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Gratis · elegí una vozTito era un niño pequeño, pero con un gran, gran sueño: ¡ser el mejor jugador de baloncesto del mundo! Vivía en un barrio lleno de calles estrechas y casas coloridas, donde el eco de los botes del balón era la banda sonora de cada tarde. Su baloncesto, un viejo Wilson naranja con la pintura descascarada, era su posesión más preciada.
Cada día, Tito dedicaba tiempo a practicar. Primero, driblaba entre las macetas de geranios de Doña Elena, la vecina más amable del barrio. Luego, intentaba encestar en una canasta improvisada que su papá había colgado en la pared del almacén de Don Ramón, el tendero. ¡A veces, la pelota terminaba dentro de la caja de plátanos! Don Ramón siempre sonreía y le devolvía el balón, diciéndole: "¡Sigue practicando, campeón! ¡Tienes madera de estrella!".
El trayecto a la cancha de baloncesto del parque era largo, casi una aventura. Tito tenía que cruzar la plaza principal, esquivar a los perros juguetones, y saltar sobre las raíces rebeldes de un viejo árbol. Pero él no se rendía. Sabía que cada paso, cada obstáculo, lo acercaba más a su sueño. El tiempo pasaba volando cuando estaba en la cancha. Se imaginaba que jugaba la final del campeonato, con miles de personas animándolo. Lanzaba, driblaba, hacía fintas, todo con la energía y la pasión de un verdadero campeón.
Un día, mientras Tito practicaba, un niño mayor, llamado Nico, se acercó. Nico era conocido por ser el mejor jugador del barrio. Siempre ganaba en los partidos callejeros y se creía invencible. "¡Ja! Miren al pequeño Tito jugando a ser estrella", se burló Nico. "Nunca llegarás a nada. Eres demasiado pequeño y lento".
Tito sintió que sus mejillas se ponían rojas. La burla de Nico lo hirió profundamente. Pensó en rendirse, en dejar de practicar y dedicarse a otra cosa. Pero luego, recordó las palabras de su papá: "Nunca dejes que nadie te diga que no puedes hacer algo. Si tienes un sueño, lucha por él con todas tus fuerzas".
Tito respiró hondo y miró a Nico a los ojos. "No me importa lo que digas", respondió Tito con voz temblorosa pero firme. "Voy a seguir practicando y voy a ser mejor que tú". Nico se rió a carcajadas y se fue, dejando a Tito solo en la cancha.
Esa noche, Tito no pudo dormir. Las palabras de Nico resonaban en su cabeza. Pero también recordaba las palabras de su papá y el apoyo de Don Ramón. Decidió que iba a demostrarle a Nico y a todos los demás que estaban equivocados. Al día siguiente, Tito comenzó a entrenar con más determinación que nunca. Practicaba durante horas, perfeccionando su dribling, su tiro y su velocidad. Incluso aprendió algunos trucos nuevos viendo videos en internet.
Pasaron las semanas y Tito mejoraba cada día. Su técnica se volvía más precisa, su velocidad aumentaba y su confianza crecía. Don Ramón lo veía entrenar desde la tienda y le daba ánimos. Doña Elena le ofrecía limonada fresca después de sus largas sesiones de práctica. Poco a poco, la gente del barrio comenzó a notar el cambio en Tito.
Un día, Nico volvió a la cancha. Se sorprendió al ver a Tito entrenando con tanta intensidad. "¿Sigues aquí, pequeño?", preguntó Nico con una sonrisa burlona. "¿Crees que has mejorado algo?". Tito sonrió. "¿Quieres comprobarlo?", respondió Tito. Nico aceptó el desafío y los dos niños comenzaron a jugar un partido. Al principio, Nico llevaba la delantera, utilizando su tamaño y fuerza para dominar a Tito. Pero Tito no se rindió. Utilizó su agilidad y velocidad para esquivar a Nico y anotar puntos.
El partido fue muy reñido. Los dos niños jugaron con todas sus fuerzas. Al final, el marcador estaba empatado. El último tiro decidiría el ganador. Nico intentó bloquear a Tito, pero Tito fue más rápido. Saltó y lanzó el balón. La pelota voló por el aire, describiendo una curva perfecta antes de entrar limpiamente por el aro. ¡Canasta! Tito había ganado.
Nico quedó sorprendido y avergonzado. Se acercó a Tito y le extendió la mano. "Bien jugado, Tito", dijo Nico. "Eres mucho mejor de lo que pensaba". Tito le estrechó la mano a Nico y le sonrió. "Gracias, Nico", respondió Tito. "Pero aún tengo mucho que aprender".
Desde ese día, Nico y Tito se hicieron amigos y entrenaban juntos en la cancha. Tito demostró que con esfuerzo, dedicación y perseverancia, cualquier sueño es posible. Y su baloncesto, aquel viejo Wilson naranja, se convirtió en un símbolo de su determinación y su amistad. El tiempo, que antes parecía un enemigo, ahora era su aliado, impulsándolo cada día hacia su meta: ser el mejor jugador de baloncesto, no solo del barrio, ¡sino del mundo!
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