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Dominga y el Café Sabio: Una Lección en Coto Brus

Dominga, una trabajadora gnäbe buglé en una finca de café en Coto Brus, sufre una intoxicación por pesticidas debido a una fumigación sin previo aviso. Tras recuperarse, la finca implementa medidas de seguridad y Dominga se convierte en una defensora de la protección de los trabajadores, enseñando a sus compañeros la importancia de cuidarse en el trabajo.

A partir de: En las montañas de Coto Brus, durante la cosecha de café, los surcos estaban llenos de vida. Entre los trabajadores destacaba Dominga, una mujer gnäbe buglé de mirada tranquila y pasos decididos. Era su tercer año en la finca. Esa tarde, el sol ardía y el aire olía a tierra mojada. El capataz levantó la voz: —¡A moverse, van a fumigar esta zona! ¡Rápido! Dominga lo miró, pero no entendió del todo. Hablaba poco español, y el ruido del tractor la confundía. Nadie tradujo, y nadie le advirtió directamente. —¿Viene, Dominga? —le preguntó Marta, una compañera tica. —No, no... un canasto más —dijo Dominga, señalando el café. Minutos después, el zumbido de la mochila de fumigación llenó el aire. Un rocío blanco cayó sobre las plantas… y sobre ella. Dominga comenzó a toser. Sus ojos se enrojecieron. Dio unos pasos y cayó de rodillas. —¡Dominga! ¡Salí de ahí! —gritó Marta, corriendo hacia ella. La ayudaron a salir, la subieron a una camioneta y la llevaron a la clínica. Allí, el médico fue directo: —Inhaló pesticidas. Es una intoxicación. No debió estar allí sin protección. --- Pasaron días. La finca fue investigada por las autoridades. El jefe recibió una sanción. Nunca más se volvería a fumigar sin avisar en ngäbere y sin entregar el equipo adecuado. Cuando Dominga volvió, la esperaban con mascarillas nuevas, guantes y una pequeña reunión. Le pidieron ayuda para enseñar a otros. —¿Cómo te sentís? —le preguntó Marta. —Más fuerte —respondió Dominga—. Aprendí que no es debilidad cuidarse. Es sabiduría. Entonces, mirando a los demás trabajadores, levantó su voz en un español pausado: —El trabajo es vida. Pero si no nos cuidamos, puede quitárnosla. Un descuido, una orden mal dada, una protección que falta... y todo cambia. Hizo una pausa. Todos escuchaban. Luego agregó: —Cuidarnos es trabajo también. Porque el mejor café no vale nada si se hace con sufrimiento. Desde ese día, Dominga se convirtió en voz, guía y ejemplo.

Empezar a leerPublicado el 14/04/2026

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En las montañas de Coto Brus, donde el verde esmeralda abrazaba las laderas, cada año, durante la cosecha de café, los surcos se llenaban de vida. El aire vibraba con el murmullo de las conversaciones, el tintineo de los canastos y el aroma dulce del café maduro. Entre los trabajadores destacaba Dominga, una mujer gnäbe buglé de mirada tranquila y pasos decididos. Era su tercer año en la finca, y ya conocía cada arbusto, cada pendiente, cada sombra.

Esa tarde, el sol ardía con fuerza, convirtiendo el aire en un horno suave. El olor a tierra mojada, recuerdo de la lluvia de la noche anterior, se mezclaba con el perfume embriagador de las flores de café. El capataz, un hombre robusto con la voz curtida por el sol, levantó la voz por encima del bullicio:

—¡A moverse, muchachos! ¡Van a fumigar esta zona! ¡Rápido, rápido!

Dominga lo miró con sus ojos oscuros y serenos, pero no entendió del todo. Hablaba poco español, y el ruido del tractor que se acercaba la confundía aún más. Nadie tradujo sus palabras al ngäbere, su lengua materna, y nadie le advirtió directamente del peligro.

—¿Viene, Dominga? —le preguntó Marta, una compañera tica de rostro amable y sonrisa fácil. Marta siempre estaba dispuesta a ayudarla.

