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Gratis · elegí una vozEn un barrio lleno de casas coloridas y árboles altísimos, se escondía, entre glicinias en flor, una casa muy particular. Era la casa de Doña Emilia, una inventora un poco despistada pero con un corazón tan grande como su laboratorio. Este laboratorio no era uno cualquiera; era el "Laboratorio de Cosas Reales".
Doña Emilia no inventaba robots ni naves espaciales. ¡No! Ella se dedicaba a mejorar las cosas que ya existían. Una cuchara que siempre se caía, un paraguas que se rompía con el primer soplo de viento, o unos zapatos que siempre apretaban. Esas eran sus especialidades.
Un día, un niño llamado Martín, muy curioso y con una bicicleta con la rueda pinchada, se acercó a la casa de Doña Emilia. Había escuchado rumores sobre su laboratorio mágico y no pudo resistir la tentación de echar un vistazo.
"¡Buenos días!", gritó Martín, tímidamente, desde la puerta.
De repente, la puerta se abrió con un chirrido y apareció Doña Emilia, con el pelo revuelto y las gafas torcidas, cubierta de polvo de estrellas (que en realidad era harina, pero nadie lo sabía). "¡Ah, hola! ¿En qué puedo ayudarte?", preguntó, con una sonrisa cálida.
Martín le mostró su bicicleta. "Se me ha pinchado la rueda. ¿Podrías... podrías hacer algo?", preguntó, un poco avergonzado.
Doña Emilia examinó la rueda con atención. "¡Mmm, un pinchazo común! ¡No te preocupes, joven aventurero! En el Laboratorio de Cosas Reales, tenemos la solución".
Lo invitó a entrar. El laboratorio era un caos organizado. Había herramientas por todas partes, frascos llenos de líquidos de colores, cables colgando del techo y una máquina enorme que parecía un cruce entre un piano y una lavadora.
"¡Esta es mi máquina de arreglar cosas!", exclamó Doña Emilia, orgullosa. "La llamo El Remendón Cósmico."
Martín la miró con los ojos muy abiertos. Doña Emilia colocó la rueda pinchada en la máquina y comenzó a apretar botones y girar manivelas. La máquina emitió ruidos extraños: ¡clic, clac, bum, pshhhh! De repente, la máquina se detuvo.
"¡Listo!", anunció Doña Emilia. "He insertado un parche invisible y ultra resistente. ¡Esta rueda no se volverá a pinchar en la vida!".
Martín no se lo podía creer. Probó la bicicleta y ¡funcionaba a la perfección! Estaba tan contento que abrazó a Doña Emilia.
"¡Muchas gracias! ¡Eres increíble!", exclamó Martín.
Doña Emilia sonrió. "No es magia, Martín. Solo es un poco de ingenio y mucho cariño por las cosas que nos rodean".
Desde ese día, Martín se convirtió en el ayudante oficial de Doña Emilia. Juntos, arreglaron paraguas que no se rompían, cucharas que no se caían y zapatos que no apretaban. Incluso inventaron un sistema para que las flores del jardín de Doña Emilia siempre estuvieran orientadas hacia el sol.
Pero un día, un hombre malvado, el Señor Gruñón, se enteró del Laboratorio de Cosas Reales. El Señor Gruñón odiaba la felicidad y quería que todas las cosas del mundo fueran aburridas y grises. Decidió robar los inventos de Doña Emilia y convertirlos en objetos inútiles.
Una noche oscura y tormentosa, el Señor Gruñón entró en el laboratorio. Robó el Remendón Cósmico, el Parche Invisible y la fórmula para los Zapatos Cómodos. Huyó en su coche negro, riéndose malvadamente.
Cuando Doña Emilia y Martín descubrieron el robo, se sintieron muy tristes. Pero Doña Emilia, aunque un poco despistada, era muy valiente. "¡No podemos dejar que el Señor Gruñón se salga con la suya!", exclamó. "¡Tenemos que recuperar nuestros inventos!".
Así que Doña Emilia y Martín se subieron al triciclo gigante de Doña Emilia (que también había inventado) y persiguieron al Señor Gruñón. La persecución fue emocionante. Pasaron por calles empedradas, plazas llenas de palomas y puentes sobre ríos brillantes.
Finalmente, alcanzaron al Señor Gruñón en un parque abandonado. El Señor Gruñón estaba intentando destruir el Remendón Cósmico con un martillo gigante.
"¡Detente, Señor Gruñón!", gritó Doña Emilia.
El Señor Gruñón se giró, sorprendido. "¡Ja! ¿Qué vais a hacer, viejecita despistada?", se burló.
Entonces, Martín tuvo una idea. Recordó que Doña Emilia había inventado un spray que hacía cosquillas. Sacó el spray de su mochila y roció al Señor Gruñón. El Señor Gruñón empezó a reírse a carcajadas, sin poder parar.
Mientras el Señor Gruñón se retorcía de risa, Doña Emilia y Martín recuperaron el Remendón Cósmico, el Parche Invisible y la fórmula para los Zapatos Cómodos.
El Señor Gruñón, avergonzado y aún riendo, huyó del parque. Doña Emilia y Martín regresaron al laboratorio, victoriosos. Desde ese día, el Laboratorio de Cosas Reales fue aún más famoso y Doña Emilia y Martín siguieron mejorando el mundo, una cosa real a la vez.
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