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Gratis · elegí una vozEn las montañas de Coto Brus, donde las nubes abrazan los cafetales, vivía Dominga, una mujer gnäbe buglé. Sus ojos eran como la tierra oscura y su andar, firme como las raíces del cafeto. Era su tercer año recolectando el preciado grano en la Finca La Esperanza. Cada mañana, el sol la saludaba con un beso dorado, y ella respondía con una sonrisa. Le gustaba el olor a tierra húmeda y el canto de los pajaritos que se escondían entre las hojas verdes. El café era su vida, y la finca, su segundo hogar.
Un día, mientras la cosecha estaba en su apogeo, el aire se llenó de un grito fuerte. Era el capataz, un hombre alto y de voz resonante.
—¡A moverse, muchachos! ¡Van a fumigar esta zona! ¡Rápido, rápido!
Dominga escuchó las palabras, pero no las comprendió del todo. Su español era aún como una semilla que apenas comenzaba a germinar. El ruido del tractor que se acercaba hizo que las palabras se desvanecieran aún más. Nadie se detuvo a traducir, nadie le explicó lo que significaba "fumigar".
Marta, una compañera tica de ojos brillantes y risa contagiosa, la vio dudando.
—¿Viene, Dominga? ¡Hay que salir de aquí! —le preguntó con preocupación.
Dominga miró el canasto casi lleno, rebosante de cerezas rojas y maduras. No quería dejar ni una sola. —No, no... un canasto más —dijo, señalando el café con una sonrisa tímida.
Marta frunció el ceño, pero la prisa apremiaba. —¡Está bien, pero apúrate! —le advirtió antes de correr hacia la zona segura.
Dominga, con la determinación que la caracterizaba, llenó el canasto hasta el borde. Justo cuando se disponía a levantarlo, un zumbido ensordecedor llenó el aire. Era la mochila de fumigación, escupiendo un rocío blanco y espeso. El líquido cayó sobre las hojas, sobre la tierra… y sobre Dominga.
Al principio, no sintió nada. Luego, una tos seca le raspó la garganta. Sus ojos comenzaron a arder y a llenarse de lágrimas. Dio unos pasos tambaleantes y cayó de rodillas, sintiendo un mareo que la arrastraba.
—¡Dominga! ¡Salí de ahí! —gritó Marta, que la había visto desde lejos. Corrió hacia ella, con el corazón latiéndole con fuerza.
Con la ayuda de otros trabajadores, sacaron a Dominga de la zona fumigada. La subieron a la camioneta de la finca y la llevaron a toda velocidad a la clínica del pueblo. El médico, un hombre amable con canas en el pelo, la examinó con atención.
—Inhaló pesticidas. Es una intoxicación. No debió estar allí sin protección —sentenció con severidad.
Dominga pasó varios días en la clínica, recuperándose poco a poco. La noticia de lo que había sucedido corrió como el viento por las montañas. Las autoridades llegaron a la finca para investigar. Descubrieron que no se habían seguido los protocolos de seguridad adecuados. El jefe de la finca recibió una fuerte sanción.
Después de ese incidente, las cosas cambiaron en la Finca La Esperanza. Nunca más se fumigaría sin avisar a todos los trabajadores en ngäbere, la lengua de Dominga, y sin entregarles el equipo de protección necesario: mascarillas, guantes y trajes especiales. La seguridad se convirtió en la prioridad número uno.
Cuando Dominga regresó a la finca, la esperaban con una pequeña reunión. Había mascarillas nuevas, guantes brillantes y un ambiente de arrepentimiento y esperanza. Le pidieron que los ayudara a enseñar a los demás trabajadores sobre los peligros de los pesticidas y la importancia de la seguridad.
Marta se acercó a ella y le preguntó con cariño: —¿Cómo te sentís, Dominga?
Dominga respiró hondo, sintiendo el aire fresco de la montaña llenar sus pulmones. —Más fuerte —respondió con una sonrisa serena—. Aprendí que no es debilidad cuidarse. Es sabiduría.
Entonces, mirando a los demás trabajadores, levantó su voz en un español pausado, pero firme: —El trabajo es vida. Pero si no nos cuidamos, puede quitárnosla. Un descuido, una orden mal dada, una protección que falta... y todo cambia.
Hizo una pausa, permitiendo que sus palabras calaran en el corazón de cada uno. Todos escuchaban con atención, conscientes de la verdad que encerraban sus palabras.
Luego agregó, con una mirada llena de determinación: —Cuidarnos es trabajo también. Porque el mejor café no vale nada si se hace con sufrimiento.
Desde ese día, Dominga se convirtió en la voz, la guía y el ejemplo de la seguridad en la Finca La Esperanza. Su valentía y su sabiduría inspiraron a todos a trabajar con más cuidado y a protegerse mutuamente. El aroma del café seguía siendo el mismo, pero ahora, era un aroma seguro, un aroma que sabía a vida y a respeto.
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