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Había una vez, en un pequeño barrio donde las casas tenían techos de tejas rojas y los jardines siempre olían a jazmín, una cancha de baloncesto que era el corazón de toda la diversión. En esa cancha, dos mejores amigas pasaban cada tarde practicando sus tiros libres. Alia, cuyo cabello rubio platino era tan largo que parecía una cascada de luz cuando corría, siempre llevaba una cinta azul para que su melena no le tapara la vista. A su lado estaba Lidia, que también era rubia, aunque su tono era más oscuro, como el de la miel de abeja o el trigo al atardecer. Lidia siempre llevaba el pelo recogido en dos trenzas apretadas que saltaban sobre sus hombros cada vez que brincaba para encestar.
Ese martes, el sol brillaba con una intensidad especial. Alia y Lidia estaban practicando su jugada favorita: el pase relámpago. Alia corría por la banda derecha, su pelo largo ondeando como una capa de superhéroe, y lanzaba el balón hacia atrás sin mirar, donde Lidia ya estaba saltando para atraparlo y lanzarlo al aro. El sonido del balón golpeando el pavimento, pum, pum, pum, era el ritmo de su amistad.
De repente, las sombras de dos niñas desconocidas se proyectaron sobre el cemento de la cancha. Eran un poco más altas y llevaban uniformes deportivos relucientes. Una de ellas, que parecía la líder, cruzó los brazos y dijo con voz firme: Esta cancha es nuestra ahora. Si quieren seguir jugando aquí, tendrán que ganársela.
Alia se detuvo en seco, sujetando el balón contra su cadera. Llevamos jugando aquí desde que éramos pequeñas, respondió con valentía, mientras su largo cabello se mecía con la brisa. Lidia dio un paso al frente, ajustándose una de sus trenzas. No es justo que lleguen y nos echen así.
La otra niña, que sostenía un silbato, sonrió con picardía. Hagamos un trato. Un partido a diez puntos. Quien gane se queda con la cancha por el resto del verano. Quien pierda, tendrá que buscar otro lugar para entrenar.
Alia y Lidia se miraron. Sabían que perder la cancha significaría no tener donde jugar, pues los otros parques estaban demasiado lejos. Aceptamos, dijeron al unísono.
El partido comenzó con una tensión que se podía sentir en el aire. Las retadoras eran fuertes y rápidas. En los primeros minutos, marcaron cuatro puntos seguidos. Alia intentaba correr, pero su pelo largo se enredaba a veces con el viento, y Lidia estaba tan nerviosa que sus trenzas parecían pesarle una tonelada. El marcador iba 4-0 y el ánimo de las amigas empezaba a decaer.
¡No podemos rendirnos!, susurró Alia durante un breve descanso para beber agua. Lidia, recuerda lo que practicamos. No importa qué tan altas sean, nosotras nos conocemos de memoria. Lidia asintió, apretando sus trenzas con fuerza. Tienes razón. Vamos a jugar como nosotras sabemos.
En la siguiente jugada, Alia recuperó el balón. Corrió con una velocidad asombrosa, sintiendo que su cabello rubio la impulsaba. Vio a Lidia desmarcada cerca del aro y lanzó un pase perfecto. Lidia atrapó el balón en el aire, sus trenzas volando hacia atrás, y encestó limpiamente. ¡Sí!, gritaron emocionadas. El marcador ahora era 4-2.
Poco a poco, la coordinación de las amigas empezó a superar la fuerza de las retadoras. Alia usaba su agilidad para esquivar a las oponentes, mientras el sol hacía brillar su pelo como si fuera de oro puro. Lidia, con su determinación de hierro y su precisión matemática, no fallaba ni un solo tiro. El partido se volvió un espectáculo de pases rápidos y risas compartidas. Los vecinos empezaron a asomarse a sus ventanas para ver el gran duelo.
Cuando el marcador llegó a 9-9, el silencio se apoderó de la cancha. El siguiente punto lo decidiría todo. Las retadoras tenían el balón. Una de ellas intentó una entrada a canasta, pero Lidia, con un salto prodigioso, bloqueó el tiro. El balón salió rebotado hacia el centro de la pista.
Alia corrió como nunca antes había corrido. Su largo pelo rubio se desplegó tras ella en toda su extensión. Alcanzó el balón justo antes de que saliera de la cancha. Sin detenerse, hizo un giro sobre sí misma y lanzó un pase largo hacia el otro lado. Lidia ya estaba allí, esperando bajo el aro. Pero en lugar de tirar directamente, esperó a que Alia llegara para hacer su jugada maestra.
Lidia le devolvió el balón a Alia, y Alia se lo pasó de nuevo a Lidia en un zig-zag frenético que dejó a las rivales confundidas. Finalmente, Lidia saltó, sus trenzas de color miel dibujando un arco en el aire, y soltó el balón con suavidad. La pelota rodó por el borde del aro, dio una vuelta, dos vueltas... ¡y entró!
El grito de alegría de Alia y Lidia se escuchó en todo el barrio. Se abrazaron con fuerza, mezclando el pelo largo y liso con las trenzas apretadas. Las otras dos niñas se acercaron, algo cabizbajas pero impresionadas. Juegan muy bien, admitió la líder. Nunca habíamos visto un trabajo en equipo así.
Alia, con una sonrisa generosa, les tendió la mano. No tienen que irse. La cancha es grande y hay espacio para todas. ¿Qué tal si jugamos un partido de cuatro contra cuatro mañana?.
Las niñas aceptaron encantadas. Aquel día, Alia y Lidia no solo salvaron su lugar favorito, sino que aprendieron que la verdadera victoria no es quedarse con el terreno, sino ganar nuevos amigos a través del deporte. Desde entonces, cada tarde, se pueden ver cuatro sombras jugando bajo el aro: una con pelo largo y dorado, otra con trenzas color miel, y dos nuevas compañeras que aprendieron que en esa cancha, la amistad siempre era el mejor trofeo.
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