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Gratis · elegí una vozEl pequeño astronauta, llamado Tito, tenía solo un año, pero una curiosidad del tamaño de un cohete espacial. Tito no gateaba, ¡él volaba! Bueno, con la ayuda de su pañal-cohete especial, que su Mamá Estrella le había diseñado. Un día, mientras exploraba el sistema solar en su cuna-nave espacial, Tito encontró un planeta nuevo, brillante y lleno de colores que nunca había visto antes. El planeta se llamaba Risilandia, y brillaba con una luz rosa suave.
"¡Guau!" balbuceó Tito, ajustando su casco burbuja. "¡A Risilandia voy!"
Con un pequeño empujón de sus piececitos, el pañal-cohete de Tito lo impulsó hacia el planeta. El aterrizaje fue un poco… brusco. La cuna-nave espacial de Tito hizo un pequeño "¡plof!" en una pradera de flores que cantaban. Sí, ¡cantaban! Las flores de Risilandia cantaban canciones alegres en un idioma burbujeante y feliz.
Tito salió de su cuna-nave, gateando (¡por primera vez!) hacia una flor que cantaba una melodía especialmente pegadiza. La flor era grande y morada, con pétalos que brillaban como purpurina. Cuando Tito la tocó, la flor emitió una risita suave.
De repente, un grupo de criaturas extrañas pero adorables salió de entre las flores. Eran pequeños, redondos y cubiertos de pelusa de colores. Tenían grandes ojos amigables y narices que hacían burbujas. Se llamaban los Risitos, y eran los habitantes de Risilandia.
Uno de los Risitos, el más pequeño y peludo de todos, se acercó a Tito. Tenía la pelusa color arcoíris y una sonrisa enorme. "¡Glu glu!" dijo el Risito, extendiendo una manita cubierta de pelusa.
Tito, aunque un poco asustado al principio, no pudo resistirse a la sonrisa del Risito. "¡Ga ga!" respondió Tito, agarrando la manita del Risito.
Inmediatamente, los otros Risitos se acercaron, ofreciendo a Tito frutas brillantes y jugosas que parecían caramelos gigantes. Tito probó una fruta naranja que sabía a risa. ¡De verdad! Cada mordisco hacía que Tito soltara una carcajada.
Los Risitos llevaron a Tito a recorrer Risilandia. Le mostraron cascadas de chocolate caliente, montañas de algodón de azúcar y lagos llenos de gelatina de fresa. Tito se deslizó por los toboganes de caramelo, nadó en la gelatina de fresa (con su pañal-cohete, por supuesto) y comió hasta reventar.
Pero lo mejor de todo era que los Risitos siempre estaban riendo. Su risa era contagiosa, y Tito no tardó en unirse a ellos. Jugaron a perseguir mariposas de caramelo, construyeron castillos de galletas y se escondieron entre las flores cantantes.
Un Risito especialmente travieso, llamado Pip, le enseñó a Tito a hacer burbujas con su nariz. Al principio, Tito solo conseguía hacer babas, pero Pip, con mucha paciencia, le mostró cómo inhalar el aire de las flores cantantes y exhalarlo suavemente. ¡Finalmente, Tito hizo una burbuja brillante y translúcida! Los Risitos aplaudieron con entusiasmo.
Después de un día entero de diversión y risas, Tito empezó a sentirse cansado. Bostezó, y su pañal-cohete empezó a parpadear. Era hora de volver a casa.
Los Risitos se pusieron tristes al ver que Tito se iba. Pip le regaló a Tito una flor cantarina especial, una flor que cantaba canciones de cuna suaves y relajantes. "¡Glu glu!" dijo Pip, abrazando a Tito con su pelusa suave.
Tito abrazó a Pip de vuelta. "¡Ga ga!" respondió Tito, prometiéndole a Pip que volvería a visitarlo pronto.
Con un pequeño empujón de su pañal-cohete, Tito despegó de Risilandia, dejando atrás a sus nuevos amigos Risitos. Miró hacia atrás y vio a los Risitos despidiéndose con las manos llenas de pelusa.
De vuelta en su cuna-nave espacial, Tito se acurrucó con la flor cantarina y escuchó su suave melodía. Pensó en todas las aventuras que había vivido en Risilandia, en las risas, los juegos y los nuevos amigos que había hecho.
Cuando Mamá Estrella encontró a Tito, estaba profundamente dormido, con una sonrisa en la cara. La flor cantarina seguía cantando suavemente, llenando la cuna-nave espacial con una atmósfera de alegría y felicidad. Mamá Estrella sonrió. Sabía que Tito había tenido una aventura maravillosa en el planeta de las sonrisas.
Al día siguiente, Tito se despertó y balbuceó: "¡Risi! ¡Glu Glu!" Mamá Estrella supo que Tito no olvidaría jamás su viaje a Risilandia, el planeta de las sonrisas, y que siempre llevaría en su corazón la alegría y la amistad de los Risitos.
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