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Gratis · elegí una vozTito era un niño muy ordenado, casi siempre. Pero esa mañana, ¡oh, qué desastre! Estaba buscando desesperadamente su calcetín favorito, el que tenía dibujado un cohete espacial. Lo necesitaba porque iba a ir al parque con su papá a jugar al fútbol, y ese calcetín, según él, le daba súper poderes para chutar la pelota.
"¡Mamá! ¡Mamá! ¿Has visto mi calcetín del cohete?", gritó Tito, corriendo por el pasillo.
Su mamá, que estaba preparando el desayuno, respondió: "No, cariño. ¿Lo has buscado en tu cajón de calcetines?".
Tito corrió a su habitación y abrió el cajón. ¡Estaba lleno de calcetines! Calcetines rayados, calcetines de lunares, calcetines con dinosaurios… pero ni rastro del calcetín del cohete.
"¡No está! ¡No está!", gritó Tito, con los ojos llenos de lágrimas. "¡Nunca podré jugar al fútbol!".
Su mamá lo abrazó y le dijo: "No te preocupes, Tito. Lo encontraremos. Vamos a buscar juntos".
Empezaron a buscar por toda la casa. Primero, debajo de la cama. Tito levantó el edredón y miró cuidadosamente. Nada. Solo había polvo y algunos juguetes olvidados.
"Quizás está en el cesto de la ropa sucia", sugirió su mamá.
Tito corrió al baño y abrió la tapa del cesto. ¡Uf! Olía a ropa sudada después del entrenamiento de baloncesto de su hermano mayor. Buscó entre las camisetas, los pantalones y las toallas. ¡Nada! El calcetín del cohete no estaba allí.
"¡Estoy perdido! ¿Dónde puede estar?", se lamentó Tito, sentándose en el suelo con la cabeza entre las manos.
Su mamá, que era muy observadora, le dijo: "A ver, Tito. Piensa dónde te quitaste el calcetín por última vez".
Tito frunció el ceño y se concentró. Recordó que la noche anterior había estado jugando en el salón, construyendo una torre de cohetes con sus bloques de madera. Tal vez…
Corrieron al salón. Tito empezó a buscar entre los bloques, debajo del sofá, detrás de la televisión. ¡Nada! El calcetín del cohete seguía desaparecido.
"Quizás se lo llevó el viento", dijo Tito, con la voz temblorosa.
Su mamá sonrió. "No creo que un calcetín pueda volar solo, Tito. Seguro que está en algún lugar de la casa".
Decidieron buscar en la cocina. Miraron debajo de la mesa, detrás de la nevera, incluso dentro del horno (¡apagado, por supuesto!). Pero el calcetín del cohete seguía sin aparecer.
"¡Esto es imposible!", exclamó Tito, a punto de rendirse.
De repente, escucharon un ronquido suave. Venía del rincón donde dormía su perro, Rufo. Rufo era un labrador dorado muy tranquilo y dormilón. Siempre estaba echándose siestas en su cama mullida.
Tito y su mamá se acercaron sigilosamente a Rufo. Allí estaba, profundamente dormido. Pero… ¿qué era eso que sobresalía de debajo de su cabeza?
¡Era el calcetín del cohete! Rufo lo estaba usando de almohada. Lo había enrollado y lo tenía acurrucado contra su mejilla. Parecía estar muy cómodo.
Tito no pudo evitar reírse. "¡Rufo! ¡Mi calcetín!", exclamó.
Rufo abrió un ojo, los miró con cara de sueño y movió la cola. Luego, volvió a cerrar el ojo y se acurrucó aún más contra el calcetín.
Tito intentó quitarle el calcetín suavemente, pero Rufo gruñó suavemente en señal de protesta.
"Déjalo, Tito", dijo su mamá. "Está muy a gusto. Podemos lavarlo después. De momento, puedes ponerte otro calcetín para ir al parque".
Tito asintió, aunque estaba un poco decepcionado. Se puso otro calcetín, esta vez uno con dibujos de dinosaurios. Tal vez, pensó, los dinosaurios también le darían súper poderes.
Cuando estaban a punto de salir, Tito miró a Rufo otra vez. El perro seguía durmiendo plácidamente con su calcetín-almohada. Tito sonrió. A veces, las cosas más importantes son las más inesperadas.
En el parque, Tito jugó al fútbol con su papá. No marcó muchos goles, pero se divirtió muchísimo. Y cuando volvió a casa, Rufo le devolvió el calcetín del cohete, lleno de babas y un poco arrugado, pero Tito lo lavó y lo guardó en su cajón. Sabía que la próxima vez que buscara un calcetín, tendría que mirar primero en la cama de Rufo. Quién sabe, ¡quizás Rufo lo estaba cargando con poderes especiales para él!
Desde ese día, Tito siempre revisaba la cama de Rufo antes de buscar algo perdido, aprendiendo que a veces, las soluciones más divertidas se encuentran donde menos lo esperas. Y Rufo, bueno, Rufo siguió usando calcetines como almohadas siempre que podía, soñando con cohetes y dinosaurios.
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