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Gratis · elegí una vozDon Ramón era el guardián de la Escuela Encantada. No era un guardián cualquiera; tenía el corazón más grande que la campana de la escuela y una sonrisa que podía iluminar el patio en el día más nublado. Todos los niños lo querían. Don Ramón no solo abría y cerraba las puertas, sino que también cuidaba de cada uno de ellos, como si fueran sus propios nietos.
Cada mañana, Don Ramón llegaba a la escuela antes que el sol. Con su gorra azul y su uniforme impecable, revisaba que todo estuviera en orden. Se aseguraba de que no hubiera charcos peligrosos en el patio después de la lluvia, y espantaba a los pajaritos que se atrevían a picotear las ventanas del salón de clases.
Pero su trabajo más importante comenzaba cuando llegaban los niños. Don Ramón los saludaba con un fuerte "¡Buenos días, campeones!" y una palmadita en la espalda. Sabía el nombre de cada uno y recordaba sus pequeñas historias. A Sofía le preguntaba por su gato Miau, a Juan por sus partidos de fútbol, y a María por sus dibujos de unicornios.
Un día, llegó a la escuela un nuevo niño llamado Pablo. Era tímido y callado, y parecía un poco asustado. Don Ramón notó de inmediato su tristeza. Se acercó a él con su sonrisa más amable y le dijo: "Bienvenido, Pablo. Esta es tu escuela, y aquí siempre encontrarás amigos".
Pablo no respondió, pero Don Ramón no se rindió. Durante el recreo, lo invitó a jugar al dominó, su juego favorito. Al principio, Pablo se mostró reacio, pero la paciencia y el buen humor de Don Ramón lo convencieron. Pronto, Pablo estaba riendo y divirtiéndose como los demás niños. Don Ramón le había regalado una sonrisa que hacía mucho tiempo no se veía en su rostro.
Un día, los niños descubrieron un secreto sobre Don Ramón. Mientras jugaban en el patio, encontraron una vieja caja de madera escondida debajo de un árbol. La abrieron con cuidado y encontraron fotografías antiguas, medallas y cartas amarillentas. Las fotografías mostraban a un joven Don Ramón vestido de payaso, haciendo reír a niños en un hospital. Las medallas eran por su valentía como bombero voluntario. Las cartas eran de agradecimiento de familias a las que había ayudado.
Los niños se sorprendieron. ¡Don Ramón no era solo el guardián de la escuela, era un héroe! Esa tarde, cuando Don Ramón salió a despedirlos, lo rodearon y le preguntaron sobre su pasado. Don Ramón se sonrojó un poco y les contó sus historias con humildad. Les explicó que su mayor alegría era hacer felices a los demás, y que por eso había elegido trabajar en la escuela, rodeado de niños.
Desde ese día, los niños sintieron aún más admiración por Don Ramón. Lo veían como un abuelo, un amigo y un héroe. Don Ramón, por su parte, siguió cuidando de ellos con el mismo cariño de siempre, pero ahora sabía que su secreto era conocido y apreciado.
Una tarde, mientras Don Ramón cerraba la escuela, escuchó un ruido extraño que provenía del salón de música. Con cautela, abrió la puerta y vio a Sofía, María y Juan practicando una canción para el festival escolar. Estaban desafinados y un poco nerviosos.
Don Ramón, que había tocado la trompeta en su juventud, se ofreció a ayudarlos. Les enseñó a respirar correctamente, a afinar sus voces y a cantar con alegría. Los niños practicaron con entusiasmo, y pronto la canción sonaba hermosa. Don Ramón, con su paciencia y experiencia, había transformado un grupo de niños nerviosos en un coro armonioso.
El día del festival, los niños cantaron con tanta alegría y precisión que el público los aplaudió con entusiasmo. Don Ramón, orgulloso, los observaba desde un rincón del auditorio. Sabía que su trabajo como guardián iba más allá de abrir y cerrar puertas. Era un protector, un amigo y un maestro.
Una noche, una fuerte tormenta azotó la ciudad. Los vientos eran tan fuertes que derribaron árboles y causaron cortes de energía. En la escuela, una rama gruesa cayó sobre el techo del salón de clases de los más pequeños. Al día siguiente, cuando Don Ramón llegó a la escuela, encontró el salón inundado y lleno de escombros.
Sin dudarlo, Don Ramón llamó a los bomberos y comenzó a limpiar el salón. Trabajó incansablemente durante horas, retirando los escombros y secando el piso. Los niños, al llegar a la escuela, se ofrecieron a ayudar. Juntos, limpiaron y ordenaron el salón, transformando el caos en un espacio seguro y acogedor.
Esa noche, Don Ramón se sentía cansado pero feliz. Había demostrado una vez más su amor y dedicación a la escuela y a los niños. Sabía que la Escuela Encantada era más que un edificio; era un hogar, un lugar donde todos se cuidaban y se apoyaban mutuamente.
Con el tiempo, Don Ramón se hizo mayor, pero su corazón seguía siendo el mismo. Aunque sus pasos eran más lentos, su sonrisa seguía siendo radiante. Los niños, ya mayores, lo visitaban a menudo para contarle sus logros y pedirle consejo.
Un día, Don Ramón anunció que se retiraría. Los niños se sintieron tristes, pero entendían que se merecía un descanso. Le organizaron una gran fiesta de despedida, llena de música, bailes y regalos. Don Ramón, emocionado, les agradeció su cariño y les prometió que siempre los llevaría en su corazón.
Al día siguiente, Don Ramón se despidió de la Escuela Encantada con una lágrima en el ojo. Sabía que dejaba un legado de amor, cuidado y amistad. Y aunque ya no sería el guardián, siempre sería el héroe de los niños de la Escuela Encantada.
Ahora, cada vez que los niños ven una estrella fugaz, piden un deseo por Don Ramón, el guardián de la escuela que cuidaba a los niños.
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