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Gratis · elegí una vozEl sol brillaba con fuerza en el patio de la escuela. Rafael, con su camiseta roja y pantalones cortos azules, estaba emocionado. ¡Era hora del recreo y eso significaba… fútbol! Karen, con su vestido de flores amarillas y su lazo rosa en el cabello, estaba sentada en un banco, abriendo su lonchera. Hoy tenía su sándwich favorito de jamón y queso, una manzana roja brillante y galletas de chocolate con chispas.
Rafael, sin darse cuenta de la cercanía de Karen, comenzó a patear la pelota con todas sus fuerzas. ¡Pum! La pelota salió disparada como un cohete y… ¡splash! Aterrizó justo encima de la lonchera de Karen, volcando su sándwich, aplastando su manzana y esparciendo sus galletas por el suelo.
"¡Rafael!" gritó Karen, con los ojos llenos de lágrimas. "¡Mira lo que has hecho! ¡Arruinaste mi almuerzo!"
Rafael se quedó paralizado. La pelota rodó hasta sus pies. Se sentía terrible. "Lo siento, Karen," murmuró, sintiéndose muy culpable. "No quería hacerlo."
"¡No querías!" exclamó Karen, aún más molesta. "¡Claro que no querías! Pero lo hiciste. ¡Ahora no tengo nada que comer!"
La discusión se hizo más fuerte. Otros niños comenzaron a mirar. Rafael y Karen se gritaban el uno al otro, con las mejillas rojas de enfado.
En ese momento, la Maestra Elena, con su sonrisa amable y su cabello recogido en un moño, se acercó. "¿Qué está pasando aquí?" preguntó con voz suave pero firme.
Karen, con la voz temblorosa, explicó: "Rafael tiró mi almuerzo jugando al fútbol. ¡Ahora no tengo nada!"
La Maestra Elena miró a Rafael, quien bajó la cabeza avergonzado. "Rafael, ¿es esto cierto?"
Rafael asintió lentamente. "Sí, Maestra Elena. Pero fue un accidente. No lo hice a propósito."
"Entiendo que fue un accidente, Rafael," dijo la Maestra Elena. "Pero incluso los accidentes tienen consecuencias. Es importante asumir la responsabilidad de nuestros actos. Karen tiene razón, ahora no tiene almuerzo. ¿Qué crees que podrías hacer para arreglarlo?"
Rafael pensó por un momento. Se sentía muy mal por lo que había hecho. Miró el almuerzo arruinado de Karen, y luego la miró a los ojos, llenos de tristeza. "No sé…" murmuró.
La Maestra Elena le sonrió con comprensión. "A veces, la mejor manera de arreglar un error es compensar a la persona a la que hemos lastimado. ¿Qué tal si le compras el almuerzo a Karen hoy?"
Rafael abrió los ojos sorprendido. "¿Comprarle el almuerzo? Pero…"
"¿Tienes dinero, Rafael?" preguntó la Maestra Elena con calma.
Rafael rebuscó en su bolsillo. Encontró algunas monedas y un billete pequeño. "Sí, creo que tengo suficiente."
"Entonces, creo que sabes qué hacer," dijo la Maestra Elena, dándole una sonrisa alentadora. "Karen, ¿estarías de acuerdo con esto?"
Karen dudó por un momento. Todavía estaba molesta, pero también veía la sinceridad en los ojos de Rafael. Asintió lentamente. "Sí, Maestra Elena. Creo que eso estaría bien."
Rafael sintió un gran alivio. "Está bien, Karen. Vamos a la cafetería. Te compraré el almuerzo que quieras."
Rafael y Karen caminaron juntos hacia la cafetería. Al principio, el silencio era incómodo, pero poco a poco, mientras esperaban en la fila, Rafael comenzó a hablar. Le contó a Karen sobre el partido de fútbol que había visto el día anterior, y Karen le contó sobre el libro que estaba leyendo.
Cuando llegaron al mostrador, Rafael le preguntó a Karen qué quería comer. Karen eligió un sándwich de pollo, una bolsa de papas fritas y un jugo de manzana. Rafael pagó con sus monedas y el billete, sintiéndose un poco más ligero por dentro.
Mientras comían juntos en una mesa, Karen le sonrió a Rafael. "Gracias, Rafael," dijo. "El sándwich está muy bueno."
Rafael le devolvió la sonrisa. "De nada, Karen. Lo siento mucho por lo que pasó antes."
Ese día, Rafael aprendió una importante lección. Aprendió que incluso los accidentes tienen consecuencias, y que es importante asumir la responsabilidad de nuestros actos. También aprendió que pedir perdón y tratar de enmendar nuestros errores puede hacer que nos sintamos mucho mejor, y puede ayudar a sanar las relaciones. Y Karen aprendió que incluso cuando alguien comete un error, a veces merece una segunda oportunidad. Después de todo, hasta el almuerzo volador de Rafael había resultado en una nueva amistad, o al menos, en una tregua sabrosa y un par de estómagos llenos.
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