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Gratis · elegí una vozÉrase una vez, hace miles de años, dos niños llamados Zigur y Wambra. Vivían en el mismo tiempo, ¡pero en mundos tan diferentes como el sol y la luna!
Zigur vivía en Sumeria, una tierra entre dos ríos grandes y poderosos. Él pensaba que su mundo era lo más moderno que existía. Su papá era arquitecto y ayudaba a construir los zigurats, ¡unas torres gigantes hechas de bloques de barro que parecían escaleras hacia el cielo! Zigur estaba muy orgulloso del trabajo de su papá.
Cada mañana, al salir de su casa de adobe, Zigur veía carretas tiradas por bueyes, moviéndose gracias a las ruedas. ¡Qué invento tan ingenioso! Pensaba Zigur, mientras corría a la escuela. En la escuela, aprendía a escribir con una cuña en tablillas de barro húmedo. ¡Era la escritura cuneiforme! Con esos símbolos, podían contar cuántas ovejas tenía cada familia o cuántos sacos de trigo habían cosechado. Zigur hacía su mejor esfuerzo, aunque a veces prefería estar jugando.
Cuando Zigur tenía sed, no iba al refrigerador. ¡No existían los refrigeradores! Su mamá abría unas acequias, pequeños canales que traían agua fresquita directamente desde los ríos. Así regaban los campos y también tenían agua para beber y cocinar. ¡Qué organizados eran los sumerios! La vida de Zigur era cómoda y llena de inventos que hacían todo más fácil. Después de la escuela, le gustaba jugar con sus amigos a las orillas del río, construyendo pequeños barcos de barro y haciendo carreras.
Un día, mientras ayudaba a su papá a llevar ladrillos para el zigurat, Zigur se preguntó si habría otros niños en el mundo, niños que vivieran de manera diferente. ¡No podía imaginar una vida sin ruedas ni escritura!
Mientras tanto, muy lejos de Sumeria, en lo que hoy es Ecuador, vivía Wambra. Wambra, que significa "niño" en uno de los idiomas antiguos de esa tierra, no conocía las ciudades ni los zigurats. Su mundo era una aventura constante en medio de la naturaleza salvaje.
Wambra no vivía en una casa, sino en una gran cueva llamada Chobshi. La cueva era su hogar, un refugio seguro contra el frío de la noche y los peligros del bosque. Su ropa estaba hecha de pieles de animales que su papá cazaba. Su papá era un cazador muy hábil y le estaba enseñando a Wambra todos los secretos del bosque.
Cada día, Wambra aprendía algo nuevo. Aprendía a reconocer las huellas de los animales en el barro, a distinguir las plantas comestibles de las venenosas, y lo más importante, a afilar piedras para hacer puntas de lanza perfectas. ¡Como las que encontraron en Inga! Pasaba horas golpeando la piedra con paciencia, hasta que la punta quedaba afilada como una aguja.
La comida de Wambra no venía de una tienda. Venía de los bosques y las montañas. Su familia recolectaba frutas silvestres, raíces nutritivas y cazaba animales como venados y conejos. No tenían reyes que les dijeran qué hacer, ni escritura para guardar sus historias. Solo necesitaban aprender a sobrevivir en su hermoso y salvaje territorio.
Una tarde, mientras ayudaba a su mamá a recolectar bayas, Wambra vio un cóndor volar alto en el cielo. Se preguntó qué habría más allá de las montañas, si habría otras tribus, otros niños que vivieran de manera diferente. ¡No podía imaginar una vida sin la libertad de la naturaleza!
A pesar de vivir en mundos tan diferentes, Zigur y Wambra eran niños. Ambos tenían curiosidad por el mundo que los rodeaba, ambos amaban a sus familias, y ambos soñaban con un futuro mejor. Aunque nunca se conocieron, sus vidas nos recuerdan que la aventura y el aprendizaje pueden encontrarse en los lugares más inesperados, ya sea en una ciudad llena de inventos o en una cueva en medio de la naturaleza salvaje.
Un día, un mercader que viajaba desde Sumeria hasta tierras lejanas, llevó consigo una pequeña tablilla de barro con escritura cuneiforme. Y un día, un explorador que viajaba desde las montañas de Ecuador hasta tierras desconocidas, llevó consigo una punta de lanza de piedra. Quizás, en algún momento, esos dos objetos se encontraron, uniendo simbólicamente los mundos de Zigur y Wambra, dos niños que vivieron hace mucho tiempo, pero que nos siguen inspirando a explorar y a aprender.
Y colorín colorado, este cuento de dos mundos ha terminado.
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