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Emilia era una niña muy especial. No es que supiera volar ni que tuviera un sombrero mágico, sino que sentía las emociones con una intensidad… ¡en colores! Cuando estaba contenta, todo a su alrededor se volvía amarillo brillante, como un campo de girasoles bajo el sol. Si sentía tristeza, un manto azul suave cubría su mundo, como el mar en un día calmado. El miedo se manifestaba como un naranja tembloroso, como una llama a punto de apagarse, y la rabia, ¡ay, la rabia!, era un rojo furioso que hacía que sus mejillas ardieran.
Un día, Emilia se levantó y todo era gris. Un gris apagado y uniforme. No sentía nada. O, mejor dicho, sentía una especie de vacío, como un globo desinflado. Intentó reír, pero nada. Intentó recordar un momento feliz, pero el amarillo no aparecía. Se asustó un poco, esperando que el naranja del miedo la envolviera, pero tampoco. ¡Nada!
Preocupada, fue a ver a su abuela, una señora sabia con el pelo blanco como la nieve y una sonrisa que siempre olía a canela. La abuela de Emilia conocía el secreto de sus emociones de colores y siempre tenía un consejo para ella.
"Abuela," dijo Emilia con voz apagada, "¡he perdido mis colores! Todo es gris. No siento nada."
La abuela la miró con ternura y le dijo: "Emilia, mi pequeña arcoíris, las emociones son como las estaciones. A veces el sol brilla, a veces llueve, y a veces… a veces la nieve lo cubre todo. Pero incluso bajo la nieve, la primavera siempre está esperando."
Le preparó un té caliente con miel y le contó una historia sobre un árbol que había perdido sus hojas en invierno, pero que sabía que volverían a brotar en primavera. Después, la abuela le propuso un juego: "Vamos a buscar los colores perdidos. Pero no los buscaremos fuera, sino dentro de ti."
Empezaron por la alegría. La abuela le preguntó a Emilia qué cosas le hacían feliz. Emilia pensó en su perro, Max, en jugar a las escondidas con sus amigos, y en comer pastel de fresa. Poco a poco, un pequeño destello amarillo empezó a aparecer alrededor de sus ojos. La abuela la animó a recordar esos momentos con más detalle: el pelaje suave de Max, las risas de sus amigos, el sabor dulce del pastel. El amarillo se hizo más brillante, hasta que Emilia sintió una cálida sensación en el pecho. ¡La alegría estaba volviendo!
Luego, buscaron la tristeza. La abuela le preguntó a Emilia qué cosas la ponían triste. Emilia pensó en cuando se peleaba con su hermano, en cuando se caía y se raspaba la rodilla, y en cuando se le rompía un juguete. Al principio, el azul era muy tenue, casi imperceptible. Pero la abuela le dijo que estaba bien sentirse triste, que la tristeza era como la lluvia que limpia el aire. Le permitió llorar un poquito y la abrazó con fuerza. El azul se hizo más intenso, pero ya no era un azul apagado, sino un azul suave y reconfortante.
Después, abordaron el miedo. La abuela le preguntó a Emilia qué cosas le daban miedo. Emilia pensó en la oscuridad, en los monstruos debajo de la cama, y en los truenos. El naranja apareció tembloroso, pero la abuela le dijo que el miedo también podía ser útil, que la ayudaba a ser precavida. Le contó historias de valientes caballeros y heroínas que habían superado sus miedos. Emilia respiró hondo y visualizó a una heroína valiente. El naranja se hizo más fuerte, pero ya no era un naranja tembloroso, sino un naranja brillante que la impulsaba a ser valiente.
Finalmente, llegó el momento de la rabia. La abuela le preguntó a Emilia qué cosas la enfadaban. Emilia pensó en cuando le quitaban sus juguetes, en cuando no la dejaban hacer lo que quería, y en cuando la trataban injustamente. El rojo apareció furioso, pero la abuela le enseñó que la rabia podía ser como un motor que la impulsaba a defenderse. Le enseñó a respirar hondo y a expresar su enfado con palabras, no con gritos. Emilia practicó respirando hondo y diciendo: "No me gusta cuando…" El rojo se hizo más suave, pero seguía presente, recordándole que tenía derecho a defenderse.
Al final del día, Emilia se miró en el espejo. ¡Su rostro era un arcoíris! Ya no era el gris apagado de la mañana. Había recuperado sus colores, y con ellos, la capacidad de sentir todas sus emociones. Aprendió que todas las emociones son importantes, incluso las que a veces nos parecen desagradables. Y lo más importante, aprendió que siempre, siempre, podemos encontrar los colores dentro de nosotros mismos.
Emilia sonrió. El amarillo de la alegría iluminó toda la habitación. Sabía que a partir de ahora, cuando se sintiera gris, recordaría el juego con su abuela y buscaría el arcoíris dentro de su corazón.
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