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Gratis · elegí una vozIsabella vivía en un país lejano, muy lejos de su tía Xóchitl. Vivía con su mamá Gaby y su papá Berardo en una casa con un jardín lleno de flores de colores. A Isabella le encantaba correr entre las flores, buscando mariposas y cantando canciones que su mamá le había enseñado.
Su tía Xóchitl, en cambio, vivía en una casita pintada de azul cielo, rodeada de montañas verdes y llenas de árboles frutales. A Xóchitl le gustaba tejer bufandas de lana suave y contar historias a los pajaritos que visitaban su ventana.
Aunque estaban separadas por muchos kilómetros y un océano inmenso, Isabella y Xóchitl se querían con todo su corazón. Sabían que la distancia no podía romper el lazo mágico que las unía.
Cada semana, Isabella esperaba con ansias las videollamadas con su tía. Se sentaba frente a la pantalla, con sus ojos brillantes como dos estrellitas, lista para escuchar las aventuras de Xóchitl.
"¡Tía Xóchitl! ¡Cuéntame qué hiciste hoy!" exclamaba Isabella, agitando sus manitas.
Xóchitl, con su sonrisa cálida y sus ojos llenos de cariño, comenzaba a contarle. Le hablaba de los pajaritos que habían comido semillas de su mano, de la oveja blanca que se había escapado al huerto, y de la abuela Rosa que le había enseñado una nueva receta para hacer pan de dulce.
Isabella escuchaba atentamente, imaginando cada detalle. A veces, cerraba los ojos y sentía como si estuviera allí, en la casita azul, respirando el aire fresco de las montañas.
Pero no solo las videollamadas las mantenían conectadas. Gaby, la mamá de Isabella, siempre animaba a Isabella a dibujar para su tía. Isabella, con sus crayones de colores, creaba obras de arte llenas de alegría. Dibujaba flores sonrientes, mariposas danzantes, y hasta un sol gigante con gafas de sol.
Después, Gaby le ayudaba a escanear los dibujos y enviárselos a Xóchitl por mensaje. Xóchitl, al recibirlos, los pegaba en la pared de su habitación, creando una galería de arte llena de amor.
Un día, Isabella se sintió muy triste. Extrañaba mucho a su tía y quería darle un abrazo gigante. Se lo contó a su mamá con lágrimas en los ojos.
"Mami, quiero abrazar a la tía Xóchitl," sollozó Isabella.
Gaby la abrazó fuerte y le dijo: "Mi amor, aunque no podamos abrazarla en persona ahora mismo, podemos enviarle un abrazo de luciérnagas."
Isabella no entendía qué era un abrazo de luciérnagas. Gaby le explicó que cuando llegara la noche, saldrían al jardín y atraparían unas cuantas luciérnagas en un frasco. Luego, le enviarían una foto a Xóchitl con el frasco lleno de luces brillantes, como si fueran los besos y abrazos de Isabella volando hacia ella.
Esa noche, Isabella y Gaby salieron al jardín. La luna brillaba en el cielo y las luciérnagas revoloteaban entre las flores. Con cuidado, atraparon algunas en un frasco de vidrio. Las luciérnagas iluminaban el frasco con su luz mágica, creando un espectáculo maravilloso.
Isabella, con una sonrisa radiante, le envió la foto a su tía Xóchitl. Xóchitl, al recibirla, sintió su corazón llenarse de alegría. Era como si Isabella estuviera allí mismo, abrazándola con todo su amor.
Xóchitl respondió con un mensaje: "¡Qué abrazo tan hermoso! Siento cada una de esas lucecitas en mi corazón. Te quiero mucho, Isabella."
Desde ese día, el abrazo de luciérnagas se convirtió en un símbolo del amor que unía a Isabella y Xóchitl. Sabían que, aunque estuvieran lejos, siempre encontrarían una manera de estar cerca, de compartir su cariño y de llenar sus vidas de alegría.
Y cada vez que Isabella veía una luciérnaga, recordaba a su tía Xóchitl y sentía que su amor volaba por el aire, cruzando océanos y montañas, hasta llegar a la casita azul.
Un día, mientras hablaban por videollamada, Xóchitl le dijo a Isabella: "Tengo una sorpresa para ti. Estoy aprendiendo a tocar el ukulele. Cuando seas más grande, te enseñaré y cantaremos juntas canciones bajo las estrellas."
Isabella sonrió. Sabía que, aunque la distancia las separara físicamente, su amor las uniría para siempre. Y algún día, tocarían el ukulele juntas, bajo un cielo lleno de estrellas brillantes, cantando canciones llenas de amor y alegría. Hasta entonces, seguirían compartiendo abrazos de luciérnagas y mensajes llenos de cariño, manteniendo viva la llama de su amor a pesar de la distancia.
Isabella aprendió que el amor no conoce fronteras y que, incluso en la distancia, el cariño puede florecer como las flores en su jardín, brillante y lleno de color.
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