Cuento corto para niños

El Banquete Olvidado de la Gallinita Trabajadora

Una gallina es invitada a un banquete pero termina haciendo todo el trabajo sin recibir reconocimiento. Los otros animales solo la recuerdan cuando la necesitan, hasta que descubren la triste verdad sobre su vida y aprenden una valiosa lección sobre la importancia de la gratitud y la empatía.

A partir de: Una Vaca invitó a sus amigos a un banquete "No voy a aportar nada porque ya estoy prestando mi casa", dijo. El Perro habló: “El otro día encontré un hueso que todavía tiene un poco de carne, lo voy a llevar.” El Burro también se comprometió: “Yo llevaré un poco de queso que robé de la granja.” Todos miraron a la Gallina, esperando escuchar su contribución. “Bueno… el resto lo pongo yo, ¿verdad?” respondió la Gallina, tímidamente. “Es decir, la leña, el maíz, los frijoles y la mano de obra. Todo eso lo hago yo…” tartamudeó agachando la cabeza. El día del banquete, la Gallina llegó temprano, cansada, cargando la leña y con un machete en la mano. Estaba sudada, arrastrando el maíz y los frijoles. Era muchísimo trabajo para ella sola. Y al momento de poner la sal en los frijoles, sin querer, se le fue un poco la mano y quedaron salados. Los invitados llegaron en la noche, cuando ya estaba todo listo. El Burro entregó el queso rancio, la Gallina le sirvió un plato grande y, al probar los frijoles, se quejó: “¿Qué has hecho, Gallina? ¡Esto es pura sal!” La Gallina sintió vergüenza y pidió perdón, ocultó sus ganas de llorar con una gran sonrisa. Después llegó el Perro con un hueso que, de tanto morderlo, era puro pellejo, lo puso a un lado. La Gallina le sirvió un plato bien grande, y al probar los frijoles salados reclamó igual que el burro: “Esto está feo, pensé que sabías cocinar.” La única que no se quejó fue la Vaca, porque rebajó la sal con un poco de leche. La Gallina, triste, corrió a su casa y trajo más frijoles. Esta vez los sazonó con cuidado, con la sal exacta. El Burro y el Perro se sirvieron dos veces, quedaron felices y satisfechos, al igual que la Vaca, pero ninguno se acordó de darle las gracias a la Gallina. Toda la fiesta, la Gallina se la pasó en la cocina trabajando, mientras los demás afuera reían y contaban chistes, sin siquiera notar su ausencia. Cuando la fiesta terminó, los animales se fueron uno a uno, se despidieron entre ellos, pero nadie entró a despedirse de la Gallina que seguía en la cocina. Cansada, salió para pasar tiempo con los demás, pero no encontró a nadie. Hambrienta, buscó algo para comer, pero solo quedaban un poco de frijoles quemados y secos en el fondo de la olla. Tragó saliva y comenzó a lavar los platos y a limpiar el desastre que dejaron. Esto pasaba en todas las fiestas. Los animales llegaban, comían, se divertían y nunca recordaban a la Gallina. No sentían su ausencia porque siempre estaba en la cocina dándoles todo. Hasta que cierto día la Gallina no estuvo. Ese día, esperaron que alguien sirviese la comida y la mesa seguía vacía. No había frijoles sabrosos, ni quien cocinara tan rico. Hambrientos y aburridos, por primera vez la recordaron y salieron a buscarla. No porque la extrañaban, sino porque necesitaban quién los atienda. “Vamos a su casa.” “¿Sabes dónde vive?” Ninguno sabía dónde encontrarla. Después de caminar y caminar, pasaron frente a una cueva fría y oscura. Desde el fondo, escucharon la voz de la Gallina, que repetía: “Perdón, mamá, perdón, papá. Solo quería proteger a la familia.” Esas fueron sus últimas palabras. Los animales entraron para hablar con ella, pero ella no reaccionaba. Una Cabra los observaba desde afuera, y los animales la interrogaron. “¿Eras amiga de la Gallina?” “¿Qué le pasó?” “¿No tenía casa y familia?” La Cabra suspiró y respondió: “¿De verdad no lo saben? Todo este tiempo ha trabajado en silencio para ustedes y ni siquiera sabían que no tenía hogar.” Los miró fijamente. “¿Qué clase de amigos son ustedes? ¿Nunca le preguntaron nada sobre su vida?” La Vaca, el Perro y el Burro intercambiaron miradas sin saber qué decir. La Cabra les contó lo ocurrido: “La Gallina vivía feliz en una granja, junto a sus seres queridos, pero un día, una serpiente entró al gallinero. Ella luchó contra él para defender a su familia, mientras sus hermanos y padres se escondieron. La serpiente la mordió, y en lugar de agradecerle, su familia la echó porque estaba infectada con el veneno. Desde entonces, se quedó sola en esa cueva. Mientras ella se preocupaba por ustedes, nadie se preocupaba por ella. Les daba alegría y amor, pero por las noches solo se escuchaba su llanto.” La Vaca, el Perro y el Burro abrieron sus ojos asombrados. La Cabra continuó: “Ella entró en una depresión profunda, y quiso dejarse morir, pero yo la estoy cuidando, haré que vuelva a ser la misma de antes. Y no volverá a trabajar gratis para ustedes.” Así como la Gallina de esta historia, hay muchas personas que hacen todo por los demás, personas que cargan con problemas ajenos, mientras sus propias vidas se caen a pedazos. Personas que te muestran su mejor sonrisa, pero tienen el alma rota. Se dejan en segundo lugar por ver a los otros felices. Están siempre dispuestas a darle la mano a quien lo necesite, pero nunca reciben un simple "Gracias" o un "¿Cómo estás?" Si tú eres esa persona, ámate y valórate. Solo tú conoces el peso de tu dolor, lucha y recuerda ponerte a ti en primer lugar. No cargues el peso del resto, no te enfermes por ayudar a quienes no lo valoran, no te hundas. No naciste para complacer a nadie. La vida es una sola: ríe, ama, vive con intensidad, respétate y, sobre todo, trata de ser feliz.

