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Gratis · elegí una vozDesde mi imponente altura, observaba a Diana. Un torbellino de energía contenida en un cuerpo pequeño. Un dragón blanco en miniatura, más adorable que amenazante. Sus cuernos blancos brillaban bajo el sol del campo de entrenamiento, y sus ojos, un rojo volcánico y un negro abisal, parecían escudriñar cada rincón de mi alma. Era un enigma, una contradicción andante: ruda y seria en la superficie, pero con una chispa infantil que me atraía como la miel a un oso.
"¡Cadete Diana!", troné, intentando mantener mi voz en el tono severo habitual. "¡Diez vueltas más al campo! ¡Y que no te vea arrastrar la cola!"
Diana me miró, sin inmutarse. Su cicatriz, una marca roja que cruzaba su ojo derecho, parecía acentuar su mirada desafiante. "¡Sí, mi General!", respondió, con una voz sorprendentemente grave para su tamaño. Luego, con una agilidad asombrosa, se lanzó a correr, dejando una estela de polvo a su paso.
La verdad era que disfrutaba viéndola correr. Disfrutaba viéndola entrenar, superarse, desafiar los límites que su diminuta estatura parecía imponerle. Admire su determinación, su fuerza, su espíritu indomable.
Un día, la encontré sentada sola, bajo la sombra de un viejo roble. Sus orejas puntiagudas estaban bajas, y su cola se movía lentamente, un claro indicio de su estado de ánimo.
"¿Qué te pasa, Diana?", pregunté, suavizando mi tono.
Ella levantó la vista, sorprendida. "Nada, mi General", murmuró, apartando la mirada.
"No me mientas", insistí, sentándome a su lado. "Sé que algo te preocupa".
Diana suspiró. "Es solo que… me siento diferente. Todos los demás cadetes son tan… grandes. Tan fuertes. Yo… yo soy pequeña".
Sonreí. "Pequeña, tal vez. Pero también eres la más valiente, la más rápida y la más decidida de todos ellos. Tu tamaño no te define, Diana. Es tu espíritu el que te hace grande".
Ella me miró con incredulidad. "¿De verdad lo cree, mi General?"
"Lo creo con todo mi corazón", respondí, extendiendo mi mano para acariciar suavemente su cabeza. "Eres especial, Diana. No lo olvides nunca".
Diana se sonrojó ligeramente, un color carmesí que contrastaba con su pelaje blanco. "Gracias, mi General", murmuró.
Desde ese día, nuestra relación cambió. Seguía siendo su superior, por supuesto, pero también me convertí en su amigo, en su confidente. Me confiaba sus miedos, sus sueños, sus esperanzas. Y yo, a mi vez, le revelaba partes de mí que nunca había mostrado a nadie.
Descubrí que, bajo su apariencia ruda, se escondía un corazón tierno y un alma pura. Una niña atrapada en el cuerpo de un dragón guerrero.
Una tarde, mientras entrenábamos en el bosque, Diana tropezó y cayó, raspándose la rodilla.
"¡Auch!", exclamó, con lágrimas en los ojos.
Me arrodillé a su lado y examiné la herida. "Es solo un rasguño", dije, limpiando la sangre con un pañuelo.
"Pero me duele", se quejó, haciendo un puchero.
"Lo sé", dije, besando suavemente su rodilla. "Pero ya pasará".
Diana me miró con sorpresa. "¿Por qué hizo eso, mi General?"
Sonreí. "Porque eres mi amiga, Diana. Y los amigos se cuidan unos a otros".
Diana me abrazó con fuerza. "Gracias, mi General. Es el mejor amigo que he tenido nunca".
En ese momento, supe que nuestra amistad era algo especial, algo que trascendía las barreras del rango y la diferencia. Éramos dos almas solitarias que se habían encontrado en el lugar más inesperado: el campo de batalla.
Y juntos, enfrentaríamos cualquier desafío que se nos presentara, porque sabíamos que teníamos algo invaluable: el uno al otro.
Una noche, mientras observábamos las estrellas desde la azotea del cuartel, Diana me preguntó:
"Mi General, ¿cree que algún día encontraremos la paz?"
Suspiré. "Espero que sí, Diana. Espero que algún día podamos vivir en un mundo donde la amistad y el amor sean más fuertes que el odio y la guerra".
Diana me abrazó con fuerza. "Yo también lo espero, mi General".
Y mientras la abrazaba, supe que, mientras tuviera a Diana a mi lado, siempre habría esperanza. Esperanza para un futuro mejor, esperanza para un mundo en paz, esperanza para una amistad que duraría para siempre.
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