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Gratis · elegí una vozBernardo era un burro muy trabajador, pero también un poco miedoso. Gertrudis, por el contrario, era una gallina valiente y siempre dispuesta a ayudar. Un día, mientras caminaban por el bosque, se encontraron con una pequeña cabaña de madera, medio escondida entre los árboles.
"¡Mira, Bernardo! ¡Una cabaña!" cacareó Gertrudis, con curiosidad.
Bernardo se detuvo en seco. "No me gusta nada, Gertrudis. Tiene un aspecto… siniestro."
A pesar de las dudas de Bernardo, Gertrudis se acercó a la puerta y llamó. No hubo respuesta. La puerta estaba entreabierta, así que, con un empujoncito, la abrieron.
La cabaña estaba oscura y polvorienta. Telarañas colgaban del techo y un olor a humedad llenaba el aire. En el centro de la habitación, una chimenea apagada y una mecedora vieja y chirriante.
"¡Hola! ¿Hay alguien ahí?" preguntó Gertrudis, pero solo el eco respondió.
De repente, un escalofrío recorrió la espalda de Bernardo. "¡Gertrudis, vámonos! ¡Siento algo raro aquí!"
Justo cuando se daban la vuelta para salir corriendo, una figura apareció flotando desde la chimenea. Era un fantasma, ¡y no un fantasma cualquiera! Llevaba un sombrero puntiagudo, una verruga en la nariz y una escoba en la mano. ¡Era una bruja fantasma!
"¡Bienvenidos a mi humilde morada!" dijo la bruja con una voz ronca y escalofriante. "¿Qué los trae por aquí?"
Bernardo temblaba como una hoja. Gertrudis, aunque asustada, se mantuvo firme. "Solo teníamos curiosidad, señora. No queríamos molestar."
La bruja fantasma soltó una carcajada. "¡Molestar! ¡No me molestan en absoluto! ¡Hace siglos que no tengo visitas! Me llamo Esmeralda, y esta es mi cabaña, aunque últimamente está un poco… abandonada."
Esmeralda parecía más triste que malvada. Gertrudis, con su gran corazón, sintió pena por ella.
"Tal vez podríamos ayudarla a arreglarla un poco," sugirió Gertrudis a Bernardo, en voz baja.
Bernardo la miró con incredulidad. "¿Estás loca, Gertrudis? ¡Es una bruja fantasma!"
Pero Gertrudis ya había tomado una decisión. "Señora Esmeralda," dijo con valentía, "si usted quiere, podemos ayudarla a limpiar y ordenar la cabaña."
Los ojos de Esmeralda brillaron con sorpresa. "¿De verdad harían eso por mí?"
"¡Por supuesto!" dijo Gertrudis con entusiasmo.
Bernardo, a regañadientes, accedió a ayudar. Después de todo, no quería dejar a Gertrudis sola con una bruja fantasma.
Así, Bernardo, Gertrudis y Esmeralda se pusieron manos a la obra. Bernardo, con su gran fuerza, sacó los muebles viejos y rotos. Gertrudis, con su pico afilado, quitó las telarañas y barrió el suelo. Y Esmeralda, con su magia fantasma, hizo que las ventanas brillaran y que las paredes parecieran más nuevas.
Al principio, Bernardo estaba muy tenso y asustado. Pero poco a poco, al ver a Esmeralda sonreír y al sentir el calor del trabajo en equipo, se fue relajando. Incluso empezó a disfrutarlo.
Gertrudis, por su parte, no paraba de cacarear de alegría. Le encantaba ayudar a los demás, y ver a Esmeralda feliz la hacía sentir muy bien.
Después de varias horas de trabajo, la cabaña estaba irreconocible. Estaba limpia, ordenada y llena de luz. La chimenea volvía a tener fuego y la mecedora ya no chirriaba.
Esmeralda estaba radiante. "¡No puedo creer lo que han hecho! ¡Han devuelto la vida a mi cabaña! ¡Muchísimas gracias!"
"No hay de qué," dijo Gertrudis. "Nos ha encantado ayudarla."
Bernardo asintió con la cabeza. "Sí, ha sido… divertido."
Esmeralda, agradecida, les preparó una deliciosa tarta de calabaza con su magia fantasma. La compartieron junto al fuego, contándose historias y riendo juntos.
Bernardo se dio cuenta de que Esmeralda no era una bruja malvada, sino una anciana solitaria que necesitaba amigos. Y Gertrudis, una vez más, había demostrado que la bondad y la valentía pueden vencer cualquier miedo.
Antes de irse, Esmeralda les regaló a Bernardo y a Gertrudis un amuleto de la buena suerte. "Siempre que lo necesiten, piensen en mí y yo los ayudaré," dijo con una sonrisa.
Bernardo y Gertrudis se despidieron de Esmeralda y se adentraron de nuevo en el bosque, con el corazón lleno de alegría. Habían aprendido que no hay que juzgar a nadie por su apariencia, y que incluso las brujas fantasmas pueden ser buenas amigas. Y Bernardo, el burro miedoso, había descubierto que la valentía puede encontrarse en los lugares más inesperados. A partir de ese día, la cabaña de Esmeralda ya no era la cabaña embrujada, sino la cabaña de la amistad. Y Bernardo y Gertrudis la visitaban a menudo, llevando consigo historias y risas, para que Esmeralda nunca más se sintiera sola.
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