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Eduar vivía en el tranquilo pueblo de Astrea, donde las gallinas cantaban al amanecer y el río acariciaba las piedras con suavidad. Un día, su mamá le dijo: "¡Eduar, hoy vamos a la ciudad! Vamos a ir al supermercado Ley, que es enorme y tiene de todo".
Eduar, con sus ojos brillantes de emoción, saltó de alegría. Nunca había ido a la ciudad, y un supermercado enorme sonaba como una aventura increíble. Su mamá, siempre elegante, se puso su vestido rosado favorito. "¡Lista!", exclamó, y juntos tomaron el autobús.
La ciudad era un torbellino de colores y ruidos. Coches bocinando, personas caminando rápido y edificios altísimos que parecían tocar el cielo. Eduar, agarrado de la mano de su mamá, se sentía un poco abrumado, pero también muy emocionado.
Al entrar al supermercado Ley, Eduar abrió la boca asombrado. ¡Era gigantesco! Pasillos llenos de comida, juguetes, ropa… ¡de todo! Su mamá le dijo: "Quédate cerca, ¿sí, mi amor? Voy a buscar algunas frutas".
Eduar asintió y se quedó mirando un estante lleno de coloridas cajas de cereales. Estaba tan absorto admirando los dibujos de tigres y ositos, que no se dio cuenta de que su mamá se había alejado un poco.
De pronto, sintió una mano suave que tomaba la suya. Sin mirar, Eduar asumió que era su mamá. La mano era cálida y reconfortante. Empezó a caminar con la persona que lo sostenía, aún maravillado por los cereales.
Después de caminar un rato, Eduar levantó la vista. ¡Y qué sorpresa! La señora que lo llevaba de la mano también vestía un traje rosado, ¡pero no era su mamita! Esta señora tenía el pelo rizado y usaba gafas grandes. Eduar sintió un vuelco en el corazón.
"¡Eh!", dijo Eduar tímidamente. "Usted no es mi mamá".
La señora, que estaba tarareando una canción, se detuvo en seco y miró hacia abajo. Sus ojos se abrieron con sorpresa y luego con terror. "¡Ay, Dios mío!", exclamó. "¡Tú no eres Pedrito! ¿Dónde está mi Pedrito?".
Ambos, Eduar y la señora, se quedaron paralizados, con las manos aún entrelazadas, sintiendo el pánico crecer en sus estómagos. La señora comenzó a mirar a su alrededor frenéticamente, buscando a su hijo Pedrito.
Eduar, aunque asustado, recordó lo que su mamá le había dicho siempre: "Si te pierdes, quédate donde estás y espera a que te encuentre". Así que se quedó quietecito, agarrado de la mano de la señora, con los ojos llenos de lágrimas.
La señora, después de respirar hondo para calmarse, se arrodilló frente a Eduar. "¿Cómo te llamas, cariño?", le preguntó con voz temblorosa.
"Me llamo Eduar", respondió el niño, con la voz un poco quebrada. "Y estoy perdido de mi mamá".
"Yo también estoy perdida de mi Pedrito", dijo la señora. "Vamos a buscar ayuda juntos. ¿Ves a ese señor con el chaleco azul? Él trabaja aquí. Vamos a pedirle ayuda".
Juntos, Eduar y la señora se acercaron al señor del chaleco azul. La señora le explicó la situación, con la voz entrecortada por la angustia. El señor del chaleco azul, muy amable, les dijo: "No se preocupen, vamos a encontrarlos. Tenemos un sistema para estos casos".
El señor del chaleco azul tomó el micrófono del supermercado y anunció: "Atención, por favor. Una señora vestida con un traje rosado está buscando a su hijo Pedrito. Pedrito, si nos escuchas, por favor acércate al mostrador de información". Luego, anunció: "También, una señora vestida con un traje rosado está buscando a su hijo Eduar. Eduar, si nos escuchas, por favor acércate al mostrador de información".
Pasaron unos minutos que parecieron una eternidad. Eduar y la señora esperaban ansiosamente, mirando a todos lados. De repente, Eduar escuchó una voz familiar que gritaba su nombre: "¡Eduar! ¡Eduar!".
Era su mamá, corriendo hacia él con los ojos llenos de lágrimas. Al verlo, lo abrazó con fuerza, besándolo una y otra vez. "¡Eduar, mi amor! ¡Estaba tan preocupada! ¿Estás bien?".
Eduar abrazó a su mamá con todas sus fuerzas y le contó lo que había pasado. Mientras tanto, la señora del vestido rosado también fue abrazada por un niño pequeño que gritaba: "¡Mamá! ¡Mamá!". ¡Era Pedrito!
Las dos mamás, aliviadas y felices, se miraron y sonrieron. Se dieron cuenta de que la confusión del vestido rosado había sido un gran susto para todos.
Después de agradecer al señor del chaleco azul, la mamá de Eduar y Eduar se despidieron de la señora y de Pedrito. Eduar aprendió una lección importante ese día: nunca soltarse de la mano de su mamá en un lugar desconocido, ¡y prestar mucha atención a los detalles, incluso al color del vestido!
De vuelta en Astrea, Eduar le contó a todos sus amigos la aventura en el supermercado Ley. Y aunque fue un poco atemorizante, también fue una experiencia que nunca olvidaría. ¡Y ahora siempre se fija muy bien en el color de la ropa de las personas!
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