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Eddie era un perrito viejito, con el pelaje lleno de canas y los pasos un poco lentos. Cada mañana, sin falta, Eddie salía al jardín con su papá, Don Roberto. No era un jardín cualquiera, ¡era un jardín mágico! Lleno de rosales de todos los colores, margaritas que parecían soles pequeños y lavanda que olía a sueños dulces.
El paseo de Eddie no era solo un paseo. Era una misión secreta. Eddie olfateaba cada flor, cada arbusto, cada rincón del jardín, buscando a su mejor amiga: ¡Dolly! Dolly era una perrita poodle blanca como la nieve, con un lazo rosa en la cabeza. A veces, Dolly y su dueña, Doña Elena, se sentaban en el banco de madera bajo el gran roble. Pero últimamente, Dolly no aparecía.
"¿La encontrarás hoy, campeón?" le preguntaba Don Roberto, acariciando la cabeza de Eddie. Eddie meneaba la cola, olfateando con entusiasmo una rosa roja. Él nunca perdía la esperanza.
Un día, mientras Eddie olfateaba un grupo de petunias moradas, sintió un aroma diferente. No era el dulce perfume de las flores, sino un olor… ¿a galletas? Siguió el olor con su nariz arrugada hasta llegar al pie del gran roble. ¡Allí estaba! No Dolly, pero sí una pequeña cesta cubierta con un mantel a cuadros.
Don Roberto levantó el mantel. ¡Estaba llena de galletas para perros! Y junto a la cesta, una nota escrita con letra temblorosa: "Para mi amigo Eddie, con cariño. Dolly".
El corazón de Eddie latió con fuerza. Dolly no estaba allí, pero ¡ella se acordaba de él! Empezó a ladrar suavemente, moviendo la cola con alegría. Don Roberto tomó una galleta y se la dio a Eddie. "Parece que Dolly te extraña mucho, amigo", dijo sonriendo.
Al día siguiente, Eddie volvió al jardín con Don Roberto. Olfateó las flores como siempre, pero esta vez, su mirada buscaba algo más. No solo a Dolly, sino una señal de ella. Y la encontró. En el banco de madera, alguien había dibujado con tiza un gran corazón con las letras "E" y "D" dentro.
Eddie ladró de felicidad y empezó a dar vueltas alrededor del banco. Don Roberto se sentó y acarició a Eddie. "Alguien te quiere mucho", dijo.
Pasaron varios días, y Eddie continuó su paseo matutino. Un día, mientras olfateaba un jazmín, escuchó una voz suave. "¡Eddie! ¡Eddie!".
Eddie levantó la cabeza y vio a Doña Elena empujando una silla de ruedas. ¡Y en la silla, estaba Dolly! Pero Dolly no era la misma. Estaba más delgada y tenía un vendaje en una patita.
Eddie corrió hacia Dolly, moviendo la cola con tanta fuerza que casi se cae. Lamió la mano de Dolly y ladró suavemente, como preguntándole cómo estaba.
"Dolly ha estado enferma", explicó Doña Elena. "Tuvo un accidente y se rompió la patita. Pero ahora está mejor, y quería verte".
Dolly movió la cola débilmente y ladró un poquito. Eddie se acurrucó junto a la silla de ruedas, lamiendo la patita vendada de Dolly con cuidado.
Desde ese día, Eddie y Dolly volvieron a verse todos los días en el jardín. Dolly ya no corría ni jugaba como antes, pero se sentaba en su silla de ruedas bajo el roble, mientras Eddie olfateaba las flores a su alrededor. A veces, Doña Elena les leía cuentos, y Eddie y Dolly escuchaban atentamente, sintiendo la calidez del sol en sus pelajes.
Eddie aprendió que la amistad no necesita correr ni saltar. Basta con estar cerca, compartir un momento, y sentir el cariño en el corazón. Y aunque Dolly ya no pudiera correr tras las mariposas, Eddie siempre estaría allí para olfatear las flores por ella, trayéndole los perfumes del jardín secreto que compartían. El jardín era aún más mágico ahora que estaban juntos de nuevo.
Un día, mientras estaban sentados bajo el roble, una mariposa blanca se posó en la nariz de Dolly. Dolly intentó alcanzarla con su patita, pero no pudo. Entonces, Eddie, con su agilidad de perro mayor, saltó suavemente y ahuyentó la mariposa, haciéndola volar hacia el cielo azul. Dolly ladró suavemente, agradeciéndole a Eddie con la mirada. Sabía que, incluso siendo viejitos, su amistad era un tesoro que duraría para siempre.
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