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Diana era una niña alegre como un rayito de sol. Siempre tenía una sonrisa lista y le encantaba hacer muecas divertidas con su cara. Podía arrugar la nariz como un conejito, inflar las mejillas como un pez globo y estirar los labios como un mono juguetón. Su mejor amiga era Nina, una perrita peluda y juguetona que la seguía a todas partes, moviendo la cola sin parar. Diana y Nina eran inseparables.
Diana tenía una familia muy especial. Sus papás, Elena y Sofía, eran sus super heroinas. Elena era doctora y curaba a los niños enfermos con su magia de medicina. Sofía era arquitecta y diseñaba casas bonitas y seguras para que las familias vivieran felices. Diana pensaba que no había papás más geniales en todo el mundo. Las llamaba cariñosamente "Supermamás".
Un día, Diana estaba jugando en el jardín con Nina, haciendo muecas frente al espejo del columpio. Nina ladraba y saltaba, intentando imitar las caras raras de Diana. De repente, Diana escuchó un ruido extraño. Era el sonido de un camión de helados, pero sonaba triste y apagado.
Diana corrió hacia la calle y vio al heladero, Don Pepe, con la cabeza gacha. Don Pepe era un señor muy amable que siempre les daba a los niños helados con una sonrisa. "¿Qué pasa, Don Pepe?", preguntó Diana, preocupada.
Don Pepe suspiró. "Se me ha estropeado el congelador del camión", dijo con voz triste. "Si no lo arreglo pronto, todos mis helados se derretirán y no podré vender nada hoy".
Diana pensó rápidamente. Sabía que sus Supermamás siempre encontraban soluciones a los problemas. "¡No se preocupe, Don Pepe!", exclamó. "¡Mis Supermamás pueden arreglar cualquier cosa!".
Corrió a casa con Nina pisándole los talones y les contó a Elena y Sofía lo que había pasado. Elena, la doctora, aunque no sabía mucho de congeladores, se puso las gafas de pensar. Sofía, la arquitecta, que sí sabía algo de sistemas de refrigeración, frunció el ceño, intentando recordar lo que había aprendido en la universidad.
"Tenemos que ayudar a Don Pepe", dijo Elena, decidida. "Pero no sé cómo arreglar un congelador".
"Yo tampoco soy experta", admitió Sofía. "Pero podemos intentarlo. ¡Somos las Supermamás de Diana!".
Juntas, las Supermamás y Diana fueron al camión de helados de Don Pepe. Elena buscó en Internet diagramas de congeladores mientras Sofía examinaba el motor con una linterna. Diana, mientras tanto, intentaba animar a Don Pepe haciendo sus mejores muecas. Arrugó la nariz, hinchó las mejillas e incluso sacó la lengua. Don Pepe sonrió un poco, pero seguía preocupado.
Después de un rato, Sofía tuvo una idea. "Creo que sé cuál es el problema", dijo. "Parece que hay un cable suelto. Si lo conectamos de nuevo, el congelador podría volver a funcionar".
Con mucho cuidado, Sofía conectó el cable. Elena revisó el diagrama para asegurarse de que todo estuviera en su lugar. Diana cruzó los dedos y le dio un huesito de juguete a Nina para que también deseara suerte.
Sofía encendió el camión. Al principio, no pasó nada. Pero luego, ¡de repente!, el congelador empezó a zumbar y a enfriar. ¡Había funcionado!
Don Pepe saltó de alegría. "¡Gracias, Supermamás!", exclamó, abrazando a Elena y Sofía. "¡Me han salvado el día! ¡Y gracias a ti también, Dianita, por ser tan buena amiga!".
Para celebrar, Don Pepe les regaló a todos helados gratis. Diana eligió uno de fresa con trocitos de chocolate. Nina, por supuesto, no pudo comer helado, pero Don Pepe le dio una galleta para perros.
Esa noche, Diana se acostó pensando en sus Supermamás. No solo eran doctoras y arquitectas, sino también solucionadoras de problemas y las mejores mamás del mundo. Y ella, con sus muecas divertidas, había contribuido a alegrar el día de Don Pepe. Se durmió con una sonrisa, sabiendo que tenía la familia más maravillosa del mundo.
Al día siguiente, Diana decidió que quería ser como sus Supermamás. Quería ayudar a la gente y hacer del mundo un lugar mejor. Y sabía que, aunque aún era pequeña, podía empezar haciendo muecas divertidas para alegrar a los demás. Porque a veces, una simple mueca puede ser la chispa que enciende la alegría.
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