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Gratis · elegí una vozFélix y Susana, dos pequeños futbolistas de Medellín, Colombia, amaban jugar al fútbol más que a nada en el mundo. Félix era rápido como un guepardo, y Susana tenía un tiro que hacía temblar las porterías. Vivían en un barrio colorido, rodeado de montañas verdes que a menudo se escondían entre las nubes.
Un día, durante un entrenamiento especial para las pruebas del equipo juvenil de Medellín, su entrenador, Don Alberto, los llevó a un campo de fútbol en las afueras de la ciudad, en una zona montañosa. El campo era hermoso, pero el cielo estaba gris y amenazante. "Hoy trabajaremos en la precisión bajo presión," anunció Don Alberto con una sonrisa.
Justo cuando comenzaban los ejercicios, una fuerte lluvia comenzó a caer. El viento soplaba con fuerza, haciendo que los árboles se balancearan de un lado a otro. Félix, en un intento de hacer un pase largo y espectacular a Susana, pateó el balón con tanta fuerza que salió volando por encima de la cerca del campo, desapareciendo en la espesa neblina que cubría la ladera de la montaña.
"¡Oh, no!" exclamó Félix, sintiéndose culpable. "¡El balón! Lo he perdido!"
Susana, siempre positiva, le puso una mano en el hombro. "No te preocupes, Félix. Lo encontraremos. ¡Es nuestro balón de la suerte!"
Don Alberto, viendo la determinación en los ojos de los niños, les dijo: "Tengan cuidado. La montaña puede ser peligrosa con esta lluvia. Lleven este silbato. Si se pierden, soplen fuerte y los buscaremos."
Félix y Susana se adentraron en la montaña. La lluvia les empapaba el pelo y la ropa, y el barro les dificultaba el camino. La niebla era tan densa que apenas podían ver unos metros adelante. "¡Balón! ¡Balón!" gritaban, pero solo el sonido del viento y la lluvia les respondía.
Después de caminar un rato, Susana tropezó con una raíz de un árbol y cayó. "¡Ay!" exclamó. Félix la ayudó a levantarse. "¿Estás bien, Susana?"
"Sí, solo me raspé la rodilla," respondió Susana, limpiándose el barro. De repente, escucharon un sonido extraño. Era un pequeño llanto que venía de entre los arbustos. Se acercaron con cuidado y descubrieron un pajarito, un colibrí, atrapado en una telaraña. Sus alas estaban cubiertas de barro y no podía volar.
Susana, con mucho cuidado, liberó al colibrí de la telaraña. Félix limpió suavemente sus alas con un pañuelo. El colibrí, agradecido, gorjeó suavemente y se posó en el dedo de Susana.
"¡Mira, Félix! Creo que nos está agradeciendo," dijo Susana, sonriendo. El colibrí voló unos metros y luego regresó, como si los estuviera guiando. Los niños lo siguieron, preguntándose a dónde los llevaría.
El colibrí los condujo a través de la niebla y la lluvia, hasta que llegaron a un pequeño claro. Allí, atrapado entre las ramas de un arbusto, ¡estaba el balón de fútbol!
"¡Lo encontramos!" gritó Félix, eufórico. "¡Lo encontramos gracias al colibrí!"
Susana abrazó a Félix. "¡Es verdad! Ayudar a otros siempre trae buena suerte." El colibrí voló alrededor de ellos, como celebrando su victoria.
De repente, escucharon el sonido de un silbato a lo lejos. Era Don Alberto, preocupado por su tardanza. Soplaron su propio silbato para indicarle dónde estaban.
Don Alberto llegó corriendo, aliviado de verlos sanos y salvos. "¡Estaba muy preocupado! ¿Están bien? ¿Encontraron el balón?"
Félix le mostró el balón. "¡Sí, Don Alberto! Y conocimos a un nuevo amigo." Señaló al colibrí, que seguía volando cerca de ellos.
Don Alberto sonrió. "Veo que la lluvia no solo les enseñó sobre precisión bajo presión, sino también sobre la importancia de la bondad y la amistad. Ahora, volvamos. Hace mucho frío y necesitamos calentarnos con un chocolate caliente."
De regreso en Medellín, Félix y Susana no solo se sentían orgullosos de haber encontrado el balón, sino también de haber ayudado al colibrí. Aprendieron que incluso en medio de la confusión y la lluvia, la bondad y la amistad siempre iluminan el camino, y que a veces, un pequeño acto de amabilidad puede llevarte a encontrar mucho más que un simple balón de fútbol.
Y desde ese día, Félix y Susana siempre recordaron su aventura en la montaña nublada, y cada vez que veían un colibrí, sonreían, recordando que incluso las cosas más pequeñas pueden marcar una gran diferencia.
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