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Érase una vez una niña llamada Dominga Monserrat, a quien le encantaba ir al jardín. El jardín de Dominga era un lugar mágico, lleno de flores de todos los colores imaginables, mariposas revoloteando y árboles gigantes que ofrecían sombra fresca en los días calurosos. A Dominga le gustaba especialmente la mesita azul que estaba bajo el gran roble. Era su lugar favorito para dibujar, jugar con sus muñecas y compartir galletas con sus amigos.
Un día, Dominga llegó al jardín muy emocionada. Llevaba en su mochila un nuevo libro de cuentos que quería mostrarles a todos. Corrió hacia la mesita azul, colocó su mochila y se sentó, esperando a sus amigos. Pero los minutos pasaban y nadie se sentaba con ella. Observó a sus compañeros jugando en el tobogán, corriendo detrás de la pelota y haciendo castillos de arena, pero ninguno parecía notarla.
Dominga comenzó a sentirse triste. Su sonrisa se desvaneció y sus ojos se llenaron de lágrimas. Se sentía como si fuera invisible. Intentó llamar la atención de sus amigos, pero ellos estaban demasiado ocupados en sus juegos. Se sentó sola en la mesita azul, sintiendo un nudo en la garganta.
Finalmente, sonó la campana que indicaba el fin del recreo. Dominga recogió su mochila y caminó lentamente hacia la sala de clases. No dijo una palabra a nadie, pero su corazón estaba lleno de tristeza. Cuando llegó a casa, corrió a abrazar a su mamá y le contó lo sucedido.
"Mamá, hoy nadie quiso sentarse conmigo en la mesita azul," dijo Dominga con la voz temblorosa. "Me sentí muy sola."
Su mamá la abrazó con fuerza y le dijo: "Ay, mi pequeña Dominga. Sé que es difícil cuando uno se siente solo. Pero a veces, las cosas no salen como queremos. ¿Recuerdas que te he dicho que es importante compartir con todos tus compañeros?"
Dominga asintió con la cabeza.
"Pues, si compartes y juegas con todos, cuando tus amigos más cercanos no puedan estar contigo, siempre tendrás otros amigos con quienes jugar. Imagina que hoy tus amigos estaban jugando a algo muy divertido, y por eso no se sentaron contigo. Pero si tú hubieras jugado con otros niños antes, quizás hoy hubieras tenido con quién compartir en la mesita azul."
La mamá de Dominga continuó explicándole que la amistad es como un jardín: hay que cultivarla, regarla y cuidarla. Si uno solo se dedica a un tipo de flor, cuando esa flor se marchita, el jardín se ve vacío. Pero si uno planta muchas flores diferentes, siempre habrá algo hermoso que admirar.
Dominga escuchó atentamente a su mamá. Comprendió que tenía razón. A veces, ella se enfocaba tanto en jugar con sus amigos más cercanos que se olvidaba de los demás. Prometió a su mamá que al día siguiente intentaría jugar con otros niños del jardín.
Al día siguiente, Dominga llegó al jardín decidida a poner en práctica el consejo de su mamá. En lugar de correr directamente a la mesita azul, observó a su alrededor. Vio a un grupo de niños jugando a la rayuela y se acercó tímidamente.
"¿Puedo jugar con ustedes?" preguntó Dominga.
Los niños la miraron sorprendidos. Uno de ellos, un niño llamado Tomás, le sonrió y le dijo: "¡Claro que sí!"
Dominga se unió al juego de la rayuela y se divirtió mucho. Descubrió que Tomás era muy bueno saltando y que le gustaba contar chistes. También conoció a Sofía, una niña que era muy creativa y le encantaba dibujar con tiza en el suelo.
Después de jugar a la rayuela, Dominga y sus nuevos amigos fueron a la mesita azul. Compartieron sus juguetes, contaron historias y se rieron juntos. Dominga se dio cuenta de que no importaba si sus amigos más cercanos no estaban con ella, porque ahora tenía nuevos amigos con quienes compartir.
Desde ese día, Dominga aprendió a ser más abierta y a compartir con todos sus compañeros del jardín. Descubrió que la amistad es un tesoro que se encuentra en todas partes, solo hay que estar dispuesto a buscarlo. Y aunque a veces extrañaba a sus amigos más cercanos, nunca más se sintió sola en la mesita azul.
Dominga también aprendió que a veces, la tristeza puede ser una oportunidad para crecer y aprender. Gracias a ese día solitario en la mesita azul, Dominga se convirtió en una niña más comprensiva, generosa y amiga de todos. Y el jardín de Dominga, al igual que su corazón, se llenó de flores de todos los colores, floreciendo con nuevas amistades y alegrías compartidas.
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