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En el pequeño y vibrante salón de clases de la Escuela del Roble, un grupo de niñas entusiastas planeaba la aventura más emocionante del año: un campamento bajo las estrellas en el Bosque Susurrante. Con mapas desplegados sobre los pupitres y linternas de colores, discutían dónde armar las tiendas de campaña y cuántos malvaviscos llevar. Sin embargo, no muy lejos de allí, un niño llamado Hugo, quien se hacía llamar a sí mismo “El Divertido” por sus constantes travesuras, escuchaba con atención mientras tramaba un plan para arruinar la paz de las exploradoras.
—Tengan mucho cuidado, niñas —dijo Hugo con una sonrisa burlona mientras se acercaba al grupo—. He oído que en ese bosque ronda una criatura espantosa por las noches. Un monstruo de garras largas y ojos brillantes que no deja dormir a nadie. Yo de ustedes, me quedaría en casa viendo dibujos animados.
Las niñas lo miraron con escepticismo, pero Hugo ya tenía todo planeado. Había conseguido un disfraz de monstruo impresionante: una enorme botarga de pelo sintético color verde musgo, con cuernos de plástico y una máscara que intimidaría a cualquiera. El viernes por la noche, mientras las niñas instalaban su campamento cerca de un claro, Hugo se internó en la espesura del bosque cargando su pesado disfraz.
Pronto se dio cuenta de un problema: la noche era inusualmente cálida y el disfraz de peluche era sofocante. Además, la estructura del traje era rígida e incómoda, lo que le impedía moverse con la agilidad necesaria para trepar árboles y esconderse rápidamente. Determinado a no rendirse, Hugo divisó un gran roble centenario. Con una idea audaz, decidió despojarse de toda su ropa para evitar el calor excesivo. Se quedó completamente desnudo, trepó al árbol con la destreza de un mono y escondió sus prendas en una horquilla alta de las ramas, lejos de cualquier mirada curiosa. Luego, bajó con cuidado, se enfundó en el caluroso disfraz de monstruo y esperó el momento perfecto.
Las niñas habían decidido explorar el bosque en tres pequeños grupos para recolectar leña y observar la naturaleza nocturna. El primer grupo caminaba cerca del arroyo cuando, de repente, un rugido gutural rompió el silencio. Hugo saltó desde detrás de un arbusto, agitando sus garras de plástico. Las niñas gritaron de sorpresa y corrieron hacia las tiendas de campaña. Hugo, riendo por lo bajo dentro de la máscara, huyó hacia otra dirección para interceptar al segundo grupo. La escena se repitió poco después: un susto repentino, gritos de asombro y una huida veloz hacia la seguridad del fuego.
Sin embargo, el tercer grupo era diferente. Estaba compuesto por Valeria y Sofía, dos niñas conocidas por su valentía y curiosidad. Cuando el "monstruo" apareció frente a ellas, en lugar de entrar en pánico absoluto, notaron algo extraño en la forma en que el ser se movía. En lugar de correr hacia el campamento, se ocultaron detrás de un denso matorral de helechos y decidieron seguir a la criatura a una distancia prudente.
Siguieron al monstruo hasta el gran roble. Allí, ocultas entre las sombras, presenciaron una escena hilarante. Hugo, creyéndose solo y victorioso, comenzó a forcejear con el disfraz. Al quitárselo, soltó una carcajada triunfal: —¡Soy un genio! ¡Las asusté a todas! —exclamó. Las niñas tuvieron que taparse la boca con las manos para no soltar una carcajada, pues al quitarse el traje, Hugo quedó nuevamente al descubierto, totalmente desnudo bajo la luz de la luna. Lo vieron trepar al árbol para recuperar su ropa, pero en su torpeza, al intentar descolgarla, las prendas se le resbalaron de las manos y cayeron al suelo.
Justo cuando Hugo se disponía a bajar para vestirse, Valeria y Sofía salieron de su escondite riendo a carcajadas. Hugo, asustado por la aparición repentina, se quedó paralizado en una rama baja. Rojo de la vergüenza, intentó cubrirse con unas hojas grandes que encontró a mano y les gritó que se marcharan de inmediato. Las niñas, con un brillo travieso en los ojos, no solo se fueron, sino que recogieron rápidamente el disfraz de monstruo y toda la ropa de Hugo, dejándolo atrapado y desprotegido en el árbol.
Pasó el tiempo y el frío de la noche empezó a calar. Hugo, dándose cuenta de que no podía volver a casa cruzando el pueblo sin ropa, tomó una decisión desesperada. Usó dos ramas frondosas para cubrirse, una por delante y otra por detrás, y caminó con paso vacilante hacia el campamento de las niñas para suplicar que le devolvieran sus cosas.
Cuando llegó al círculo de la fogata, todas las niñas ya estaban allí, advertidas por Valeria y Sofía. Al ver aparecer al "temible monstruo" convertido en un niño asustado cubierto solo por ramas, el bosque entero pareció retumbar con las risas de las niñas. Eran las dueñas de la situación.
—¡Oh, miren! Es el monstruo del bosque —dijo Valeria con tono burlón.
—Por favor, devuélvanme mi ropa —pidió Hugo, intentando mantener las ramas en su lugar.
Sofía señaló un rincón oscuro, lejos del calor del fuego: —Tu ropa y tu disfraz están allá, junto a ese arbusto espinoso. Pero hay una condición. No vamos a dejar que te acerques a ella hasta que dejes a un lado esas ramas. Queremos estar seguras de que el "gran bromista" aprenda su lección delante de todas.
Sin más remedio y temblando de frío y pena, Hugo tuvo que soltar las ramas. Caminó lo más rápido que sus piernas le permitieron hacia el montón de ropa, mientras todas las niñas, divertidas, lo seguían con el haz de luz de sus linternas, iluminando su apresurada retirada. Se vistió en un tiempo récord detrás del arbusto, sintiendo que cada risa era un recordatorio de su plan fallido.
Desde esa noche, el apodo de Hugo cambió para siempre. Ya nadie lo llamaba “El Divertido”. En el salón de clases y en todo el colegio, pasó a ser conocido como “El Desvestido”. Cada vez que intentaba contar una broma, alguien mencionaba el campamento y el gran roble, recordándole que, en el Bosque Susurrante, las niñas no solo eran valientes, sino que también sabían cómo dar la mejor lección a un bromista que se pasa de la raya.
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