Empezar a leerPublicado el 14/04/2026

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Una Vaca invitó a sus amigos a un banquete. "No voy a aportar nada porque ya estoy prestando mi casa", dijo.

El Perro habló: “El otro día encontré un hueso que todavía tiene un poco de carne, lo voy a llevar.”

El Burro también se comprometió: “Yo llevaré un poco de queso que robé de la granja.”

Todos miraron a la Gallina, esperando escuchar su contribución.

“Bueno… el resto lo pongo yo, ¿verdad?” respondió la Gallina, tímidamente. “Es decir, la leña, el maíz, los frijoles y la mano de obra. Todo eso lo hago yo…” tartamudeó agachando la cabeza.

El día del banquete, la Gallina llegó temprano, cansada, cargando la leña y con un machete en la mano. Estaba sudada, arrastrando el maíz y los frijoles. Era muchísimo trabajo para ella sola. Y al momento de poner la sal en los frijoles, sin querer, se le fue un poco la mano y quedaron salados.

Los invitados llegaron en la noche, cuando ya estaba todo listo. El Burro entregó el queso rancio, la Gallina le sirvió un plato grande y, al probar los frijoles, se quejó: “¿Qué has hecho, Gallina? ¡Esto es pura sal!”

La Gallina sintió vergüenza y pidió perdón, ocultó sus ganas de llorar con una gran sonrisa.

Después llegó el Perro con un hueso que, de tanto morderlo, era puro pellejo, lo puso a un lado. La Gallina le sirvió un plato bien grande, y al probar los frijoles salados reclamó igual que el burro: “Esto está feo, pensé que sabías cocinar.”

La única que no se quejó fue la Vaca, porque rebajó la sal con un poco de leche.

