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Gratis · elegí una vozYo soy el Banco Parlanchín, y he visto a todos los niños del Parque de las Burbujas. Recuerdo sus risas, sus juegos y sus secretos compartidos. Pero uno en particular siempre me quedó grabado en la memoria: Leo. Leo se fue hace mucho, cuando era un niño diminuto con un parche en el ojo y un dragón de felpa llamado Ignacio. Siempre estaban juntos, explorando cada rincón del parque con una imaginación desbordante.
Veinte años después, ¡puf!, Leo regresó. Pero no era el niño diminuto que recordaba. Era ¡altísimo! Sus hombros eran anchos y su rostro, aunque amable, tenía una seriedad que no recordaba haber visto en él. Su dragón de felpa, Ignacio, también volvió, ¡pero ahora era un dragón de verdad, con escamas azules brillantes y un aliento que olía a canela! Era un dragón amigable, aunque imponente.
Leo se sentó en mí, el viejo Banco Parlanchín. Sus rodillas tocaban su barbilla. Se veía triste, muy triste. Se puso a llorar. Grandes lágrimas rodaban por sus mejillas. "Todo es tan serio ahora, Ignacio," susurró, con la voz entrecortada por el llanto. "El trabajo, las responsabilidades… ¡Extraño la magia! Extraño la época en que todo era posible con solo un poco de imaginación."
Ignacio, el dragón, sopló un poco de humo que olía a galletas recién horneadas. El humo formó pequeñas burbujas que flotaron suavemente alrededor de Leo. "La magia nunca se fue, Leo. ¡Está escondida en los árboles, esperando ser redescubierta! Solo necesitas mirar con el corazón."
Y entonces, como si Ignacio hubiera pronunciado las palabras mágicas, el árbol de al lado, que era un Pino Bromista famoso por sus travesuras, se despertó. El Pino Bromista siempre estaba haciendo bromas; era su forma de mostrar afecto. Normalmente, tiraba piñas a la gente, pero esta vez, ¡decidió ser más creativo! Despidió un objeto brillante y colorido directo a Leo.
¡Era un cono de helado gigante! De fresa y chocolate, con una cereza encima. Pero este cono no era ordinario. Al tocar la mano de Leo, ¡puf!, se transformó en una varita mágica llena de chispas de arcoíris. La varita emitía un sonido alegre, como el tintineo de campanitas.
Leo se rió a carcajadas. Era una risa contagiosa, una risa que hacía eco en todo el parque. Una risa que el Banco Parlanchín no había escuchado en mucho tiempo. "¡Ignacio, tenías razón! ¡La magia sigue aquí!" exclamó Leo, agitando la varita de arcoíris. Chispas de colores danzaron a su alrededor, iluminando su rostro con alegría.
Con la varita en la mano, Leo miró a su alrededor. El Parque de las Burbujas parecía diferente. Los árboles brillaban con una luz especial, las flores cantaban melodías alegres y las ardillas jugaban al escondite con mariposas gigantes.
Leo agitó la varita hacia el Banco Parlanchín. De repente, el banco empezó a brillar y a contar historias de los niños que se habían sentado en él a lo largo de los años. Historias de amistad, de aventuras y de sueños.
Luego, Leo vio a una niña pequeña sentada sola en un columpio. Estaba triste y con la mirada perdida. Leo se acercó a ella con Ignacio a su lado.
"Hola," dijo Leo con una sonrisa. "¿Por qué estás tan triste?"
La niña levantó la vista, sorprendida. "No tengo amigos," susurró.
Leo le tendió la varita de arcoíris. "Aquí tienes. Usa esto para encontrar la magia que te rodea. Verás que la amistad está en todas partes, solo tienes que abrir tu corazón."
La niña tomó la varita y la agitó tímidamente. De repente, el columpio en el que estaba sentada se transformó en un caballo alado. La niña, con una sonrisa radiante, se subió al caballo alado y voló por todo el parque, haciendo nuevos amigos en el camino.
Leo, junto con Ignacio, continuó explorando el Parque de las Burbujas, compartiendo la magia con todos los que la necesitaban. Aprendió que la magia no era algo que se perdía con el tiempo, sino algo que siempre estaba presente, esperando ser redescubierto. Solo necesitaba un poco de fe, un dragón azul con aliento a canela y un Banco Parlanchín que recordara los buenos tiempos. Y, por supuesto, un Pino Bromista dispuesto a lanzar un cono de helado mágico.
Desde ese día, Leo visitó el Parque de las Burbujas con frecuencia, siempre buscando nuevas formas de compartir la magia con los demás. Y el Banco Parlanchín, yo, seguí observando, feliz de ver la alegría y la imaginación florecer una vez más en el parque. Porque, después de todo, la magia nunca se fue. Simplemente, a veces, necesita un pequeño empujón para volver a brillar.
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