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Gratis · elegí una vozUn día, me desperté y... ¡puf! ¡Todos habían desaparecido! La ciudad estaba vacía. Mis vecinos, los señores Pérez, el panadero, incluso el perro de la esquina, ¡nadie! Al principio, pensé que era un sueño muy raro. Me puse mi pijama de ositos (sí, un adulto con pijama de ositos, ¡y qué!), y salí a la calle.
"¿Hola?" grité. Solo el eco respondió. Empecé a sentirme un poco… solo. Y entonces… los vi.
¡Zombies! ¡Pero no los zombies de las películas de miedo! Estos eran… torpes. Muy torpes. Caminaban lento y parecían más interesados en tropezarse con las farolas que en comerme el cerebro. Pero había muchos. Demasiados.
Recordé que en las afueras de la ciudad había una base militar. Pensé: "¡Allí seguro que hay gente! ¡Y comida! ¡Y quizás alguien que sepa qué está pasando!"
Así que, en mi pijama de ositos, corrí lo más rápido que pude. Esquivé carritos de supermercado abandonados y montones de periódicos viejos. Los zombies, con sus movimientos lentos, no eran un gran desafío, pero sí eran persistentes. Uno incluso intentó robarme mi zapatilla de osito. ¡Qué atrevido!
Llegué a la base militar jadeando. ¡Era enorme! La verja principal estaba cerrada, pero vi una pequeña puerta lateral entreabierta. Me deslicé por ella, esperando no encontrarme con un zombie hambriento.
Dentro, soldados jóvenes, con caras serias, corrían de un lado a otro. Parecían asustados, pero decididos. Uno de ellos me vio y casi se le cae el arma al suelo.
"¡¿Quién es usted?! ¡¿Qué hace en pijama de ositos?!" preguntó, apuntándome con su rifle.
"¡Soy… soy… Yupi!" dije, porque en ese momento no se me ocurrió otro nombre. "¡Y estoy aquí para ayudar! Bueno, y para esconderme de los zombies, pero sobre todo para ayudar!"
El soldado, que se llamaba Marcos, suspiró. Me llevó a una sala donde había otros soldados reunidos alrededor de una mesa llena de mapas. El comandante, una señora alta y con el pelo recogido en un moño, me miró con desconfianza.
"¿Yupi? ¿En pijama de ositos? ¿Qué clase de refuerzos son estos?" dijo la comandante.
Les conté todo lo que había pasado, desde despertarme en la ciudad vacía hasta mi encuentro con los zombies torpes. Al principio no me creyeron, pero cuando vieron lo serio (y lo asustado) que estaba, decidieron darme una oportunidad.
Me cambiaron el pijama de ositos por un uniforme militar (¡un poco grande, pero servía!) y me dieron un arma. Era pesada y daba un poco de miedo, pero me sentía… ¡poderoso!
La comandante me explicó el plan. Los zombies estaban rodeando la base y pronto intentarían entrar. Teníamos que defenderla.
"Yupi, tu trabajo será… vigilar la puerta trasera," dijo la comandante. "Es la menos importante, pero necesitamos ojos ahí."
¡La puerta trasera! ¡Genial! Pensé que me pondrían en primera línea, luchando contra hordas de zombies. Pero bueno, vigilar la puerta trasera también era importante.
Me aposté en la puerta trasera con Marcos, el soldado que me había encontrado. Estaba nervioso, pero también emocionado. ¡Iba a defender la base militar de los zombies torpes!
Pasaron las horas y nada. Empezaba a aburrirme. Marcos y yo empezamos a contarnos chistes para pasar el tiempo. De repente, ¡BUM! ¡La puerta tembló!
"¡Ahí vienen!" gritó Marcos.
Un grupo de zombies torpes intentaba derribar la puerta. ¡Era mi momento de brillar! Levanté mi arma y… ¡PAF! ¡PAF! ¡PAF! Disparé a los zombies.
No era muy bueno disparando, la verdad. La mayoría de los disparos iban al aire. Pero el ruido de los disparos asustó a los zombies. Se detuvieron y empezaron a mirarme con confusión.
"¡Fuera de aquí, bichos feos!" grité. "¡Esta es mi puerta! ¡Y no van a pasar!"
Y, increíblemente, ¡funcionó! Los zombies, asustados por mis gritos y mis disparos (aunque no fueran muy precisos), se dieron la vuelta y se alejaron.
Marcos me miró con la boca abierta. "¡Lo hiciste! ¡Los espantaste!"
¡Lo había hecho! ¡Yupi, el adulto en pijama de ositos convertido en soldado, había salvado la puerta trasera de la base militar!
Durante los días siguientes, defendimos la base con uñas y dientes. Los zombies eran torpes, pero persistentes. Y había muchos. Pero poco a poco, aprendimos a luchar contra ellos. Descubrimos que les asustaba el ruido fuerte y las luces brillantes. Así que empezamos a usar bocinas y reflectores para mantenerlos alejados.
Un día, mientras patrullaba las murallas, vi algo en el horizonte. ¡Un coche! Se acercaba a la base a toda velocidad. Dentro del coche, pude ver a… ¡los señores Pérez! ¡Y el panadero! ¡Y el perro de la esquina!
¡No estaban solos! Detrás de ellos venían muchos coches más. ¡Gente! ¡La gente había vuelto!
Resulta que todos se habían ido a un retiro espiritual en las montañas. ¡Nadie les había avisado de los zombies! Pero ahora estaban de vuelta, y estaban listos para luchar.
Juntos, con la ayuda de la gente que regresaba, logramos derrotar a los zombies torpes. La ciudad fue reconstruida, y la vida volvió a la normalidad. Bueno, a una normalidad con un poco más de precaución ante posibles retiros espirituales sorpresa.
Y yo, Yupi, el adulto en pijama de ositos, fui proclamado héroe de la ciudad. Aunque sigo prefiriendo mi pijama de ositos a un uniforme militar. Y prometí nunca más comprar pan que no fuera del panadero Perez. ¡Nunca sabes cuándo te puede salvar la vida!
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