La Gallina, triste, corrió a su casa y trajo más frijoles. Esta vez los sazonó con cuidado, con la sal exacta. El Burro y el Perro se sirvieron dos veces, quedaron felices y satisfechos, al igual que la Vaca, pero ninguno se acordó de darle las gracias a la Gallina. Toda la fiesta, la Gallina se la pasó en la cocina trabajando, mientras los demás afuera reían y contaban chistes, sin siquiera notar su ausencia.

Cuando la fiesta terminó, los animales se fueron uno a uno, se despidieron entre ellos, pero nadie entró a despedirse de la Gallina que seguía en la cocina. Cansada, salió para pasar tiempo con los demás, pero no encontró a nadie. Hambrienta, buscó algo para comer, pero solo quedaban un poco de frijoles quemados y secos en el fondo de la olla. Tragó saliva y comenzó a lavar los platos y a limpiar el desastre que dejaron.

Esto pasaba en todas las fiestas. Los animales llegaban, comían, se divertían y nunca recordaban a la Gallina. No sentían su ausencia porque siempre estaba en la cocina dándoles todo. Hasta que cierto día la Gallina no estuvo. Ese día, esperaron que alguien sirviese la comida y la mesa seguía vacía. No había frijoles sabrosos, ni quien cocinara tan rico. Hambrientos y aburridos, por primera vez la recordaron y salieron a buscarla. No porque la extrañaban, sino porque necesitaban quién los atienda.

“Vamos a su casa.”

“¿Sabes dónde vive?”

Ninguno sabía dónde encontrarla.

Después de caminar y caminar, pasaron frente a una cueva fría y oscura. Desde el fondo, escucharon la voz de la Gallina, que repetía: “Perdón, mamá, perdón, papá. Solo quería proteger a la familia.” Esas fueron sus últimas palabras.

Los animales entraron para hablar con ella, pero ella no reaccionaba. Una Cabra los observaba desde afuera, y los animales la interrogaron.

“¿Eras amiga de la Gallina?”

“¿Qué le pasó?”

“¿No tenía casa y familia?”

La Cabra suspiró y respondió: “¿De verdad no lo saben? Todo este tiempo ha trabajado en silencio para ustedes y ni siquiera sabían que no tenía hogar.” Los miró fijamente. “¿Qué clase de amigos son ustedes? ¿Nunca le preguntaron nada sobre su vida?”

La Vaca, el Perro y el Burro intercambiaron miradas sin saber qué decir. La Cabra les contó lo ocurrido:

“La Gallina vivía feliz en una granja, junto a sus seres queridos, pero un día, una serpiente entró al gallinero. Ella luchó contra él para defender a su familia, mientras sus hermanos y padres se escondieron. La serpiente la mordió, y en lugar de agradecerle, su familia la echó porque estaba infectada con el veneno. Desde entonces, se quedó sola en esa cueva. Mientras ella se preocupaba por ustedes, nadie se preocupaba por ella. Les daba alegría y amor, pero por las noches solo se escuchaba su llanto.”

La Vaca, el Perro y el Burro abrieron sus ojos asombrados. La Cabra continuó:

“Ella entró en una depresión profunda, y quiso dejarse morir, pero yo la estoy cuidando, haré que vuelva a ser la misma de antes. Y no volverá a trabajar gratis para ustedes.”

Así como la Gallina de esta historia, hay muchas personas que hacen todo por los demás, personas que cargan con problemas ajenos, mientras sus propias vidas se caen a pedazos. Personas que te muestran su mejor sonrisa, pero tienen el alma rota. Se dejan en segundo lugar por ver a los otros felices. Están siempre dispuestas a darle la mano a quien lo necesite, pero nunca reciben un simple "Gracias" o un "¿Cómo estás?" Si tú eres esa persona, ámate y valórate. Solo tú conoces el peso de tu dolor, lucha y recuerda ponerte a ti en primer lugar. No cargues el peso del resto, no te enfermes por ayudar a quienes no lo valoran, no te hundas. No naciste para complacer a nadie. La vida es una sola: ríe, ama, vive con intensidad, respétate y, sobre todo, trata de ser feliz.

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Publicado el 14/04/2026

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