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Ana y Graciela llamaban a gritos: ¡Eduardo! ¡Eduardo! ¡Juguemos al almacén!
Desde adentro de la casa, la Nina de Ana, su abuela, le decía a Eduardo: "Hijo, te llaman las niñas, anda a jugar".
Eduardo, con una sonrisa, salía corriendo y las invitaba a su patio a jugar. "¿A qué quieren jugar?", les preguntaba, con los ojos brillantes de entusiasmo.
"¡Al almacén! ¡Al almacén!", gritaban Ana y Graciela, saltando de alegría.
Eduardo, con una seriedad admirable para su edad, comenzaba a armar el almacén. Imaginaba piedras lisas como papas regordetas, y usaba cajitas de cartón como estantes y mostradores. Las piedras brillantes eran manzanas jugosas y las hojas secas, crujientes lechugas. ¡Tenía el almacén más especial del mundo!
Eduardo se ponía a buscar cosas importantes para hacer una pesa antigua, como las que veía en los almacenes de verdad. Necesitaba una balanza para pesar las "papas" y las "manzanas". También buscaba billetes recortados de revistas viejas, porque, ¡claro!, en un almacén de verdad, se necesita dinero.
Mientras Eduardo hacía todo eso, con una dedicación que llenaría de orgullo a cualquier tendero, Ana y Graciela, aburridas, esperaban. Primero, se sentaban en el pasto, observando a Eduardo con curiosidad. Luego, comenzaban a susurrar entre ellas. Después, se ponían a jugar a otra cosa, a saltar la cuerda imaginaria, o a dibujar garabatos en la tierra con ramitas.
Eduardo, concentrado en su tarea, no se daba cuenta de nada. Estaba demasiado ocupado transformando su patio en un mundo mágico, lleno de productos imaginarios y aventuras comerciales.
Finalmente, después de mucho trabajo y esfuerzo, Eduardo tenía todo listo. El almacén estaba reluciente, con sus estantes llenos de tesoros, la balanza lista para pesar los productos, y los billetes ordenados en un pequeño mostrador hecho con una caja de zapatos.
"¡Listo!", exclamó Eduardo, con una sonrisa orgullosa. "¡Ya podemos jugar al almacén! ¿Quién quiere comprar algo? Tenemos papas, manzanas, lechugas… ¡Y hasta caramelos invisibles!"
Pero, cuando Eduardo levantó la vista, Ana y Graciela ya no estaban allí. Se habían ido. De nuevo. Allí quedaba el juego, el almacén fantástico de Eduardo, esperando clientes que nunca llegaban. La balanza inmóvil, los billetes sin usar, y las "papas" de piedra acumulando polvo.
Eduardo suspiraba, con una mezcla de frustración y resignación. Recogía las piedras y las cajitas, guardaba los billetes, y desarmaba el almacén, sabiendo que al día siguiente, la historia se repetiría. Ana y Graciela lo llamarían a gritos, él construiría su almacén mágico, y ellas se irían antes de que el juego comenzara.
Pero Eduardo no se rendía. Sabía que, aunque Ana y Graciela no jugaran con él, él se divertía mucho creando su almacén. Y quizás, algún día, ellas se quedarían a jugar. O quizás, él encontraría a alguien más que apreciara la magia de su almacén fantástico. Porque, al fin y al cabo, lo importante no era jugar con otros, sino la alegría de crear y la emoción de imaginar.
Un día, mientras recogía las piedras, la Nina de Ana se acercó. "Eduardo", le dijo, "¿puedo comprar una papa? Necesito una para mi sopa." Eduardo, sorprendido, le vendió la papa de piedra con una sonrisa. La Nina de Ana pagó con un billete imaginario y se fue, feliz con su "papa".
Eduardo se dio cuenta de que a veces, la mejor compañía para jugar es la que menos esperas. Y que la magia de su almacén, aunque invisible para algunos, era real para otros.
Así, Eduardo siguió construyendo su almacén, día tras día, aprendiendo que la verdadera diversión está en el proceso de crear, y que la amistad y la compañía pueden llegar de las formas más inesperadas.
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