haberle dado un hogar temporal. Aprendió que a veces, lo más importante es hacer lo correcto, incluso si duele. Y aunque Sombra ya no vivía con ella, siempre recordaría el tiempo que pasaron juntos y el amor que compartieron. Además, los dueños de Sombra invitaron a Delfina a visitarlo cuando quisiera, ¡así que la amistad continuó!
Delfina supo que aunque la aventura con Sombra había terminado, siempre tendría un lugar especial en su corazón para aquel gatito negro que encontró una noche en la puerta de su casa.
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