—No, no... un canasto más —dijo Dominga, señalando los granos rojos y brillantes que aún quedaban en la planta. Quería completar su tarea, llenar su canasto hasta el borde. No quería ser una carga para nadie.

Marta dudó un instante, pero el apuro del capataz la convenció de seguir adelante. «Luego le explico», pensó.

Minutos después, el zumbido ensordecedor de la mochila de fumigación llenó el aire. Un rocío blanco y fino, como una niebla artificial, comenzó a caer sobre las plantas… y sobre Dominga, que seguía recogiendo café, ajena al peligro. El líquido tenía un olor extraño, picante y desagradable.

Dominga comenzó a toser. Una tos seca y áspera que le quemaba la garganta. Sus ojos se enrojecieron y comenzaron a lagrimear. Sintió un mareo repentino. Dio unos pasos tambaleantes y cayó de rodillas, agarrándose al suelo como si fuera un salvavidas.

—¡Dominga! ¡Salí de ahí! ¡Cuidado! —gritó Marta, horrorizada al ver la escena. Corrió hacia ella, dejando caer su propio canasto de café. Otros trabajadores también se acercaron, alarmados.

La ayudaron a levantarse, tosiendo y jadeando, y la sacaron de la zona fumigada. La subieron a una camioneta destartalada y la llevaron a toda velocidad a la pequeña clínica del pueblo. El camino fue un torbellino de imágenes borrosas y náuseas.

Allí, el médico, un hombre canoso de rostro preocupado, la examinó con atención. Después de unos minutos, su veredicto fue directo y contundente:

—Inhaló pesticidas. Es una intoxicación. No debió estar allí sin protección. Debemos actuar rápido.

Dominga pasó varios días en la clínica, recuperándose lentamente. El dolor de cabeza persistía, y la tos la atormentaba por las noches. Pero lo que más le dolía era la sensación de vulnerabilidad, la осознание de que su vida había estado en peligro por un simple descuido.

La finca fue investigada por las autoridades. Se descubrieron fallas en los protocolos de seguridad. El jefe, avergonzado y arrepentido, recibió una sanción ejemplar. Nunca más se volvería a fumigar sin avisar a todos los trabajadores en su propio idioma, el ngäbere, y sin entregar el equipo de protección adecuado: mascarillas, guantes, trajes impermeables.

Cuando Dominga volvió a la finca, la esperaban con mascarillas nuevas y relucientes, guantes de colores y una pequeña reunión improvisada. Los trabajadores la recibieron con aplausos y sonrisas. El jefe, con la mirada baja, le ofreció disculpas sinceras. Le pidieron ayuda para enseñar a los demás cómo usar el equipo de protección y cómo reconocer los peligros de los pesticidas.

—¿Cómo te sentís, Dominga? —le preguntó Marta, abrazándola con fuerza.

—Más fuerte —respondió Dominga, con una sonrisa tenue pero decidida—. Aprendí que no es debilidad cuidarse. Es sabiduría. Es respeto por la vida.

Entonces, mirando a los demás trabajadores, hombres y mujeres de todas las edades y orígenes, levantó su voz en un español pausado, esforzándose por pronunciar cada palabra con claridad:

—El trabajo es vida. Nos da sustento, nos da dignidad. Pero si no nos cuidamos, puede quitárnosla. Un descuido, una orden mal dada, una protección que falta... y todo cambia. La vida puede cambiar en un instante.

Hizo una pausa, respirando hondo. Todos escuchaban con atención, con el corazón en la mano. Luego agregó, con una voz llena de convicción:

—Cuidarnos es trabajo también. Es parte de nuestra responsabilidad. Porque el mejor café del mundo, el café más rico y aromático, no vale nada si se hace con sufrimiento, con riesgo, con peligro. Merecemos trabajar seguros, merecemos volver a casa con nuestras familias al final del día.

Desde ese día, Dominga se convirtió en voz, guía y ejemplo. Su experiencia, aunque dolorosa, sirvió para crear conciencia, para proteger a los demás. Se convirtió en la guardiana del café sabio, el café cultivado con respeto por la tierra y por la vida de quienes lo cosechan.

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Publicado el 14/04/2026

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