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Gratis · elegí una vozTito, un niño de cinco años con un mechón rebelde siempre cayendo sobre sus ojos, amaba más que nada sus almohadas. Tenía una almohada suave como una nube para abrazar, una almohada con forma de estrella fugaz para soñar, y una almohada con estampados de dinosaurios para protegerlo de los monstruos debajo de la cama. Una noche, mientras Tito se acurrucaba con todas sus almohadas, sintió un cosquilleo en la nariz. Estornudó… ¡ACHÚS! …y de repente, todo a su alrededor se volvió borroso y esponjoso.
Cuando abrió los ojos, Tito no estaba en su cama. ¡Estaba parado en un campo hecho completamente de almohadas! Almohadas gigantescas, almohadas pequeñas, almohadas rayadas, almohadas con lunares… ¡era el País de las Almohadas! Un sendero de almohadas de plumas conducía a una ciudad que parecía construida con almohadas de todas las formas y tamaños. “¡Guau!”, exclamó Tito, con la boca abierta.
Un conejo de peluche con un parche en el ojo, llamado Salto, se acercó saltando. “¡Bienvenido al País de las Almohadas, Tito!”, dijo Salto con una voz suave como el susurro de una pluma. “Soy tu guía. El Rey Almohada te espera”.
Tito, emocionado y un poco nervioso, siguió a Salto por el sendero de plumas. A medida que avanzaban, vieron a otras criaturas hechas de peluche: osos, gatos y hasta un dragón diminuto, todos jugando y riendo entre las almohadas. Llegaron a la ciudad de Almohadonia, donde las casas eran grandes almohadas apiladas unas sobre otras. En el centro de la ciudad, sobre una enorme almohada de seda dorada, estaba sentado el Rey Almohada. Era un hombre corpulento con una barba de algodón y una corona hecha de retazos de tela suave.
“¡Bienvenido, Tito!”, dijo el Rey Almohada con una sonrisa amable. “Hemos estado esperando tu visita. Necesitamos tu ayuda”.
Tito se sintió importante. “¿Mi ayuda? ¿Qué puedo hacer?”, preguntó.
“La Pesadilla Peluda”, explicó el Rey Almohada con un suspiro, “está robando los sueños de los habitantes del País de las Almohadas. Cada noche, se escabulle y se lleva los sueños más hermosos, dejando a todos tristes y somnolientos”.
Tito frunció el ceño. “¡Eso no está bien! ¿Cómo podemos detenerla?”.
Salto intervino: “La Pesadilla Peluda odia las cosquillas. Si logramos hacerle cosquillas, soltará los sueños robados”.
Tito pensó por un momento. “¡Tengo una idea! Mis almohadas son expertas en cosquillas”.
Tito, Salto y el Rey Almohada se dirigieron a la guarida de la Pesadilla Peluda, una cueva oscura y llena de telarañas de hilo dental. Dentro, la Pesadilla Peluda, una criatura grande y peluda con ojos brillantes, estaba acurrucada sobre una montaña de sueños atrapados en burbujas brillantes.
Tito sacó su almohada de dinosaurios. “¡Almohada Dino, ataca!”, gritó. La almohada de dinosaurios, con un rugido suave, saltó sobre la Pesadilla Peluda y comenzó a hacerle cosquillas con sus pequeñas garras de fieltro. La Pesadilla Peluda soltó una risita ahogada.
Luego, Tito lanzó su almohada con forma de estrella fugaz. “¡Estrella Fugaz, cosquillas brillantes!”, ordenó. La almohada de estrella fugaz revoloteó alrededor de la Pesadilla Peluda, esparciendo polvo de estrellas que hacía cosquillas en su pelaje. La risa de la Pesadilla Peluda se hizo más fuerte.
Finalmente, Tito abrazó su almohada suave como una nube. “¡Almohada Nube, cosquillas suaves!”, susurró. La almohada Nube se deslizó debajo de la Pesadilla Peluda y comenzó a hacerle cosquillas en la barriga con sus bordes esponjosos. La Pesadilla Peluda estalló en una carcajada sonora.
La Pesadilla Peluda, incapaz de soportar más cosquillas, soltó todas las burbujas de sueños. Los sueños, liberados, volaron de regreso a los habitantes del País de las Almohadas, llenando sus corazones de alegría y esperanza. La Pesadilla Peluda, avergonzada, se encogió hasta convertirse en una pequeña mota de polvo y desapareció.
El Rey Almohada abrazó a Tito. “¡Lo hiciste, Tito! ¡Salvaste el País de las Almohadas!”.
Salto le dio a Tito un fuerte abrazo. “¡Eres un héroe!”.
Tito se sintió orgulloso. Pero de repente, sintió un cosquilleo en la nariz otra vez. Estornudó… ¡ACHÚS! …y todo a su alrededor se volvió borroso.
Cuando abrió los ojos, Tito estaba de vuelta en su cama, acurrucado con sus almohadas. ¿Había sido todo un sueño? Miró a su alrededor. La almohada de dinosaurios parecía un poco más desordenada, la almohada de estrella fugaz brillaba un poco más, y la almohada Nube olía ligeramente a polvo de estrellas. Tito sonrió. Sabía que su aventura en el País de las Almohadas había sido real. Abrazó sus almohadas con fuerza y se durmió, soñando con campos de almohadas, reyes amables y valientes conejos de peluche.
Desde esa noche, Tito siempre cuidó de sus almohadas. Sabía que eran más que simples objetos suaves; eran portales a un mundo mágico lleno de aventuras y sueños maravillosos.
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