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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en las verdes colinas de Galilea, un pastor llamado Samuel. Samuel amaba a sus ovejas más que a nada en el mundo. Tenía cien ovejas, cada una con su propio nombre y personalidad. Estaba Blanquita, la más curiosa; Manchitas, la más juguetona; y Lana, la más dormilona. Cada mañana, Samuel las guiaba a los pastos frescos, y cada noche, las regresaba al redil seguro.
Un día soleado, mientras las ovejas pastaban tranquilamente, Blanquita sintió una irresistible curiosidad. Había visto una mariposa de alas brillantes volar hacia un campo lleno de flores silvestres, un campo que Samuel les había prohibido explorar. "¡Qué bellas deben ser esas flores!", pensó Blanquita. Sin pensarlo dos veces, se separó del rebaño y corrió tras la mariposa.
Blanquita persiguió a la mariposa entre las flores rojas, amarillas y azules. Estaba tan absorta en su aventura que no se dio cuenta de lo lejos que se había alejado de las demás ovejas. Cuando finalmente se detuvo a admirar una flor gigante de color púrpura, se dio cuenta de que estaba sola. El campo silencioso ya no parecía tan divertido. Tenía miedo. "¡Beeee!", gritó Blanquita, esperando que Samuel o alguna de sus amigas la escucharan. Pero solo el eco respondió.
Mientras tanto, Samuel estaba contando sus ovejas al final del día. "Noventa y siete, noventa y ocho, noventa y nueve... ¡Falta una!", exclamó con preocupación. Rápidamente recorrió el rebaño con la mirada. "¿Dónde está Blanquita? ¡Blanquita!", gritó Samuel. Las demás ovejas balaban en respuesta, pero Blanquita no aparecía.
Samuel estaba muy preocupado. No podía dejar a una de sus ovejas sola y perdida. Así que, sin dudarlo, dejó a las noventa y nueve ovejas al cuidado de su ayudante, Benjamín, y salió en busca de Blanquita. Caminó por los pastos, preguntando a los pájaros y a las ardillas si habían visto una ovejita blanca. Buscó detrás de los arbustos y entre las rocas.
El sol comenzó a ponerse, y la oscuridad se acercaba. Samuel estaba cansado, pero no se rendía. Sabía que Blanquita estaría asustada. Siguió caminando, llamando su nombre: "¡Blanquita! ¡Blanquita! ¡Soy yo, Samuel!".
Finalmente, escuchó un débil balido. Siguió el sonido hasta llegar al campo de flores silvestres. Allí, bajo la flor gigante de color púrpura, encontró a Blanquita. Estaba temblando de miedo y llorando suavemente.
"¡Blanquita!", exclamó Samuel con alegría. Corrió hacia ella y la abrazó con fuerza. "¡Estás bien! ¡Estaba tan preocupado!". Blanquita se acurrucó contra Samuel, sintiéndose segura y aliviada. "¡Beeee!", baló, frotándose contra su pierna.
Samuel levantó a Blanquita en sus brazos y la llevó de vuelta al redil. Las demás ovejas, al verlos llegar, balaron alegremente. Samuel colocó a Blanquita suavemente en el suelo, y ella corrió a reunirse con sus amigas. Todos estaban felices de que Blanquita estuviera a salvo.
Esa noche, mientras las ovejas dormían plácidamente, Samuel se sentó junto al fuego. Estaba agradecido de haber encontrado a Blanquita. Sabía que cada oveja era importante para él, y que nunca dejaría de buscarlas si se perdían.
Samuel aprendió ese día una lección muy importante: el amor y la preocupación por los demás son más importantes que cualquier otra cosa. Y Blanquita aprendió que la curiosidad puede ser peligrosa, y que es mejor quedarse cerca de los que te aman y te protegen. Desde ese día, Blanquita nunca más se alejó del rebaño, y Samuel siempre contaba sus ovejas con aún más cuidado. La aventura de Blanquita se convirtió en una historia que se contaba una y otra vez en las colinas de Galilea, recordando a todos la importancia del amor, la seguridad y la alegría de estar juntos. Y cada vez que Samuel veía una mariposa de alas brillantes, recordaba la aventura de Blanquita y sonreía, sabiendo que el amor siempre encuentra el camino de vuelta a casa. El rebaño de Samuel, con sus cien ovejas, incluyendo la aventurera Blanquita, vivió feliz y seguro bajo el cuidado de su amoroso pastor. Y así, cada día, Samuel les recordaba: "Nunca olvidéis que sois importantes y valiosas, cada una de vosotras". Y las ovejas, a su vez, respondían con un alegre balido, sintiéndose amadas y protegidas. La historia de Blanquita, la oveja perdida y encontrada, se convirtió en un símbolo de esperanza y amor para todos en las colinas de Galilea. Y cada vez que una oveja se sentía sola o asustada, recordaba la historia de Blanquita y sabía que siempre habría alguien que la buscaría y la llevaría de vuelta a casa. Porque el amor, como Samuel, nunca se da por vencido.
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