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Gratis · elegí una vozÉrase una vez, en un pueblo muy lejano, vivía un hombre llamado Don Teodoro. Don Teodoro tenía tres hijos: Tomás, Samuel y Andrés. Los tres eran conocidos en todo el pueblo por ser increíblemente perezosos. Preferían dormir hasta tarde, evitar cualquier tipo de trabajo y pasar el día holgazaneando. Don Teodoro, aunque los amaba, estaba muy preocupado por su futuro, pues no parecían tener ninguna ambición ni deseo de superarse.
Un día, Don Teodoro enfermó gravemente. Sabía que su tiempo en este mundo se estaba acabando, y con el corazón apesadumbrado, pensó en qué dejarles a sus hijos. No tenía riquezas ni tierras, solo un viejo burro llamado Bartolomé, que había sido su fiel compañero durante muchos años.
Llamó a sus hijos a su lecho y les dijo con voz débil: "Hijos míos, mi tiempo se agota. No tengo tesoros para dejarles, solo a Bartolomé, el burro. Él será su herencia. Cuídenlo bien y él los cuidará a ustedes".
Don Teodoro falleció al día siguiente, dejando a sus tres hijos con Bartolomé, el burro. Tomás, el mayor, fue el primero en hablar. "¡Un burro! ¿De qué nos sirve un burro? No podemos venderlo por mucho dinero, y seguro que es mucho trabajo cuidarlo". Samuel, el segundo hijo, asintió. "Tienes razón, Tomás. Preferiría tener una gallina ponedora, al menos podríamos comer huevos". Andrés, el menor, permaneció en silencio, observando al burro con curiosidad. Bartolomé era un burro viejo, pero tenía unos ojos sabios y amables.
Los hermanos decidieron que Tomás, como el mayor, sería el responsable de Bartolomé. Pero Tomás, fiel a su pereza, lo dejó atado en el patio sin darle comida ni agua. Bartolomé, hambriento y sediento, comenzó a rebuznar lastimosamente. Andrés, sintiendo pena por el animal, se acercó y le ofreció un poco de heno y agua. Bartolomé, agradecido, le lamió la mano.
Al día siguiente, Tomás le dijo a Samuel: "Samuel, es tu turno de cuidar al burro. Yo ya hice mi parte". Samuel, refunfuñando, aceptó la tarea, pero al igual que Tomás, no le prestó atención a Bartolomé. Lo dejó pastar solo en un campo lleno de espinos, sin preocuparse si tenía suficiente comida o si estaba cómodo. Bartolomé, con las patas llenas de espinas, regresó al patio cojeando. Andrés, nuevamente, sintió compasión y le curó las heridas con cuidado.
Finalmente, llegó el turno de Andrés de cuidar al burro. A diferencia de sus hermanos, Andrés se tomó la tarea en serio. Llevó a Bartolomé a un prado verde y exuberante, le dio la mejor hierba y le cepilló el pelaje. Hablaba con él suavemente y le contaba sus sueños y esperanzas. Bartolomé parecía entenderlo y lo miraba con afecto.
Un día, mientras Andrés y Bartolomé caminaban por el bosque, encontraron un viejo mapa escondido bajo una piedra. El mapa mostraba la ubicación de un tesoro escondido, ¡una olla llena de monedas de oro! Andrés, emocionado, regresó corriendo a casa para mostrarles el mapa a sus hermanos.
Tomás y Samuel, al ver el mapa, se llenaron de codicia. "¡El tesoro es nuestro!" exclamó Tomás. "Nosotros somos los mayores, nosotros nos lo merecemos". Andrés, decepcionado por la actitud de sus hermanos, les recordó que habían sido perezosos y que no habían cuidado bien de Bartolomé. "Si no fuera por Bartolomé, nunca habríamos encontrado el mapa", les dijo.
Después de una larga discusión, decidieron ir juntos en busca del tesoro, utilizando el mapa y a Bartolomé para cargar las herramientas. El camino era largo y difícil, pero Andrés animaba a Bartolomé y lo cuidaba en cada paso. Tomás y Samuel, en cambio, se quejaban constantemente y regañaban al burro por ser lento.
Finalmente, llegaron al lugar indicado en el mapa. Cavaron y cavaron hasta que encontraron la olla llena de monedas de oro. Tomás y Samuel se abalanzaron sobre el tesoro, peleando por quedarse con la mayor parte. Andrés, cansado de la codicia de sus hermanos, se alejó y se sentó junto a Bartolomé.
De repente, Bartolomé comenzó a rascar la tierra con su pata. Andrés, curioso, se acercó y vio que había desenterrado una pequeña caja de madera. La abrió y encontró dentro un pergamino antiguo. El pergamino decía: "El verdadero tesoro no es el oro, sino el amor, la bondad y el trabajo duro".
Andrés comprendió el mensaje. El verdadero tesoro no era la olla de oro, sino la amistad de Bartolomé y la lección que había aprendido sobre la importancia del trabajo y la bondad. Compartió el pergamino con sus hermanos, quienes, al leerlo, sintieron vergüenza de su codicia y pereza.
Decidieron regresar al pueblo y usar el oro para ayudar a los necesitados. Tomás y Samuel, aprendiendo de su error, se volvieron más trabajadores y amables. Y Andrés, junto con Bartolomé, continuó viviendo una vida feliz y plena, valorando siempre el verdadero tesoro que había encontrado.
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