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Gratis · elegí una vozDon Remolino no era un viejo malo, ¡ni mucho menos! Era un viejo… digamos… ¡especial! Algunos lo llamaban “loco”, pero en el fondo, todos sabían que Don Remolino simplemente veía el mundo de una manera diferente, una manera llena de color, risas y, sobre todo, ¡travesuras!
Don Remolino vivía en una casita pintoresca a las afueras del pueblo, con un jardín lleno de flores de todos los colores imaginables. Tenía un bigote blanco que parecía una nube esponjosa y unos ojos que brillaban con picardía. Su pasatiempo favorito era, sin duda, hacer locuras.
Un día, Don Remolino decidió que el pueblo necesitaba más alegría. ¿Y cómo iba a lograrlo? ¡Pues pintando todas las estatuas de colores brillantes! Con su sombrero de paja y un cubo de pintura roja, comenzó su misión. La estatua del General Valiente, que siempre tenía una expresión seria, de repente lucía un sombrero verde limón y unos bigotes naranjas. La estatua de la Dama Elegante, que antes era de un gris aburrido, ahora llevaba un vestido rosa chicle y un collar de cuentas azules.
Los vecinos, al principio, se quedaron boquiabiertos. Algunos se escandalizaron, pero al ver a los niños reír y señalar las estatuas multicolores, no pudieron evitar sonreír. Incluso el alcalde, Don Prudencio, que siempre era tan formal, dejó escapar una pequeña risita.
Otro día, Don Remolino decidió que las gallinas del pueblo necesitaban un cambio de imagen. Les tejió pequeños chalecos de lana de colores y les puso sombreros de paja. ¡Imagínense la escena! Cientos de gallinas paseándose por el pueblo con chalecos a rayas y sombreros floreados. Los niños las seguían a todas partes, riendo y cantando.
Pero la locura más grande de Don Remolino fue cuando decidió construir un barco… ¡en medio de la plaza del pueblo! Utilizó cajas de cartón, sábanas viejas, palos y un montón de imaginación. Lo llamó “El Remolino Veloz” y lo decoró con banderas y guirnaldas. Invitó a todos los niños del pueblo a subir a bordo y, con un altavoz, empezó a contar historias de piratas y tesoros escondidos. Los niños, con los ojos brillantes de emoción, se imaginaban navegando por mares lejanos.
Claro que, no todas las locuras de Don Remolino salían bien. Una vez, intentó enseñar a volar a los perros del pueblo, poniéndoles alas de cartón. ¡Pobre Firulais! Terminó enredado en un árbol, pero afortunadamente, Don Remolino lo rescató sin problemas. Otra vez, llenó la fuente del pueblo de gelatina de fresa. ¡Fue un caos pegajoso! Pero, al final, todo el mundo se lo tomó con humor.
Don Prudencio, el alcalde, al principio se preocupaba por las travesuras de Don Remolino. Pensaba que alteraban la paz del pueblo. Pero, poco a poco, se dio cuenta de que las locuras de Don Remolino no eran malintencionadas. Al contrario, traían alegría, color y una pizca de locura a la vida de todos.
Un día, Don Prudencio invitó a Don Remolino a tomar un café. “Don Remolino,” le dijo, “sé que sus… digamos… actividades… a veces son un poco… inusuales. Pero he notado que desde que usted llegó, el pueblo es mucho más feliz.”
Don Remolino sonrió. “Don Prudencio,” respondió, “la vida es demasiado corta para ser aburrida. Hay que reír, jugar y disfrutar cada momento.”
Desde ese día, Don Prudencio dejó de preocuparse por las locuras de Don Remolino. Incluso, a veces, se unía a ellas. Una vez, los dos pintaron el ayuntamiento de lunares de colores. ¡Imagínense la sorpresa de los funcionarios al llegar al trabajo!
Don Remolino siguió haciendo locuras hasta el último de sus días. Y cuando murió, el pueblo entero lo despidió con una sonrisa. Habían aprendido que la vida es mucho más divertida cuando se vive con un poco de locura y mucha alegría. Y cada año, en su honor, el pueblo celebra el “Día de las Locuras de Don Remolino”, un día lleno de color, risas y, por supuesto, ¡muchas travesuras! Los niños se visten con los chalecos de lana de las gallinas, pintan las estatuas y construyen barcos de cartón en la plaza del pueblo. Y todos recuerdan a Don Remolino, el viejo loco que les enseñó a ver el mundo con ojos diferentes. Y así, Don Remolino, aunque ya no estaba, seguía haciendo locuras, ¡desde el cielo!
Incluso, se dice que a veces, cuando el viento sopla fuerte, se puede oír la risa de Don Remolino entre las nubes, una risa llena de alegría y travesura, que recuerda a todos que la vida es una aventura maravillosa que hay que vivir al máximo.
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