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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pueblo escondido entre montañas y ríos cristalinos llamado Valle Escondido, un señor llamado Don Ricardo. Don Ricardo era muy, muy rico. Tenía la casa más grande, el caballo más veloz y la despensa repleta de las golosinas más deliciosas. Pero, ¡ay!, su riqueza no provenía de un trabajo honesto. Se decía, en voz baja, que Don Ricardo se dedicaba a actividades… poco claras. Digamos que no era el mejor ejemplo a seguir.
Un día soleado, Don Ricardo, aburrido de contar su fortuna, decidió dar un paseo por el campo. Iba con su bastón de plata, pavoneándose como un pavo real. De repente, escuchó un ruido extraño, como un pequeño motor que se esforzaba. Miró al suelo y ¡oh, sorpresa! Allí estaba: un escarabajo. Pero no era un escarabajo cualquiera. Era un escarabajo regordete, verde brillante y… ¡pedorro! Cada pocos segundos, el escarabajo soltaba un pedo estruendoso que hacía temblar las florecitas a su alrededor.
Don Ricardo, que nunca había visto nada igual, se acercó con curiosidad (y un poco de asco). “¡Qué criatura más extraña!”, pensó. Justo en ese momento, el escarabajo soltó un pedo tan fuerte que una nube verde y maloliente envolvió a Don Ricardo. El pobre hombre tosió, se atragantó y cayó al suelo, mareado y con un color verdoso en la cara. ¡El pedo del escarabajo era tóxico!
Don Ricardo estuvo gravemente enfermo durante días. Su enorme casa se llenó de médicos preocupados, pero ninguno lograba curarlo. Todos decían que era una enfermedad rara, producto de la contaminación del aire. Don Ricardo, postrado en su cama de seda, se sentía cada vez peor. Empezaba a pensar que su fin estaba cerca.
Una noche, mientras la luna brillaba con fuerza, Don Ricardo escuchó un ruido proveniente del bosque de los canteros, un lugar mágico y un poco tenebroso que nadie se atrevía a visitar. Curioso, aunque débil, se arrastró hasta la ventana. Y allí, ¡oh, sorpresa!, vio una figura amarilla y extraña, rodeada de un aura brillante. ¡Era el Señor Burns! Pero no el Señor Burns malvado y avaro que todos conocían de la televisión. Este Señor Burns era diferente. Tenía una mirada amable y emanaba una energía cálida y reconfortante.
El Señor Burns, al ver a Don Ricardo, se acercó a la ventana y le dijo con una voz suave: “Ricardo, sé que estás sufriendo. Tu enfermedad es el resultado de tus malas acciones. Pero aún hay esperanza. El amor y la bondad pueden curarte.” Don Ricardo, sorprendido, no entendía nada. ¿El Señor Burns amándolo a él, un hombre que había hecho tantas cosas malas?
El Señor Burns, sin esperar respuesta, extendió su mano amarilla y la colocó sobre el pecho de Don Ricardo. Un rayo de luz dorada salió de su mano y envolvió al enfermo. Don Ricardo sintió una energía nueva correr por su cuerpo. El dolor desapareció, la fiebre bajó y el color verdoso de su piel se desvaneció. ¡Estaba curado!
“Ahora, Ricardo,” dijo el Señor Burns, “tienes una segunda oportunidad. Usa tu riqueza para hacer el bien. Ayuda a los necesitados, protege la naturaleza y sé un ejemplo para los demás.” Y dicho esto, el Señor Burns desapareció en el bosque, dejando tras de sí un aroma a flores silvestres y esperanza.
Don Ricardo, profundamente conmovido, decidió seguir el consejo del Señor Burns. Vendió su casa enorme y se mudó a una cabaña sencilla en el pueblo. Usó su fortuna para construir un hospital, una escuela y un refugio para animales. Ayudó a los campesinos a mejorar sus cosechas y protegió los bosques y los ríos de la contaminación.
El escarabajo pedorro, que seguía viviendo en el campo, se convirtió en su mascota y símbolo de su transformación. Cada vez que Don Ricardo veía al escarabajo, recordaba la importancia de la humildad, la bondad y el amor. Y aunque el escarabajo seguía tirándose pedos, ya no eran tóxicos. Ahora eran pedos de alegría, que anunciaban un futuro mejor para Valle Escondido. Y Don Ricardo, el antiguo señor rico y malvado, se convirtió en el héroe del pueblo, amado y respetado por todos. Porque al final, todos merecemos una segunda oportunidad, incluso si viene de la mano de un escarabajo pedorro y el amor incondicional del Señor Burns.
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