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¡Buenas tardes, chamacos y chiquillas! ¡Soy Tío Chen y vengo a contarles un cuento que me contaba mi abuela, y a ella su abuela, y así pa trás hasta el Mayab! Esta historia es de miedo, pero también tiene su moraleja. ¡Así que pónganse cómodos y escuchen bien!
Érase una vez, en la blanca Mérida, una muchacha llamada Alicia. ¡Ay, niña, qué linda era! Con sus ojos grandes como luceros y su sonrisa dulce como el melado de papaya. Pero era delicada, ¡más delicada que una flor de orquídea! Se casó con Jordán, un hombre bueno, pero más serio que el henequén. ¡Duro y reservado, el hombre! Se fueron a vivir a una casona antigua, de esas con patios llenos de plantas y paredes que susurran secretos.
(Imagen de la casona) La casona era grande y fresca, con sus paredes blancas y sus techos altos. Pero también era un poco…solitaria. Alicia, acostumbrada al bullicio de su familia, se sentía a veces como una flor solitaria en un jardín inmenso. Jordán, ocupado con sus negocios, pasaba mucho tiempo fuera de casa. Cuando estaba en casa, leía libros gruesos y apenas hablaba.
(Escenas de Alicia y Jordán en la casona, mostrando su relación distante). Alicia intentaba hacer la casa más alegre. Llenaba los patios de flores de colores, cantaba canciones antiguas mientras cocinaba y le contaba historias a los pájaros que visitaban el jardín. Pero Jordán apenas notaba sus esfuerzos. Él era un hombre de pocas palabras y muchos silencios.
Un día, Alicia comenzó a sentirse mal. ¡Ay, niña, qué susto nos dio! Estaba pálida, sin fuerzas, como si el sol se hubiera olvidado de ella. Los médicos la revisaron, le dieron medicinas, ¡pero nada! Ni el mejor huesero de la región pudo encontrar qué le pasaba. Alicia pasaba los días en la cama, con la mirada perdida y la voz apenas un susurro.
(Escenas de Alicia en la cama, sufriendo, y de Jordán observándola con preocupación). Jordán estaba preocupado, claro que sí. Pero era como si no supiera cómo demostrarlo. Se sentaba junto a su cama, la miraba con ojos tristes, pero no la abrazaba, no le decía palabras de cariño. ¡Más frío que un helado de coco en diciembre, el hombre!
Alicia sentía que algo la estaba consumiendo por dentro. Como si una sombra oscura se hubiera instalado en su cuerpo y le estuviera robando la alegría y la vida. ¡Ay, niña, qué cosa tan fea! Pensaba que tal vez era un mal de ojo, o un espíritu travieso que se había metido en la casa. Rezaba a la Virgen, prendía veladoras, pero nada parecía ayudar.
Un día triste y gris, Alicia se fue para siempre. ¡Ay, qué dolor! Jordán se quedó solo en la casona, con el corazón roto y la conciencia pesada. Se sentía culpable por no haberle demostrado a Alicia cuánto la quería. Se arrepentía de no haberle dado más abrazos, más besos, más palabras de amor.
(Imagen de Alicia fallecida en la cama). Después del funeral, la sirvienta, Doña Chayo, estaba limpiando la habitación de Alicia. Sacudió las sábanas, los cojines y, por último, el almohadón de plumas donde Alicia había reposado su cabeza durante tantos días. ¡Y ahí fue donde encontró el horror! ¡Ay, Jesús, María y José!
(Imagen del parásito en el almohadón con efectos especiales). Dentro del almohadón, escondido entre las plumas, ¡había un bicho enorme! ¡Un kish, una criatura asquerosa, como una cucaracha gigante, pero con alas de murciélago y dientes afilados! ¡Era un monstruo que se había estado alimentando de la sangre de Alicia mientras dormía!
¡El kish había crecido tanto que casi no cabía en el almohadón! ¡Se había chupado toda la sangre de Alicia, como un vampiro chupasangre! Por eso Alicia se sentía tan débil, por eso se había puesto tan pálida, por eso se había apagado como una vela en la noche.
Jordán, al ver el kish, se quedó helado. ¡Sin poder creer lo que veía! Comprendió el horror que había vivido Alicia, la criatura que la había estado atormentando. Se dio cuenta de que había perdido a su esposa por un monstruo invisible, un parásito asqueroso. ¡Qué tragedia!
Y así termina esta historia, mis amigos. Dicen los viejitos que en las casas antiguas, sobre todo en las que están solas y tristes, pueden aparecer criaturas así. Que si sientes que te chupan la energía por las noches, que si te sientes débil y sin fuerzas, ¡ten cuidado! Podría ser un kish que te está robando la vida.
Así que ya saben, antes de dormir, sacudan bien su guerreroch (su almohada) y asegúrense de que lo único que tienen en la cama… es sueño. ¡Jajaja! ¡No dejen que los kish les chupen la sangre! ¡Hasta la próxima!
(Imagen de la casona, con música de fondo misteriosa).
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