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En el Edificio Arcoíris, donde las paredes eran finas como el papel de arroz, vivía Doña Ruidos. No es que su nombre fuera Ruidos de verdad, se llamaba Rosalba, pero todos la llamaban así. Doña Ruidos tenía una afición muy particular: ¡coleccionar sonidos! No sonidos agradables, como el canto de los pájaros o la risa de los niños, sino sonidos... peculiares. Le encantaba el estruendo de una olla cayendo al suelo, el chirrido de una puerta oxidada y, sobre todo, el agudo silbido de un globo desinflándose.
Sus vecinos, al principio, intentaron ser comprensivos. Estaba Don Alberto, el panadero, que madrugaba mucho y necesitaba silencio para descansar. Estaba la pequeña Sofía, que intentaba concentrarse en sus deberes. Y estaba Doña Elena, la jubilada, que solo quería un poco de paz y tranquilidad para tejer sus bufandas de colores. Pero Doña Ruidos parecía decidida a convertir el Edificio Arcoíris en una sinfonía de caos.
Un día, Don Alberto se armó de valor y subió a tocar a su puerta. "Doña Rosalba, por favor, ¿podría bajar un poco el volumen? Necesito dormir para hacer el pan mañana", suplicó Don Alberto, con la voz ronca de sueño. Doña Ruidos abrió la puerta con una sonrisa tan amplia que parecía que se le iba a caer la cara. "¡Pero Don Alberto, el silencio es tan aburrido! Mire, le tengo un sonido especialmente para usted: ¡el rechinido de un colchón viejo!", y dicho esto, empezó a saltar sobre su cama con todas sus fuerzas, haciendo que el edificio temblara. Don Alberto, desesperado, se tapó los oídos y salió corriendo.
La siguiente fue Sofía. Intentó razonar con Doña Ruidos. "Por favor, Doña Rosalba, tengo un examen muy importante mañana y necesito estudiar. ¿Podría dejar de tocar la trompeta a las tres de la mañana?", le rogó la niña con los ojos llenos de lágrimas. Doña Ruidos, con una mirada de picardía, respondió: "¡Pero Sofía, la trompeta es tan estimulante! Le tengo un sonido aún mejor para concentrarse: ¡el golpe de una cuchara contra una sartén!", y empezó a golpear la sartén con tanta fuerza que Sofía salió huyendo, con los deberes temblando en sus manos.
Finalmente, fue el turno de Doña Elena. Ella era la más paciente de todos, pero incluso su paciencia tenía un límite. Subió con una de sus bufandas de colores, pensando que tal vez un regalo la calmaría. "Doña Rosalba, le he traído esta bufanda. Tal vez, si se la pone, se sienta más tranquila", dijo Doña Elena con una voz suave. Doña Ruidos cogió la bufanda, la miró con desprecio y exclamó: "¡Pero qué aburrida! No tiene ningún sonido interesante. Le tengo un sonido mucho mejor: ¡el crujido de una silla rompiéndose!", y procedió a romper una silla en mil pedazos, haciendo que Doña Elena diera un respingo.
Uno a uno, los vecinos del Edificio Arcoíris fueron cediendo. Don Alberto se mudó a una panadería más tranquila en las afueras. Sofía se fue a vivir con sus abuelos para poder estudiar. Y Doña Elena encontró un apartamento silencioso cerca del parque. El Edificio Arcoíris, una vez lleno de vida y alegría, quedó completamente vacío... ¡excepto por Doña Ruidos!
Doña Ruidos, feliz de tener todo el edificio para ella sola, se dedicó a crear los sonidos más estrafalarios que jamás se hubieran escuchado. Llenó su apartamento de objetos ruidosos: latas vacías, cascabeles, globos, ollas, sartenes, y todo lo que pudiera producir un sonido molesto. Pero un día, mientras saltaba sobre un montón de cajas de cartón, escuchó un sonido nuevo. Era un sonido suave, un sonido casi imperceptible… ¡el sonido del silencio!
Doña Ruidos se detuvo en seco. Nunca antes había prestado atención al silencio. Era un sonido tan diferente a todos los demás. Era tranquilo, sereno y… ¡sorprendentemente agradable! Empezó a escuchar con atención. El silencio no era vacío, estaba lleno de pequeños sonidos: el tic-tac del reloj, el zumbido de una mosca, el susurro del viento.
Poco a poco, Doña Ruidos empezó a deshacerse de sus objetos ruidosos. Primero las latas, luego los cascabeles, después los globos. Empezó a apreciar la paz y la tranquilidad. Un día, se encontró sentada en su balcón, tejiendo una bufanda de colores, disfrutando del silencio.
Con el tiempo, los antiguos vecinos del Edificio Arcoíris empezaron a regresar. Don Alberto abrió una nueva panadería en la planta baja. Sofía volvió con sus padres y siguió estudiando con entusiasmo. Y Doña Elena se mudó de nuevo a su antiguo apartamento. El Edificio Arcoíris volvió a estar lleno de vida y alegría, pero esta vez, con un poco más de silencio... y una vecina que había aprendido a amar la paz. Doña Ruidos, o mejor dicho, Doña Rosalba, aprendió que a veces, el sonido más hermoso es el silencio que te permite escuchar el mundo que te rodea.
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