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Había una vez, en una granja soleada, un burrito llamado Bernardo. Bernardo era, bueno, un poquito vago. No le gustaba nada trabajar. Prefería pasar el día echado a la sombra de un árbol, soñando con zanahorias gigantes y pasteles de alfalfa. Cada vez que el granjero le pedía que cargara sacos de trigo o ayudara a arar el campo, Bernardo ponía una cara larga y suspiraba profundamente. ¡El trabajo era la peor cosa del mundo, según él!
Un día, cansado de tanto trabajo, Bernardo decidió que ya era suficiente. "¡Me voy!", pensó. "¡Buscaré un lugar donde pueda ser feliz sin tener que trabajar!". Y así, aprovechando un descuido del granjero, Bernardo saltó la cerca y escapó de la granja.
Al principio, Bernardo se sintió muy liberado. ¡Por fin era libre! Corrió por los campos, sintiendo el viento en su pelaje. Pero a medida que pasaban las horas, la alegría inicial se fue desvaneciendo. Se dio cuenta de que estaba solo. No tenía a nadie con quien hablar, con quien compartir sus zanahorias imaginarias. La noche cayó, y Bernardo se sintió triste y asustado. Extrañaba, aunque no lo admitiera, la compañía de los otros animales de la granja.
Mientras caminaba sin rumbo por un sendero polvoriento, Bernardo escuchó un ladrido. Asustado, se escondió detrás de un arbusto. Un momento después, un perro pequeño y flaco apareció corriendo por el sendero. El perro parecía tan perdido y triste como Bernardo.
"¿Quién eres?", preguntó Bernardo, saliendo de su escondite.
El perro se sobresaltó. "Me llamo Firulais", respondió. "Me escapé de mi casa porque me sentía solo. Mis dueños siempre estaban ocupados y no tenían tiempo para jugar conmigo".
Bernardo sintió un poco de empatía por Firulais. Él también se sentía solo. "Yo soy Bernardo", dijo. "También me escapé. No me gustaba trabajar en la granja".
Firulais movió la cola. "Tal vez podríamos viajar juntos", sugirió. "Así no estaríamos tan solos".
Bernardo lo pensó por un momento. La idea de tener compañía no sonaba tan mal. "Está bien", dijo. "Viajaremos juntos".
Y así, Bernardo y Firulais continuaron su camino juntos. Al poco tiempo, escucharon un maullido lastimero. Se acercaron a investigar y encontraron a un gato pequeño y peludo sentado en la rama de un árbol.
"¿Qué te pasa?", preguntó Bernardo.
El gato bajó del árbol y se frotó contra la pierna de Bernardo. "Me llamo Minino", dijo. "Me perdí y no sé cómo volver a casa. Tengo mucha hambre".
Bernardo y Firulais sintieron pena por Minino. Compartieron su comida con él y lo invitaron a unirse a su viaje.
"Gracias", dijo Minino. "Estaré feliz de viajar con ustedes".
Los tres amigos continuaron su camino, sintiéndose un poco más felices con la compañía del otro. Pero aún faltaba algo. Se sentían perdidos y sin rumbo.
Una mañana, mientras caminaban por un campo, escucharon un fuerte canto. "¡Kikiriki!", cantaba un gallo con todas sus fuerzas.
"¿Qué es ese ruido?", preguntó Firulais, asustado.
"Es un gallo", respondió Bernardo. "Vamos a ver qué quiere".
Se acercaron al gallo y lo encontraron parado en la cima de una pequeña colina. El gallo parecía muy orgulloso y seguro de sí mismo.
"¿Quiénes son ustedes?", preguntó el gallo.
"Somos Bernardo, Firulais y Minino", respondió Bernardo. "Estamos viajando juntos porque no nos sentíamos felices donde estábamos".
El gallo los miró con curiosidad. "Yo me llamo Claudio", dijo. "Soy el gallo de una granja cercana. Me escapé porque me aburría de cantar siempre a la misma hora. Quería ver el mundo".
Bernardo, Firulais y Minino se miraron entre sí. Se dieron cuenta de que Claudio era igual que ellos. Todos buscaban algo más en la vida.
"Tal vez podríamos viajar juntos", sugirió Minino.
Claudio sonrió. "Me encantaría", dijo. "Juntos podemos formar una banda. ¡Seremos la Banda de los Perdidos!"
Y así, Bernardo, Firulais, Minino y Claudio formaron la Banda de los Perdidos. Viajaron por los campos, cantando y riendo juntos. Aunque no tenían un hogar fijo, se sintieron felices y completos. Bernardo aprendió que el trabajo no era tan malo cuando se hacía con amigos, y que la verdadera felicidad se encuentra en la compañía y la amistad. Ya no se sentía solo ni triste. Había encontrado su lugar en el mundo, no en una granja, sino con sus amigos, la Banda de los Perdidos. Y aunque al principio escaparon buscando una vida más fácil, encontraron algo mucho más valioso: una familia elegida.
Desde entonces, la Banda de los Perdidos recorrió muchos pueblos, animando a otros animales a encontrar su propia felicidad y a valorar la amistad por encima de todo. Bernardo, el burrito vago, se convirtió en el líder de la banda, demostrando que incluso el más perezoso puede encontrar su propósito en la vida, siempre y cuando tenga buenos amigos a su lado.
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