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Gratis · elegí una vozMaría Cruz era una niña que amaba el sol. No el sol del cielo, aunque también le gustaba, sino el sol de su propia vida: sus juguetes, sus libros, su jardín secreto lleno de margaritas y caracoles. María Cruz pensaba que todo eso era solo para ella, como un tesoro escondido que nadie más debía tocar.
Un día, su tía Elena llegó de visita con su prima Catalina, una niña un poco menor que María Cruz, con ojos grandes y curiosos como dos aceitunas brillantes. Catalina era un torbellino de energía, siempre sonriendo y lista para explorar. "¡María Cruz, mira quién vino a jugar contigo!", dijo tía Elena con una sonrisa.
María Cruz se sintió un poco extraña. No estaba segura de querer compartir su mundo con Catalina. Su jardín secreto... ¡sus juguetes! ¡Sus libros favoritos! Pensó que Catalina los arruinaría o los perdería. Con un suspiro, María Cruz invitó a Catalina a su habitación.
Catalina, al entrar, exclamó: "¡Qué bonito! ¡Tienes muchos juguetes!" María Cruz se sintió un poco incómoda. Catalina tomó una muñeca vestida de bailarina. "¿Puedo jugar con ella?" preguntó Catalina, mirándola con sus grandes ojos. María Cruz dudó. Esa era su muñeca preferida, la que le había regalado su abuela.
"Está bien", dijo María Cruz, aunque en realidad no quería. Jugaron un rato, pero María Cruz estaba tensa, vigilando cada movimiento de Catalina. Cuando Catalina accidentalmente dejó caer la muñeca, María Cruz frunció el ceño. "¡Ten cuidado!", le dijo.
Catalina se sintió mal. "Lo siento", murmuró, y dejó la muñeca en el suelo. El resto de la tarde, María Cruz y Catalina jugaron a regañadientes. María Cruz no se divertía y notaba que Catalina tampoco. Al final del día, Catalina se fue a dormir y María Cruz se quedó sola en su habitación, sintiéndose extrañamente vacía.
Al día siguiente, la tía Elena sugirió ir al jardín. María Cruz suspiró. Su jardín secreto... ¡ahora compartido! Al llegar, Catalina corrió hacia las margaritas. "¡Mira, María Cruz! ¡Flores!", gritó, ofreciéndole una margarita. María Cruz la tomó sin entusiasmo.
Catalina empezó a buscar caracoles entre las hojas. Encontró uno grande y brillante. "¡Mira qué bonito! ¿Lo guardamos?" María Cruz se encogió de hombros. "Es tuyo", dijo. Pero Catalina insistió: "¡No, es nuestro!"
Catalina empezó a construir una casita para el caracol con piedritas y hojitas. María Cruz la observaba desde lejos, sintiéndose excluida. De repente, Catalina la llamó: "¡María Cruz, ven a ayudarme! Necesito más piedritas."
María Cruz se acercó, vacilante. Juntas, empezaron a buscar piedritas. Catalina le enseñó a María Cruz cómo encontrar las más brillantes y lisas. Juntas, construyeron una casita preciosa para el caracol.
Mientras construían, María Cruz se dio cuenta de que se estaba divirtiendo. Catalina reía y le contaba historias sobre los caracoles. María Cruz también empezó a reír. Descubrió que compartir su jardín con Catalina no era tan malo después de todo.
Después de construir la casita del caracol, Catalina propuso leer un libro. María Cruz dudó. Sus libros... ¡eran sagrados! Pero Catalina la convenció con su sonrisa brillante. Escogieron un libro de cuentos de hadas y se sentaron bajo un árbol para leerlo juntas.
Catalina leía las palabras con entusiasmo, mientras que María Cruz la corregía cuando se equivocaba. Compartieron los personajes y las aventuras del libro. María Cruz se dio cuenta de que el libro era aún más divertido cuando lo compartía con alguien.
Esa noche, antes de dormir, María Cruz pensó en el día que había pasado con Catalina. Se dio cuenta de que al principio había sido egoísta y que no había querido compartir nada con su prima. Pero Catalina le había enseñado que compartir no significaba perder, sino ganar. Ganar alegría, ganar risas, ganar una nueva amiga.
Al día siguiente, María Cruz le ofreció a Catalina su muñeca de bailarina sin que se lo pidiera. Jugaron juntas, cuidando la muñeca con cariño. María Cruz ya no se preocupaba si Catalina la dejaba caer o la ensuciaba un poco. Sabía que lo importante era la alegría de jugar juntas.
Cuando llegó el momento de que Catalina regresara a casa, María Cruz se sintió triste. La abrazó fuerte y le prometió que volverían a jugar juntas pronto. María Cruz entendió que el sol de su vida no tenía que ser único, sino que podía brillar aún más cuando lo compartía con alguien más. Y ahora, en su jardín, brillaban dos soles: María Cruz y Catalina, las primas que aprendieron a compartir la vida juntas.
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