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Sofía y Mateo estaban sentados en el jardín, con los ojos llenos de lágrimas que brillaban como el rocío de la mañana. Ya no podían abrazar al Abuelo Tomás, porque ahora vivía en el cielo, convertido en una brillante estrella. Mamá les había dicho que el Abuelo estaba descansando, observándolos desde arriba, pero Sofía y Mateo lo extrañaban mucho.
"¿Cómo podemos recordarlo, Mamá?" preguntó Sofía, con la voz temblorosa.
Mamá se sentó entre ellos y los abrazó fuerte. "Recordamos al Abuelo Tomás con el corazón lleno de alegría, mis amores. Recordamos todas las aventuras y risas que compartimos. En lugar de estar tristes, vamos a plantar un Jardín de Recuerdos. Cada flor que plantemos será un recuerdo feliz del Abuelo."
Mateo, que amaba las flores tanto como el Abuelo, sonrió levemente. "¿De verdad? ¿Qué flor plantaremos primero?"
"Plantaremos girasoles", dijo Mamá. "Al Abuelo le encantaban los girasoles porque siempre seguían al sol, igual que él siempre buscaba la alegría en cada día. Recuerdo cuando intentamos sembrar uno gigante en el jardín. ¡Casi nos llega hasta el tejado!"
Sofía y Mateo rieron al recordar la historia del girasol gigante que, aunque no llegó al tejado, sí había sido el más alto del vecindario. Plantaron las semillas de girasol con cuidado, imaginando al Abuelo sonriendo desde su estrella.
"Ahora plantaremos margaritas", continuó Mamá. "El Abuelo siempre nos contaba historias de hadas que vivían entre las margaritas. Decía que cada pétalo era una puerta a un mundo mágico." Sembraron las margaritas y Mateo imaginó pequeñas hadas revoloteando alrededor de las flores.
"¿Y ahora, Mamá?" preguntó Sofía, sintiéndose un poco mejor.
"Ahora plantaremos lavanda", respondió Mamá, sacando un pequeño paquete de semillas moradas. "El Abuelo amaba el olor de la lavanda. Decía que le recordaba a los campos de su infancia, donde jugaba con sus hermanos. Además, la lavanda atrae a las abejas, y al Abuelo le encantaba verlas trabajar."
Plantaron la lavanda, y Sofía cerró los ojos, imaginando el dulce aroma llenando el aire y las abejas zumbando alegremente. Recordó que el Abuelo siempre tenía un tarro de miel casera en la cocina, y que le dejaba untar una cucharada en su pan por las mañanas.
Con cada flor que plantaban, un nuevo recuerdo del Abuelo Tomás florecía en sus corazones. Recordaron las tardes de pesca en el lago, cuando el Abuelo les enseñaba a lanzar la caña y les contaba historias de peces gigantes. Recordaron las noches de juegos de mesa, donde el Abuelo siempre hacía trampa para que ellos ganaran. Recordaron las canciones que cantaban juntos, desafinando a propósito para hacerlos reír a carcajadas.
Un día, mientras regaban el Jardín de Recuerdos, Mateo vio algo brillante entre las hojas de un girasol. Era un pequeño colibrí, revoloteando alrededor de la flor. "¡Miren!" exclamó Mateo. "¡Es el Abuelo!"
Sofía y Mamá se acercaron y observaron al colibrí con asombro. El colibrí era pequeño y brillante, con plumas verdes y azules que brillaban al sol. Parecía bailar alrededor de las flores, como si estuviera celebrando la vida y el amor.
"Quizás tengas razón, Mateo", dijo Mamá con una sonrisa. "Quizás el Abuelo nos está visitando, recordándonos que siempre está con nosotros, en cada flor, en cada sonrisa, en cada recuerdo."
Desde ese día, Sofía y Mateo visitaban el Jardín de Recuerdos todos los días. Regaban las flores, las cuidaban y les contaban historias al Abuelo Estrella. Sabían que, aunque no pudieran verlo ni abrazarlo, el Abuelo Tomás siempre estaría presente en sus corazones, brillando como la estrella más brillante del cielo.
El jardín se convirtió en un lugar mágico, lleno de color, aroma y alegría. Era un lugar donde podían sentir el amor del Abuelo Tomás, un lugar donde los recuerdos florecían como las flores, un lugar donde la tristeza se transformaba en esperanza y el amor nunca moría. Y cada vez que veían un colibrí, sabían que el Abuelo estaba cerca, enviándoles un beso desde el cielo.
Un día, Sofía le preguntó a su mamá: "¿Crees que el Abuelo puede ver nuestro jardín desde el cielo?"
Su mamá sonrió y le dijo: "Claro que sí, mi amor. Y estoy segura de que está muy orgulloso de ustedes. Recuerden siempre que el amor nunca muere, solo se transforma."
Sofía y Mateo se abrazaron, sintiendo la calidez del sol en sus rostros y el amor del Abuelo en sus corazones. Sabían que, mientras tuvieran sus recuerdos y su Jardín de Recuerdos, el Abuelo Tomás siempre estaría con ellos, guiándolos y amándolos desde el cielo. Y así, el Jardín de Recuerdos se convirtió en un símbolo eterno del amor familiar y la alegría compartida, un lugar donde la memoria del Abuelo Tomás florecería para siempre.
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