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Daniel era un niño que adoraba el parque. No un parque cualquiera, sino el Parque del Cielo, con sus columpios que parecían tocar las nubes y su tobogán tan alto que daba cosquillas en la barriga solo de mirarlo. Pero Daniel se había mudado. Un nuevo barrio, una nueva casa, y la terrible sensación de extrañar su antiguo hogar y, sobre todo, a sus amigos.
En su antigua casa, todo olía a Lotus, las galletas favoritas de su abuela, y a talco, el que siempre usaba después del baño. Ahora, en su nueva habitación, solo olía a… nuevo. Era un olor extraño, sin recuerdos, sin abrazos de la abuela ni risas compartidas con sus amigos. ¡Cuánto los quería! A Sofía, que siempre le contaba historias de dragones, y a Miguel, que era un experto en construir castillos de arena.
Un día, su mamá le dijo: "Daniel, he escuchado que cerca de aquí hay un parque muy bonito. ¿Te gustaría ir?" Daniel no estaba muy convencido. ¿Podría algún parque ser tan especial como el Parque del Cielo? Pero no quería decepcionar a su mamá, así que asintió con la cabeza.
Al llegar, Daniel se sorprendió. No era el Parque del Cielo, pero tenía su propio encanto. Había un gran árbol con ramas que se extendían como brazos protectores, un arenero lleno de niños construyendo fortalezas, y un columpio que, aunque no llegaba a las nubes, se balanceaba con alegría.
Una niña de pelo rizado y ojos brillantes se acercó a Daniel. "Hola, me llamo Luna. ¿Quieres jugar con nosotros?" Daniel la miró tímidamente. No sabía qué decir. Extrañaba tanto a sus antiguos amigos que le costaba hacer nuevos. Pero Luna le sonrió con tanta calidez que Daniel sintió que podía confiar en ella.
"Me llamo Daniel," respondió, con una voz un poco temblorosa.
Luna lo llevó al arenero, donde Miguel, un niño con gafas y una sonrisa traviesa, estaba construyendo un castillo enorme. "¡Mira, Daniel! Estamos haciendo un castillo para defenderlo de los piratas!" exclamó Miguel.
Daniel se unió a ellos. Ayudó a construir las murallas, cavó fosos y colocó banderas en las torres. Poco a poco, la tristeza que sentía se fue desvaneciendo. Se dio cuenta de que, aunque extrañaba a sus antiguos amigos, también podía hacer nuevos.
Después de jugar en el arenero, Luna propuso ir a los columpios. Daniel se sentó en uno y comenzó a balancearse. Al principio, se balanceaba suavemente, pero poco a poco fue ganando impulso, hasta que sintió que volaba. Cerró los ojos y por un momento, imaginó que estaba de nuevo en el Parque del Cielo, balanceándose junto a Sofía y Miguel.
Pero al abrir los ojos, vio a Luna y Miguel riendo y gritando desde los otros columpios. Se dio cuenta de que no necesitaba estar en el Parque del Cielo para ser feliz. Podía encontrar la felicidad en cualquier lugar, siempre y cuando tuviera amigos con quienes compartirla.
De repente, sintió un olor dulce y familiar. Buscó a su alrededor y vio a una señora mayor sentada en un banco, abriendo un paquete de galletas. ¡Eran galletas Lotus! El aroma inundó el parque y transportó a Daniel a la cocina de su abuela. Sintió una punzada de nostalgia, pero esta vez no era una nostalgia triste, sino una nostalgia dulce, llena de recuerdos felices.
La señora le ofreció una galleta. "¿Te gustan las Lotus, jovencito?" preguntó con una sonrisa amable.
Daniel asintió con la cabeza y tomó la galleta. Al darle un mordisco, sintió que el aroma a Lotus se mezclaba con el aire fresco del parque, con las risas de Luna y Miguel, y con la promesa de nuevas aventuras.
Ese día, Daniel aprendió que extrañar no significa olvidar. Que querer a sus antiguos amigos no significa que no pueda querer a los nuevos. Y que, aunque el Parque del Cielo siempre tendrá un lugar especial en su corazón, también puede encontrar la magia en otros lugares, incluso en un parque desconocido.
Desde ese día, Daniel visitó el parque todos los días. Jugó con Luna y Miguel, construyó castillos de arena, se balanceó en los columpios y compartió galletas Lotus con la señora del banco. Y aunque siempre recordaría el Parque del Cielo y a sus antiguos amigos, supo que en este nuevo parque, con estos nuevos amigos, también podía ser feliz… siempre. El talco, ya no era tan importante, la amistad lo cubría todo.
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